Gritos y pantallas: los dos extremos que bloquean el cerebro de tu hijo | Julia Baldeón

El taller de las emociones

La psicóloga clínica Julia Baldeón explica en El Pulso de la Vida cómo dos hábitos opuestos —educar a gritos y entregar pantallas sin límite— dañan la misma zona del cerebro infantil, y qué pueden hacer los padres para revertirlo.

Gritos y pantallas: los dos extremos que bloquean el cerebro de tu hijo | Julia Baldeón
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Hay dos escenas que se repiten en muchas casas y que parecen no tener nada que ver. En una, un adulto agotado levanta la voz. En la otra, ese mismo adulto alarga el móvil al niño para ganar media hora de silencio. La psicóloga clínica Julia Baldeón sostiene que ambas dañan el mismo sitio: la corteza prefrontal, la parte del cerebro donde vive el aprendizaje.

La parte del cerebro que tarda años en madurar

La conversación arranca por una palabra que suena a jerga de consulta y que, sin embargo, explica media crianza: la corteza prefrontal. Es la zona que gobierna la memoria, el aprendizaje, el razonamiento lógico y lo que los psicólogos llaman la parte ejecutiva del cerebro. Dicho de otro modo: es la que permite a un niño pararse a pensar antes de actuar.

Baldeón subraya que esa zona no viene de fábrica terminada. Empieza a madurar hacia los cuatro o cinco años, cuando el niño ya distingue lo que está bien de lo que está mal, y lo hace a su ritmo. «Hay niños que andan a los diez meses y niños que andan a los dieciocho —recuerda—. No es ni mejor ni peor: la madurez se va dando.»

La comparación que utiliza es doméstica y se entiende a la primera. A un niño que empieza a andar no se le empuja a correr: si se le fuerza, se le mete miedo y puede acabar lesionado. «Lo mismo pasa en el cerebro —advierte—. Cuando forzamos, bloqueamos o sobreestimulamos, estamos creando un grave problema en el cerebro de ese niño o de esa niña.»

Niño con la mirada perdida mientras sus padres discuten al fondo
Un niño que crece entre gritos no aprende a nombrar lo que siente: aprende a temer. «El miedo les bloquea, les paraliza», explica Julia Baldeón.

El grito no educa: bloquea

El primer extremo es el bloqueo, y tiene un nombre muy reconocible en cualquier casa: el grito. «El grito automáticamente bloquea el cerebro —afirma la psicóloga—. El niño no tiene capacidad de reacción ante un grito.» Lo que se activa entonces no es el aprendizaje, sino la alarma: angustia, miedo, hiperventilación, un cuerpo que se encoge y una frase repetida como un mantra, «me voy a portar bien, me voy a portar bien».

De ahí se sigue una consecuencia que muchos padres interpretan justo al revés. «La primera reacción de un cerebro bloqueado es la mentira», explica. El niño no miente porque sea tramposo: miente porque tiene miedo a que le griten más y a que le castiguen más. Y el adulto, que ve la mentira y no el miedo, sube todavía más el tono.

Baldeón insiste en que no habla de intuiciones. «Es que el cerebro se bloquea y en ese cerebro no se da la madurez emocional», resume. Un niño criado entre gritos crece y madura físicamente, pero por dentro se queda sin aprender lo esencial: a identificar lo que siente y a ponerle nombre.

«El niño no te va a odiar a ti: empieza a odiarse a sí mismo»

Hay un momento en el que la conversación se pone especialmente incómoda, y es cuando la psicóloga desmonta la idea de que el niño acabará guardando rencor a sus padres. Lo que ocurre es peor. «Cuando tú insultas, desprecias, juzgas a tu hijo, el niño no te va a odiar: el niño empieza a odiarse a sí mismo.»

El mecanismo es sencillo y demoledor. Al pequeño al que se le repite que es un inútil, que ya no se le soporta, que se porte bien o verá, no se le queda grabada la injusticia del adulto: se le queda grabado que él no vale para nada. Y crece con ese veredicto puesto.

El síntoma que lo delata, dice Baldeón, es el miedo, y lo abarca todo. Son niños que no respetan a sus padres, sino que les temen; que no cuentan lo que les pasa —ni siquiera que están sufriendo acoso en el colegio— por miedo a que les digan que es culpa suya. «El miedo les bloquea, les paraliza», tanto en casa como en el aula.

«El grito automáticamente bloquea el cerebro. El niño no tiene capacidad de reacción ante un grito.»
Julia Baldeón, psicóloga clínica
Niña bajo una manta con la luz de una tableta en la cara
«Su cerebro está segregando dopamina, pero vamos, es una adicción, porque es que si le quitas hay un síndrome de abstinencia.»

El otro extremo: pantallas, dopamina y síndrome de abstinencia

Si el grito bloquea por defecto, las pantallas dañan por exceso. La sobreestimulación tiene que ver con el placer, y se puede provocar con drogas o con alcohol, pero también, dice, con el móvil y la tableta que se entregan para que el niño «nos deje en paz» durante horas.

La comparación que usa es deliberadamente dura: meter pantallas en el cerebro de un niño de cero a dos años es «como si le diéramos, perdonando la expresión, una copa de whisky a un niño de dos años, porque está sobreestimulando su órgano». Y recuerda un dato que invita a pensar: varios de los grandes creadores de las plataformas y dispositivos que usan nuestros hijos limitaron el acceso de los suyos. «¿Por qué? Porque saben que es adictivo.»

