Por qué nos cuesta tanto decir que no a nuestros hijos | Julia Baldeón

El taller de las emociones

La psicóloga clínica Julia Baldeón explica en El pulso de la vida por qué el padre agotado que evita la discusión acaba reforzando justo la conducta que le agota, y por qué el primer cambio no le toca al niño.

Por qué nos cuesta tanto decir que no a nuestros hijos | Julia Baldeón
El Pulso
Podcast El pulso de la vida
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Se llega a casa reventado, el niño ha hecho lo que le ha dado la gana y uno decide no discutir. Parece paz, y es lo contrario: «estoy tragando y reprimiendo», dice la psicóloga clínica Julia Baldeón, «y llega un momento en el que ya no puedo más y explota». En El taller de las emociones de este martes, los límites: por qué cuestan tanto, qué le pasa al niño que crece sin ellos y por dónde empieza el cambio.

Ideas clave

  • El límite se aprende en casa y se usa fuera: quien no respeta a sus padres no respetará al de fuera.
  • El cambio empieza siempre en el adulto, no en el niño.
  • Etiquetar sentencia, también cuando la etiqueta es buena («qué buena eres»).

La ley del Sinaí no era una jaula

El Pr. Lucho abrió la sección con una idea que da la vuelta al prejuicio habitual sobre los límites. Cuando el pueblo de Israel sale de Egipto, lo primero que Dios le entrega en el Sinaí es la ley. Y no como un castigo añadido a la libertad recién estrenada, sino como el instrumento para poder vivir en ella.

«La ley no es un elemento restrictivo, no es un elemento opresor», resumió. Es un marco. Sin él, la libertad recién ganada se deshace en poco tiempo.

Sobre ese fondo entró Julia Baldeón, psicóloga clínica, con el asunto de la mañana: por qué a tantos padres les cuesta tanto poner límites y qué le ocurre a un niño que crece sin ellos. «Es un valor que debemos tomar en cuenta como algo importantísimo, sobre todo en la crianza», arrancó.

Una madre habla con su hija pequeña sentadas en la cama
«Cuando en casa ponemos límites de respeto a los padres, los hijos van a saber respetar en otro contexto». Foto: Pexels.

El límite se aprende en casa y se usa fuera

El primer argumento de Baldeón es de transferencia. «Cuando a nuestros hijos en casa les ponemos límites de respeto a los padres, los hijos van a saber respetar en otro contexto», explicó. Y al revés: si en casa pueden tratar a sus padres como les venga en gana, no aceptarán límites fuera del entorno familiar.

Los ejemplos que puso son domésticos y reconocibles. Un niño no puede irse a la cama a la hora que le dé la gana: necesita un horario con un margen razonable. Si se le deja despierto hasta la una o las dos de la madrugada, o se le da todo lo que pida para que se entretenga hasta caer dormido, «le estamos programando para ir por la vida a su libre albedrío».

Y no es cosa solo de niños. «Hasta un adulto necesita tener límites», insistió: límites en la comida, en la bebida, en cualquier exceso, en la relación social, en el control de los impulsos. Su imagen favorita fue la carretera. Conducir sin respetar los límites de velocidad o la distancia de seguridad es comportarse como si uno fuera Dios. Sin límites, dijo, se acaba viviendo «en una fase de transgredir cualquier circunstancia» del entorno.

El niño sin límites acaba siendo un adulto tirano

Aquí la psicóloga subió el tono y repitió la frase dos veces, para que no quedara duda: ese niño se convierte en un adulto tirano, porque no ha conocido los límites. «Los límites son clave para el desarrollo y la madurez emocional del ser humano.»

Baldeón enlazó ese diagnóstico con algo que hoy se nombra a todas horas. «Ahora está de moda que todo el mundo es narcisista. ¿Y por qué vamos a ser narcisistas?», se preguntó. Su respuesta es generacional: vivimos en una especie de anarquía en la que todo lo que marca un borde se percibe como una agresión. «Dios es límite, la iglesia es límite. Mis padres no me van a decir cómo tengo que llevar mi vida.»

