Elcaná fue el padre del profeta Samuel y el esposo de Ana. Su nombre significa «Dios creó». Levita del monte Efraín, sostuvo la fe de su casa en una época de decadencia espiritual y en medio de una familia dividida — y de esa casa imperfecta pero piadosa salió uno de los hombres más grandes de Israel. Esto es lo que sabemos de él y lo que su historia enseña sobre dirigir espiritualmente una familia.
Quién fue Elcaná
Elcaná significa «Dios creó». Era un levita, padre de Samuel el profeta (1 Samuel 1; 1 Crónicas 6:27, 34). Pertenecía al clan de los coatitas, el más honorable de la tribu de Leví (1 Crónicas 6:33-34). Su antepasado Suf era efratita — de Belén de Judá, llamada también Efratá (Rut 1:2) —, aunque una rama del clan se trasladó con el tiempo al monte Efraín, de donde procedía Elcaná. Vivía en Ramá («altura»), conocida más tarde como Ramatáyim («dos alturas»), que coincide con la Arimatea del Nuevo Testamento.
La historia de Samuel comienza antes de su nacimiento: el relato lo presenta como un hijo de oración. Mientras que el nacimiento de Sansón fue anunciado a su madre por un ángel, Samuel fue pedido a Dios por la suya.
Una familia piadosa en tiempos de decadencia
La de Elcaná era una familia piadosa. Todas las familias de Israel debían serlo, pero en especial las de los levitas: los ministros de Dios debían ser promotores de piedad en sus hogares. Elcaná subía en las fiestas solemnes al tabernáculo de Siló para adorar y ofrecer sacrificios a Jehová de los ejércitos — probablemente fue Samuel el primero en usar este título de Dios para consuelo de Israel, en una época en que las huestes de Israel eran pocas y débiles frente a enemigos numerosos y poderosos.
Tres cosas hacían especialmente valioso su ejemplo:
- Vivía en una época de decadencia religiosa en la nación.
- Ofní y Fineés, los hijos de Elí, ocupaban los principales cargos en el servicio de la casa de Dios, y se comportaban mal.
- A pesar de ello, Elcaná subía a ofrecer sus sacrificios. Aunque los sacerdotes no cumplieran con su deber, él quería cumplir con el suyo.
Una familia dividida
Y sin embargo era una familia dividida, con sus pecados y sufrimientos. La causa original fue que Elcaná se casó con dos mujeres, contra la institución original del matrimonio, como declaró nuestro Salvador: «no fue así desde el principio» (Mateo 19:5, 8). Aunque la poligamia estaba tolerada bajo la ley de Moisés, ese tipo de decisiones trajo problemas a las familias de Abraham, de Jacob — y también a la de Elcaná.
El error generó malas relaciones entre las dos mujeres. Peniná, como Lea, era fértil y tenía varios hijos — lo que debería haberla hecho agradecida y amable —, pero siendo la segunda esposa y la menos querida, se volvió insolente. Ana, como Raquel, era estéril pero muy amada por su esposo. Peniná no se contentaba con la bendición de su fertilidad y despreciaba a Ana, que se hundía en la melancolía por su esterilidad. Para Elcaná, mantener la paz en su hogar era difícil.
«¿No te soy yo mejor que diez hijos?»
A pesar de las divisiones, Elcaná siguió asistiendo al altar de Dios, y llevaba consigo a sus esposas e hijos para que, aunque no pudieran estar de acuerdo en otras cosas, al menos lo estuvieran en el culto al Señor. Si las devociones familiares no pueden acabar con las divisiones, al menos las divisiones no deberían impedir la adoración.
Elcaná trataba de consolar a Ana mostrándole más amor cuanto más afligida la veía. Le daba la mejor porción de sus sacrificios y la animaba: «¿No te soy yo mejor que diez hijos?» (1 Samuel 1:8). La lección es clara: debemos recordar nuestras bendiciones para no dejarnos hundir por nuestras cruces. Las cruces las merecemos; las bendiciones no podemos reclamarlas como derecho.
Ana: de la aflicción a la oración
El primer capítulo de 1 Samuel se estructura alrededor de Ana: su aflicción por no tener hijos, agravada por la insolencia de su rival y compensada en parte por el amor de su esposo (vv. 1-8); su oración y su voto a Dios, que el sumo sacerdote Elí censuró al principio y animó después (vv. 9-19); el nacimiento y crianza de Samuel (vv. 19-23); y su presentación al Señor (vv. 24-28).
Ana, en lugar de aferrarse a su tristeza, recurrió a la oración. Después de que Elcaná la consolara, comió y bebió, y descargó su aflicción delante del Señor. Y Dios respondió: «Por este niño oraba, y Jehová me dio lo que le pedí» (1 Samuel 1:27).
Qué enseña la historia de Elcaná
- Cumple tu deber aunque los responsables no cumplan el suyo. Elcaná siguió subiendo a Siló aunque los sacerdotes deshonraban el altar.
- Las divisiones de la familia no deben impedir la adoración. Elcaná llevaba a toda su casa al culto, incluso cuando no se ponían de acuerdo en nada más.
- El amor consuela, pero la oración transforma. Elcaná hizo lo que un esposo puede hacer; Ana llevó el resto a Dios, y Dios respondió con Samuel.
Este estudio pertenece a la sección El personaje bíblico, con Rosa Mariscal, en El Pulso de la Vida. Puedes leer más personajes en el índice de personajes bíblicos.