Juan Marcos: el testigo cercano de los testigos (Magdalena Piñero)
Marcos, conocido en la Biblia como Juan Marcos, fue un judío de Jerusalén. Aparece mencionado tanto en el libro de los Hechos como en varias cartas apostólicas y en la primera carta de Pedro. No perteneció al grupo de los Doce, pero eso no lo desautoriza en absoluto desde una mentalidad judía del siglo I.
En el judaísmo de su tiempo, la autoridad no procedía únicamente del cargo, sino del testimonio fiel y de la cercanía con quienes habían sido testigos directos. Marcos fue precisamente eso: un testigo cercano de los testigos.
Como muchos judíos de su época, llevaba dos nombres. Juan —en hebreo Yojanán, “el Señor ha tenido misericordia”— y Marcos, su nombre romano. Esta doble identidad refleja una realidad cotidiana: judíos piadosos viviendo bajo el Imperio romano, conservando su identidad hebrea mientras se movían en un mundo culturalmente híbrido.
Esa realidad explica por qué su Evangelio es profundamente judío, pero a la vez se detiene en explicar costumbres hebreas a lectores no judíos.
Marcos creció en Jerusalén, en una casa que llegó a convertirse en lugar de reunión de los primeros cristianos. En el judaísmo, el hogar no era solo un espacio familiar: era un mikdash me’at, un pequeño santuario. Orar, enseñar, compartir la mesa y acoger a otros eran actos espirituales. Marcos aprendió la fe viviéndola en casa, en un ambiente de oración, hospitalidad y riesgo.
Más tarde acompañó a Pablo y a Bernabé como ayudante en el primer viaje misionero. En la cultura hebrea, el ayudante —el mesharet— no era un simple asistente, sino un aprendiz que se formaba sirviendo.
Sin embargo, Marcos falló. Abandonó la misión y regresó a Jerusalén. En una cultura marcada por el honor y la vergüenza, este gesto no era un detalle menor. Pablo no lo aceptó fácilmente; Bernabé sí. Aquí aparece una enseñanza profundamente bíblica: Dios utiliza tanto la exigencia como la paciencia para formar a una persona.
Este rasgo personal de Marcos se refleja también en su Evangelio. Solo él relata que, en el momento del arresto de Jesús, un joven huye desnudo. Para un judío, la desnudez pública simboliza la humillación total. Muchos consideran que Marcos está hablando de sí mismo. No lo hace para excusarse, sino para confesar su vergüenza y mostrar que Dios no descarta al que huye, sino que lo restaura.
Con el tiempo, Marcos vuelve a aparecer junto a Pablo y también junto a Pedro. Este último lo llama “mi hijo”, una expresión típicamente judía que indica un discipulado cercano. La tradición más antigua afirma que Marcos fue intérprete de Pedro y que su Evangelio recoge fielmente su predicación.
Por eso escribe con un estilo directo, lleno de acción, sin idealizar a los discípulos ni suavizar el sufrimiento. El Evangelio de Marcos es el más antiguo de los cuatro. Presenta más hechos que discursos porque, desde la mentalidad hebrea, la autoridad se demuestra por las obras.
Jesús no aparece primero como un gran orador, sino como el Siervo que actúa: sana, confronta el mal y finalmente sufre. Esta figura del Siervo está profundamente enraizada en Isaías y rompe las expectativas de un Mesías político.
Incluso el final abrupto del Evangelio tiene sentido dentro del pensamiento judío. No es un error ni una falta de cierre. En la enseñanza rabínica, dejar una historia abierta obligaba al oyente a posicionarse. Marcos concluye su relato de forma que la pregunta queda suspendida en el aire: ¿qué harás tú con este Jesús? El Evangelio no se cierra en el texto; se completa en la respuesta del lector.
Marcos, el judío que una vez huyó, fue el primero en poner por escrito la vida de Jesús. La tradición afirma que más tarde fundó la iglesia de Alejandría. Su historia recuerda algo profundamente bíblico: la madurez no nace de la perfección, sino del aprendizaje, y Dios suele escribir sus mejores historias con personas que antes tuvieron que levantarse.
A veces, lo más importante no es lo que logramos, sino lo que superamos. Marcos no fue un discípulo impecable ni un testigo sin grietas. Fue un judío que conoció la huida y la vergüenza, pero también la paciencia de Dios y el valor de volver.
Por eso su Evangelio no disfraza la cruz ni idealiza a los hombres. Marcos escribe para recordarnos que el Mesías no vino a cumplir nuestras expectativas, sino el plan de Dios. Y que, en la historia bíblica, Dios nunca escribe el punto final donde nosotros creemos que todo se ha perdido.