También matizó algo importante para no confundir edades: el mismo límite no vale siempre. El que se le pone a un niño de cinco o seis años no puede seguir vigente a los veinte, porque entonces «estamos alimentando una inmadurez». Los límites cambian con las fases del desarrollo; lo que no cambia es que tiene que haberlos.

El cambio empieza siempre en el adulto

«Pastor Lucho, quiero remarcar esto», pidió en mitad de la conversación. Y lo dijo despacio: el cambio se tiene que dar siempre en el adulto. No en el niño.

El punto de partida es admitir el error. «Todos los padres nos vamos a equivocar. Si creemos que somos perfectos, no estamos dando ese margen de error en el que podamos aprender.» A partir de ahí viene lo que ella llama el tiempo de conciencia, y después el paso a la acción.

Ese cambio incluye algo que cuesta más que cualquier técnica: pedir perdón. Comprender que los propios padres «hicieron lo mejor que podían» —«no era lo correcto, pero no sabían hacerlo de otra forma»— y ser capaz de sentarse con los hijos a decirles cuánto lo siente uno. «Superar la versión de los padres» fue la fórmula que empleó.

«El cambio se tiene que dar siempre en el adulto.»
Julia Baldeón, psicóloga clínica

El péndulo: de la exigencia extrema a la permisividad

Buena parte de la permisividad actual, sostuvo Baldeón, es una reacción. Los adultos criados bajo un régimen de autoexigencia y exigencia —«ese método hitleriano», llegó a decir— no buscan el equilibrio: se van al extremo contrario. En lugar de criar con coherencia y poner límites con amor, no ponen ninguno.

El resultado, en su consulta, son dos figuras opuestas y ninguna sana. Por un lado, el padre duro: condenador, etiquetador, exigente. Por otro, el hijo criado sin ningún límite, que llega a adulto sin respetar nada.

Hay una variante especialmente dolorosa: los padres que viven en sus hijos la vida que ellos no pudieron tener. «Lo que no han podido vivir, lo que no han podido ser, lo imponen en los hijos.» El hijo «bueno», el que nunca falló, el que estudió lo que le dijeron y vive como le mandaron, «es una persona que no tiene vida: está viviendo la vida de los padres». Y suele romperse tarde, «con treinta y cinco o cuarenta años».

Etiquetar, incluso en positivo

El otro gran error que quiso dejar dicho antes de terminar es la etiqueta. Al niño al que se le repite que es un trasto, que es lento, que es torpe, que agota, «lo estás convirtiendo en una persona que es así». Y aclaró que eso no es poner un límite: es hacer una valoración negativa.

Con las comparaciones entre hermanos fue igual de tajante: «cada hijo es único». Uno tarda más en vestirse, otro es desordenado por sistema, otro se concentra peor. No son problemas, son situaciones complejas que piden alternativas, no sentencias. Su imagen: «Es tan válido ser liebre como ser tortuga, porque necesitamos las dos contrapartes».

Y llegó el matiz más contraintuitivo de la mañana: tampoco conviene etiquetar en positivo. La niña a la que se le repite delante de abuelos y tíos que es buenísima, que no da guerra, que es un orgullo, recibe en realidad otro mensaje: «sé perfecta, no puedes dejar de ser buena bajo ningún concepto». Mejor señalar la conducta concreta —«qué bien haces esto, es una gran cualidad tuya»— que sentenciar a la persona. De ahí salen, dijo, muchos de los niños que llegan a consulta sin tolerar la frustración.

Una madre agotada en el sofá rodeada de sus tres hijos pequeños
«Evitamos el conflicto porque estamos tan cansados… y reforzamos esa conducta». Foto: Pexels.

Cinco minutos, aunque llegues agotada

¿Y por qué nos cuesta tanto poner límites? La respuesta de Baldeón no tiene nada de teórica: «Evitamos el conflicto, evitamos discutir con nuestros hijos». Se llega a casa reventado, han hecho lo que les ha dado la gana, y se aguanta y se pasa por alto. «Y bueno, pues no pasa nada. Reforzamos esa conducta.»