Que se trata de una adicción y no de un capricho se ve, sostiene, en la reacción al retirarla: rabietas, llantos, insultos, agresividad. «Su cerebro está segregando dopamina, pero vamos, es una adicción, porque es que si le quitas hay un síndrome de abstinencia.» Y lo más frecuente, lamenta, es que al día siguiente el adulto ceda y devuelva el teléfono. Sus referencias de tiempo son concretas: evitar las pantallas de cero a dos años y, a partir de los tres, en torno a una hora al día, entendida como un premio con principio y final.

Manos de un niño jugando con bloques de madera
«De tanto aburrirte empiezas a crear cosas»: el aburrimiento despierta la parte creativa del cerebro que las pantallas mantienen bloqueada.

Por qué conviene dejar que el niño se aburra

De esa dependencia nace un tercer efecto que Baldeón considera clave: los niños enganchados no saben estar media hora sin hacer nada. Todo les aburre —la clase, estudiar, sentarse a la mesa— y ante el primer «me aburro» aparece el adulto compasivo con la tableta en la mano.

Su respuesta va en dirección contraria: «Es bueno aburrirse». El aburrimiento es precisamente lo que despierta la parte creativa del cerebro. «De tanto aburrirte te cansas de aburrirte, coges un libro y te pones a leer —describe—. De tanto aburrirte empiezas a crear cosas.» Antes, sin dispositivos, el cerebro tenía que imaginar, organizarse, inventarse juegos y estrategias.

El precio de quitarles ese vacío se paga después en la escuela: niveles altos de ansiedad, exceso de cortisol y problemas de atención. «Queremos que nuestros hijos tengan rendimiento académico —plantea—, pero ¿cómo?» Un cerebro acostumbrado a descargas continuas de dopamina difícilmente se concentra en algo tan lento como estudiar.

Cambiar la culpa por responsabilidad y empezar por uno mismo

Llegados al capítulo de las soluciones, la psicóloga evita el reproche. Reconoce el contexto: padres agotados, estrés laboral, cansancio acumulado. «No se trata de juzgar a los padres o a las madres», aclara. Pero pide un cambio de palabra: sustituir culpa por responsabilidad. «La culpa te va a llevar al victimismo, al anclaje, a no evolucionar; asumir tu responsabilidad te va a ayudar.»

Y la primera medida no apunta al niño, sino al adulto: «No te centres en el hijo, céntrate en ti; ten más autocontrol de tus impulsos». El grito, insiste, tampoco sale gratis para quien lo da: «Te bloquea a ti, genera un hábito negativo en tu persona, daña tu imagen… te convierte en alguien que tú no quieres ser».

La segunda es de agenda: tiempo. Media hora al día ya cambia las cosas y, si no es posible, dos o tres días a la semana sí o sí, sentándose a escuchar sin juzgar y ayudando al niño a nombrar lo que siente, porque «cuando a los niños les ayudamos a identificar sus sentimientos, esos niños aprenden a gestionarlos luego». Dedicarles tiempo, resume, «es algo que ya se tiene que buscar como un estado de urgencia».

En el tramo final entra la dimensión de fe que caracteriza al espacio. Baldeón anima a los oyentes creyentes a llevar «la fe a la acción» y a pedir ayuda para un cambio que reconoce difícil. Es el mismo consejo que el apóstol Pablo dejó por escrito hace veinte siglos: «Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor» (Efesios 6:4), y en su carta a los colosenses, «Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten» (Colosenses 3:21).

Referencias

  • Diamond, A. (2013). «Executive Functions». Annual Review of Psychology, 64, 135-168.
  • Teicher, M. H., & Samson, J. A. (2016). «Annual Research Review: Enduring neurobiological effects of childhood abuse and neglect». Journal of Child Psychology and Psychiatry, 57(3), 241-266.
  • Tomoda, A., Sheu, Y.-S., Rabi, K., et al. (2011). «Exposure to parental verbal abuse is associated with increased gray matter volume in superior temporal gyrus». NeuroImage, 54(Suppl 1), S280-S286.
  • American Academy of Pediatrics, Council on Communications and Media (2016). «Media and Young Minds». Pediatrics, 138(5).
  • Organización Mundial de la Salud (2019). Guidelines on physical activity, sedentary behaviour and sleep for children under 5 years of age. Ginebra: OMS.

Temas  Crianza · Pantallas · Educación emocional · Psicología · Familia

Julia Baldeón Soto

Sobre la autoraJulia Baldeón Soto es psicóloga y psicoterapeuta en el centro sanitario San Diego, en Boadilla del Monte (Madrid), donde ejerce desde hace 25 años, especializada en ansiedad y estrés, psicoterapia familiar y de pareja y trastornos alimenticios. Licenciada en Psicología por la Universidad de San Martín de Porres (Lima, Perú), es máster-especialista en Ansiedad y Estrés por la Universidad Complutense de Madrid y especialista en Clínica y Psicoterapia psicoanalítica —El niño y su familia— y en Terapia Gestalt por la Universidad Pontificia de Comillas. Se formó también como psicoterapeuta en el estudio e investigación de la autoestima (Los Ángeles, Estados Unidos) y está certificada por la EFPA (European Federation of Psychologists' Associations). Cada semana firma El taller de las emociones en El Pulso de la Vida.

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