La mujer samaritana – El personaje Bíblico con Rosa Mariscal.

Leemos en el evangelio de Juan 4:6-42 la historia de la mujer samaritana.

 Los samaritanos eran judíos mestizos, tanto en sangre como en religión; para los de Judea, bastardos. Es cierto que adoraban sólo a Jehová, el Dios de Israel, pero lo hacían en el monte Gerizim. Y los judíos no hallaban otro adjetivo peor para denostar a una persona que decir: «Es un samaritano» (v. 8:48). Vemos en estos textos bíblicos:

I .El viaje de Jesús a Samaria. La jornada de Judea a Galilea fue a través de Samaria: «Y tenía que pasar por Samaria» (v. 4). Se podía ir por la costa o por el centro de la región. Aun cuando es cierto que esto último le permitía tomar la ruta más corta, el verbo griego da a entender que era la voluntad del Padre que pasase por allí precisamente por la oportunidad que se iba a presentar en el encuentro con la mujer samaritana.

 Juan añade que «Jesús, cansado del viaje, se sentó,así, junto al pozo». 

 Conversación de Jesús con la samaritana. Los temas de esta conversación son cuatro:

1. El tema del agua (vv. 7–15).

 Aquí tenemos que «vino una mujer de Samaria a sacar agua» (v. 7).  Dios lleva a cabo sus propósitos por medios que parecen fortuitos, lo que la gente llama «casualidades». «Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos» (v. 8). Cristo no fue a la ciudad a comer, porque tenía una labor más importante para llevar a cabo junto al pozo. Jesús tuvo muchas oportunidades de hablar a grandes multitudes, pero tampoco desaprovechó las oportunidades de hablar a una sola persona, a una mujer pobre, a una samaritana, a una extranjera, para enseñar a Sus ministros a practicar lo mismo.

 Jesús comienza por pedir modestamente un poco de agua: «Dame de beber» (v. 7b). Pero la mujer se extraña tremendamente de ello: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí que soy una mujer samaritana? (Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sílit. no usan en común las mismas vasijas—)» (v. 9). 

Del asombro de la mujer, Cristo toma ocasión para instruirla sobre las cosas de mayor importancia para un ser humano: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber (v. 10). 

tú le habrías pedido a Él». Quienes deseen los beneficios que Cristo puede otorgar han de pedírselos.“ y Él te hubiera dado agua viva”.

 La mujer no entiende el sentido espiritual de la frase del Señor y le dice: «Señor, no tienes con qué sacarla»; además, «el pozo es hondo» (v. 11). «¿De dónde, pues, tienes el agua viva?»  Cristo tiene suficiente agua para todos los seres humanos, aunque nosotros no sepamos a menudo la capacidad del almacén de sus recursos. 

La mujer sigue preguntando; «¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebió él mismo, sus hijos y sus ganados?» (v. 12).  

 Jesús muestra que el agua de aquel pozo, como toda agua material, sólo quita la sed por algún tiempo: “Respondió Jesús y le dijo: Todo el que bebe de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en una fuente de agua que brota para vida eterna” (v. 14). 

Al entender que el agua que Cristo da es mejor que la del pozo de Jacob, «la mujer le dijo: Señor, dame de esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla» (v. 15). 

El segundo tema de la conversación de Jesús con la samaritana es acerca de su marido (vv. 16–18). Jesús al llegar a este punto,  desea que quede convicta de pecado; por eso, le habla de su marido.

Muy discretamente,: «Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido y ven acá» (v. 16). 

 Cuán astutamente pretende la mujer evadirse de la convicción de pecado: «No tengo marido» (v. 17), sin percatarse de que, inconscientemente, está declarando su actual estado de concubinato.

“Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque  cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido, en esto has dicho la verdad”. 

 El tercer tema de la conversación de Jesús con la mujer de Samaria fue sobre el lugar de adoración. (vv. 19–24).

 La mujer entiende de las palabras de Cristo: «Señor, estoy viendo que tú eres un profeta» (v. 19);  

 El caso que la mujer propone a Jesús es sobre el legítimo lugar de culto al verdadero Dios. Hay quienes piensan que la mujer, al verse descubierta por Cristo en cuanto a su vida íntima, trata ahora de cambiar de tema.

 «Nuestros padres adoraron sobre este monte, Gerizim,»dice ella—(v. 20). «Vosotros decís que en Jerusalén está el lugar donde se debe adorar». 

 Jesús comienza declarando que no es el lugar lo que importa, sino la disposición del corazón: «Mujer, créeme, que  la hora viene cuando  ni en este monte ni en  Jerusalén adoraréis al Padre .Vosotros adoráis lo que no  sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es espíritu; y los que le adoran,  en espíritu y en verdad es necesario que adoren”.

El cuarto y último tema de la conversación de Jesús con la samaritana es sobre el Mesías (vv. 25–26). 

Le dijo la mujer:”Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo, cuando él venga nos declarará todas las cosas” (v. 25). Jesús le dijo:”Yo soy, el que habla contigo”. (v.26) Solo en otra ocasión (9:37), se declaró Jesús a Sí mismo como Mesías. Con esto honraba Cristo a una mujer miserable y pecadora, que era objeto del desprecio público.

 «Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?” (vv. 28b–29). “Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él” (vv. 28b-30).

 Cuando una persona es llevada al Señor mediante la convicción de pecado y la consciencia de la propia miseria, hay una garantía segura de que dicha persona ha llegado a saber lo que es la salvación y a creer de manera efectiva en el Salvador.

La mujer samaritana se encontró con Jesús en el desierto, en una hora intempestiva, cuando todos comían. Comprendemos que para ella salir cuando  las personas la podían ver, era sumamente vergonzoso porque todos conocían su forma de vida y la señalarían. Pero el encuentro con Dios la cambió totalmente:

Ahora era ella la que dejando su cántaro, junto a Jesús, fue a la ciudad y dijo a los hombres: ” Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo lo que yo he hecho. ¿No será este el Cristo?”.  En vez de imponerles su propia convicción, deja que ellos mismos saquen sus propias conclusiones personales. Se convirtió así en una excelente misionera.

Dejó de tener miedo a los hombres, porque no hay que temerlos. Jesús dijo en  una ocasión similar: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (Jn.8:7).

El desierto puede ser un lugar de victoria, a nuestra vida le hace bien pasar por momentos difíciles para vencer las pruebas y tentaciones a las que somos sometidos.

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