El problema es lo que ocurre después. «Estoy tragando y reprimiendo. Llega un momento en el que ya no puedo más y explota, y entonces viene la falta de respeto: gritos, insultos, peleas.» Poco a poco la relación se va intoxicando, el vínculo afectivo se debilita y los hijos «buscan fuera un refugio que no hay en casa».

Su receta para los padres que trabajan fuera y llegan sin fuerzas no es culpabilizarse. Es lo contrario: «No tenemos por qué sentirnos culpables porque estemos trabajando». Pero tampoco dejar de poner límites por eso. «Aún cansado que estés, invierte cinco minutos en hablar, en poner límites, en dar responsabilidades.» Y avisó de la trampa habitual: querer que cambie el niño mientras la conducta del adulto sigue igual, mandándolo al psicólogo «para que te lo arregle».

Dos hermanos desayunando juntos en la mesa de la cocina con su padre
«El hecho de meter la cuchara todos ahí en el medio»: el desayuno convertido en juego. Foto: Pexels.

El cuenco del colacao

La parte práctica llegó al final, y en forma de recuerdo propio. Cuando sus hijos eran pequeños, su marido montó un juego con el desayuno: la leche con el colacao y las galletas en un cuenco grande, en el centro de la mesa, del que todos comían con su cuchara.

«Yo creo que el sabor le sabía igual en una taza», reconoció entre risas. Pero el hecho de estar todos alrededor del mismo cuenco conseguía dos cosas: que desayunaran, y que lo hicieran juntos y en equipo. Lo mismo con el recado de ir a por el pan, convertido en carrera con premio: «vamos corriendo y nos ganamos un premio los tres».

«Es una estrategia, es inteligencia emocional», resumió. Y dejó la conversación abierta: el tema, dijo, continúa en el siguiente programa, y propuso enfocarlo entonces sobre casos concretos.

Referencias

  • Éxodo 20:1-17, RVR1960: entrega de la ley en el Sinaí, el pasaje con el que el Pr. Lucho enmarcó la sección.
  • Baumrind, D. (1966). «Effects of Authoritative Parental Control on Child Behavior». Child Development, 37(4), 887-907. Estudio fundacional de los estilos parentales (autoritario, permisivo y con autoridad).
  • Baumrind, D. (1991). «The Influence of Parenting Style on Adolescent Competence and Substance Use». The Journal of Early Adolescence, 11(1), 56-95.
  • Pinquart, M. (2017). «Associations of parenting dimensions and styles with externalizing problems of children and adolescents: An updated meta-analysis». Developmental Psychology, 53(5), 873-932.
  • Grolnick, W. S., & Pomerantz, E. M. (2009). «Issues and Challenges in Studying Parental Control: Toward a New Conceptualization». Child Development Perspectives, 3(3), 165-170.
  • Gershoff, E. T., & Grogan-Kaylor, A. (2016). «Spanking and child outcomes: Old controversies and new meta-analyses». Journal of Family Psychology, 30(4), 453-469.
  • Las referencias académicas anteriores no se citaron en antena: se aportan aquí como respaldo bibliográfico de los conceptos tratados por la psicóloga.
  • Fotografías: Pexels (licencia libre).

Temas  Crianza · Límites · Educación emocional · Psicología · Familia

Julia Baldeón Soto

Sobre la autoraJulia Baldeón Soto es psicóloga y psicoterapeuta en el centro sanitario San Diego, en Boadilla del Monte (Madrid), donde ejerce desde hace 25 años, especializada en ansiedad y estrés, psicoterapia familiar y de pareja y trastornos alimenticios. Licenciada en Psicología por la Universidad de San Martín de Porres (Lima, Perú), es máster-especialista en Ansiedad y Estrés por la Universidad Complutense de Madrid y especialista en Clínica y Psicoterapia psicoanalítica —El niño y su familia— y en Terapia Gestalt por la Universidad Pontificia de Comillas. Se formó también como psicoterapeuta en el estudio e investigación de la autoestima (Los Ángeles, Estados Unidos) y está certificada por la EFPA (European Federation of Psychologists' Associations). Cada semana firma El taller de las emociones en El Pulso de la Vida.

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