LA GRAN BATALLA DE LOS ÁNGELES – PR. JOAQUÍN YEBRA

Al describir uno de los cuadros que integran el mosaico del conflicto cósmico, el Apóstol Juan declara estas sorprendentes palabras en Apocalipsis 12:7-9:
“Entonces hubo una guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón. Luchaban el dragón y sus ángeles, pero no prevalecieron ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama Diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero.”
Pocos cristianos han oído jamás alguna enseñanza acerca de esta guerra en el cielo.

Seguramente apenas habrá alguno entre nuestros pacientes lectores que haya escuchado alguna predicación o estudio bíblico al respecto.

Como alguien nos ha dicho recientemente, estos asuntos, comprendida la Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo, el único acontecimiento universal al que las Sagradas Escrituras denominan “esperanza bienaventurada”, sencillamente no son temas que “venden” en nuestros días, cuando no se sabe con certeza si los cultos cristianos son reuniones de oración, adoración y Palabra de Dios, o sencillamente conciertos y eventos, para los cuales incluso es necesario pagar entrada.

La eclesiastización de las Sagradas Escrituras ha producido un fenómeno por el cual las enseñanzas bíblicas se centran en lo referente a la iglesia institucional y el cristianismo organizado, y la profecía se ha degenerado en una especie de “adivinación” grotesca de “gurús” con apariencia de piedad, a millones de años- luz del sentido bíblico de la palabra profética; es decir, la instrucción, la amonestación, la exhortación y la consolación del Espíritu Santo al pueblo redimido por la sangre preciosa de Jesucristo.

La idea de la mayoría de los creyentes es que el Cielo es un lugar donde siempre ha reinado una completa y perfecta paz. La pinacoteca ha contribuido a arraigar esta idea pagana de un cielo de nubes blancas en las que flotan angelitos de mejillas sonrosadas, rostros sonrientes y traseros redondeados, vestidos de azul o de rosa, en función de su género, presididos por una corte celestial retratada en los retablos de las iglesias tradicionales, como una foto instantánea y estática que no sólo no es atractiva, sino que para muchos, entre los que nos contamos, es un auténtico repelente idolátrico con olor a humedad de sacristía.

CONTINUARÁ…

(EXTRACTO TOMADO DEL LIBRO POR PERMISO DEL AUTOR: LA GRAN VICTORIA)

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