Cortes y autolesiones en adolescentes: cómo ayudar desde casa | Julia Baldeón

El taller de las emociones

La psicóloga clínica Julia Baldeón explica en El Pulso de la Vida por qué un adolescente que se corta no busca morir, qué señales delatan la autolesión en casa y qué pueden hacer los padres antes de que la conducta se vuelva costumbre.

Cortes y autolesiones en adolescentes: cómo ayudar desde casa | Julia Baldeón
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Una madre descubre una herida en el brazo de su hija y se queda paralizada, convencida de que está ante un intento de suicidio. La escena se repite cada vez con más frecuencia en las consultas, y casi siempre parte de un malentendido. La psicóloga clínica Julia Baldeón lo resume sin rodeos: el corte no busca acabar con la vida, busca acabar con el dolor emocional. Distinguir una cosa de la otra es lo que permite reaccionar a tiempo.

No quieren morir: quieren dejar de sentir

Lo primero que hace la psicóloga es deshacer el equívoco que paraliza a casi todas las familias. Un padre o una madre descubre una herida en el brazo de su hija y da por hecho lo peor. «Entran en parálisis, en shock, porque creen que la intención es suicidarse —explica Julia Baldeón—. Y no es así.» De cada cien casos, calcula, habrá uno con esa predisposición.

Eso no significa quitarle importancia, matiza el Pr. Lucho en el estudio: no hay que devaluar la información, hay que tomarla muy en consideración para ponerse en acción. Pero conviene saber qué se está mirando, porque el error de diagnóstico en casa lleva a la reacción equivocada.

El perfil que más ve en consulta es concreto: chicas más que chicos, entre los diez u once años y los veinte. Y la conducta tiene un objetivo. Cuando hay una sobrecarga de sufrimiento y de tensión emocional, hacerse un corte es, dice, «una forma de aliviar mi dolor emocional». No es una forma de morirse: es una forma de dejar de sentir durante un rato.

Adolescente sentada a solas en su habitación, vista desde la puerta entreabierta
«Es como si estuvieran continuamente viviendo en un estado de ansiedad continua; no saben cómo gestionar, no saben qué hacer.» Foto: Pexels.

El volcán de dentro y la descarga que engancha

Detrás de la conducta hay casi siempre una presión sostenida que viene de fuera: conflicto familiar, peleas continuas de los padres, rechazo, acoso en el colegio, impactos emocionales fuertes en la infancia. Un adolescente de diez, doce o quince años no tiene el recorrido ni el vocabulario para explicar lo que le pasa. «Es como si estuvieran continuamente viviendo en un estado de ansiedad continua, por lo tanto no saben cómo gestionar, no saben qué hacer.»

De ahí salen, según Baldeón, dos salidas de emergencia: «O me autolesiono, o me voy y consumo cualquier sustancia tóxica». Las dos buscan lo mismo, apaciguar el volcán. «Es que es un volcán», admite ella cuando el presentador usa la palabra.

Lo peligroso, insiste, es lo que ocurre después: la descarga funciona. «Cada corte que se hace es como si liberara no dolor físico, sino dolor emocional.» Y lo que alivia, se repite. Cuando se vuelve habitual, la conducta puede acabar desencadenando un trastorno límite de la personalidad. Hay también un factor de imitación —chicas que enseñan las marcas en redes sociales como si fueran un adorno—, pero en la mayoría de los casos, subraya, no es moda: es descarga.

«Si supieran por qué lo hacen, frenarían»

El presentador le plantea la pregunta directa: qué se le puede decir a un chaval que está escuchando la radio y que ni él mismo se explica por qué hace lo que hace. La respuesta de la psicóloga desplaza el foco. «Has dado en el punto. Si ellos mismos se dieran cuenta de por qué lo hacen, frenarían.»

Lo que hay que frenar, sostiene, no es el corte: es el sentimiento que lo provoca. Y para eso hay que ayudarles a ponerle nombre a lo que sienten —ira, rabia, dolor por un abuso, impotencia—, porque nadie puede parar algo que no sabe identificar.

Su descripción del día a día de esos adolescentes es dura y reconocible: ir al colegio supone entrar en «un campo de concentración de tortura» por el acoso, y al volver a casa lo único que interesa es el rendimiento académico, si aprueba, si suspende, si ha hecho los deberes. De ahí su conclusión para los padres: enfocarse primero en el bienestar emocional. Un hijo que aprende a gestionarse y a conocerse tiene una base mucho mejor para rendir.

Cortisol: lo que el clima de casa deja escrito en el cerebro

Baldeón defiende que nada de esto es intuición de consulta. Cita investigaciones hechas en Estados Unidos con niños de tres y cuatro años a los que se ha estudiado durante el sueño para ver cómo el estado emocional de los padres afecta a su química cerebral. Los abrazos, el cariño y el contacto liberan oxitocina; las peleas, los gritos y los insultos sostenidos mantienen al cerebro bajo un chorreo continuo de cortisol, la hormona que se dispara con la ansiedad.

«Cuando es continuo, ya se impacta para toda la vida en el cerebro de ese niño», afirma. Y de ahí, dice, salen adultos que viven la ansiedad como una montaña rusa, con picos y valles cíclicos, sin saber en qué etapa de su historia se quedó anclado aquello.

El cortisol sostenido no se queda en el ánimo: «Cuando yo intoxico con altos niveles de cortisol, bajamos nuestras defensas. Toca el sistema inmune». De ahí el argumento que devuelve a la mesa de estudio de cualquier casa: exigir rendimiento académico a un hijo bloqueado emocionalmente es pedirle lo imposible, porque «la corteza prefrontal no puede, la parte racional no está en ejecución». Cualquier adulto lo comprueba en sí mismo: alterado no se rinde mejor, se rinde peor.

Niño enfermo en la cama con un termómetro
«¿Qué hay dentro de ese niño que le está provocando esa tensión hasta el punto de tener una migraña?» Foto: Pexels.

Migrañas a los nueve años y todas las pruebas normales

Hay un síntoma que a la psicóloga le sigue impresionando después de veinticinco años de consulta: la somatización en niños cada vez más pequeños. Hijos que enferman continuamente, que tienen dolores de cabeza constantes, adolescentes de doce o trece años con migraña. Y niños de nueve.

«De un adulto podríamos entender que hay una tensión emocional —razona—: la carga que tiene, la familia, el trabajo, la responsabilidad. Pero un niño de nueve años, de diez años, ¿qué nos está diciendo eso? ¿Qué hay dentro de ese niño que le está provocando esa tensión hasta el punto de tener una migraña?»

El detalle que cierra el razonamiento es el que más veces se oye en las consultas de pediatría: le hacen toda clase de pruebas y no tiene nada. No hay hallazgo orgánico porque lo que duele no está en la cabeza, está en lo que ese niño está viviendo. Los pediatras y los médicos de familia, señala, están sorprendidos por la frecuencia con la que ven ya este tipo de casos.

Las señales que un padre puede ver

Es la parte más práctica de la conversación y la que conviene leer despacio. Baldeón enumera lo que debería encender una luz en casa: cicatrices sospechosas; heridas que no cicatrizan o que empeoran continuamente; cortes repetidos en el mismo lugar; un aislamiento que va a más.

Y añade los indicios materiales, los que se ven sin preguntar nada: hijos que acumulan objetos afilados —alfileres, cuchillas, tres o cuatro cortaúñas en casa—; que usan camisetas o camisas largas aunque haga calor; que llevan tiritas o parches continuamente; que evitan actividades sociales de forma temporal, no permanente. A eso se suma el rechazo al contacto físico y la negativa a vestirse delante de su padre o de su madre. «Saben que tú los puedes ver.»

También advierte de que la herida no siempre está donde uno mira: «No siempre se da el corte en los brazos; pueden ser en las piernas, en lugares en los que los padres no lo vean». Y hay una conducta emparentada que pasa por manía inocente: niños que se rascan hasta sangrar y agrandan la herida, con una ansiedad de rascarse que no cede.

«No siempre se da el corte en los brazos; pueden ser en las piernas, en lugares en los que los padres no lo vean.»
Julia Baldeón, psicóloga clínica

El alivio que refuerza la conducta

En los últimos minutos, la psicóloga pide remarcar dos puntos, y el primero es técnico. Los médicos y psiquiatras llaman a esto «la herramienta de afrontamiento mal adaptada»: una forma de liberar la tensión que para el chaval funciona como un alivio temporal real.

Ahí está la trampa. «Este alivio refuerza la conducta autolesiva —avisa—. Lo que en un momento les da tranquilidad, les relaja, realmente está retroalimentando la conducta, que cada vez va a ser mucho más.» Lo que no es normal se va normalizando.

El segundo punto es de contexto, y lo formula casi de pasada al final: la presión afectiva de estos años. Una estructura familiar puede estar bien y aun así el adolescente se engancha a una relación intensa en todos los niveles; cuando la otra persona le deja, «sientes que te mueres, no soportas el dolor y buscas autolesionarte para aliviar». Vivimos, resume, en una sociedad excesivamente sexualizada, y eso también pasa factura a los catorce años.

Madre e hijo adolescente conversando sentados en casa
«Yo no puedo pretender que ellos abran su corazón y expresen lo que sienten si yo no sé ejercitarlo.» Foto: Pexels.

Empezar por uno mismo: enseñar a sentir en voz alta

Cuando llega el turno de las pautas, Baldeón dirige el mensaje sobre todo a los padres, no a los hijos. Y avisa de los dos extremos: ni sobreproteger ni instalar un estado de vigilancia, pero tampoco «dejarlos a la sala de Dios». Lo que sí hay que hacer es mirar los cambios de actitud: el que era cariñoso y se vuelve arisco, el que era expresivo y empieza a aislarse.

Su objeción al método habitual es demoledora por lo cotidiana. El padre llega, pregunta «¿qué tal, cariño?» y recibe un «bien» de una sílaba. «Sí, no, vale, todo bien, ¿me puedo ir ya?» Por ahí no se entra. Su propuesta es invertir la dirección: contar uno mismo cómo se siente. «Hoy tengo un día torcido, me siento muy triste por lo del trabajo; mañana es otro día. ¿Qué tal vosotros?»

No espera resultados el primer día, y lo dice: hay que mantenerse, repetirlo, mostrarse. «Yo estoy enseñando a mis hijos a expresar mis sentimientos para que luego ellos hagan lo mismo. Yo no puedo pretender que ellos me cuenten, abran su corazón, expresen lo que sienten, si yo no sé ejercitarlo.» Mostrar tristeza, rabia o cansancio delante de un hijo no es enseñarle debilidad: es enseñarle que los adultos también son seres humanos.

De ahí pasa a la rebeldía, que describe como «un lastre, una roca que hay que dinamitar» y que casi siempre es un mecanismo de defensa contra un abuso, una norma o una autoridad. Los padres tienen que asumir autoridad, dice, pero no abusar de ella; marcar pautas, pero empatizando. Y una imagen para terminar: no se puede «encajar el cerebro de un adulto en el cerebro de un niño». Todavía no tiene la memoria de un adulto, pero sí una memoria emocional que registra cada impacto.

Primeros auxilios: a quién acudir

El cierre de la sección es el de siempre en El taller de las emociones: una llamada a implicarse. «Los que somos de Cristo tenemos la gran ayuda, y Dios nos puede mostrar todo lo que está oculto —dice Baldeón—, pero hay que ponernos manos a la obra y estar dispuestos a implicarnos en nuestro entorno familiar»: ver qué está pasando dentro de casa que esté provocando alteraciones emocionales en la familia. Es, concluye, «un trabajo y una tarea de todos».

A ello añade el Pr. Lucho el consejo que da título a este último tramo: acudir al Señor Jesús como los primeros auxilios de esa emergencia. La psicóloga recuerda también que su web no está actualizada por la carga de consulta, aunque procura responder los mensajes que le llegan cuando el caso lo requiere.

Conviene añadir un apunte de servicio que no estaba en la conversación: en España existe el teléfono 024, la línea de atención a la conducta suicida del Ministerio de Sanidad, gratuita y disponible las veinticuatro horas del día. Ante una herida reciente, una idea de muerte o simplemente la sospecha de que un hijo lleva meses aguantando algo solo, ese número y el pediatra o médico de familia son el primer paso, y no sustituyen a nadie: acompañan.

Referencias

  • American Psychiatric Association (2013). «Nonsuicidal Self-Injury», en Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM-5), Sección III: condiciones para estudio posterior. Washington: APA.
  • Nock, M. K. (2010). «Self-Injury». Annual Review of Clinical Psychology, 6, 339-363.
  • Klonsky, E. D. (2007). «The functions of deliberate self-injury: A review of the evidence». Clinical Psychology Review, 27(2), 226-239.
  • Lupien, S. J., McEwen, B. S., Gunnar, M. R., & Heim, C. (2009). «Effects of stress throughout the lifespan on the brain, behaviour and cognition». Nature Reviews Neuroscience, 10(6), 434-445.
  • Child Mind Institute (Nueva York), centro estadounidense de investigación en salud mental infantil y adolescente al que la psicóloga alude en el programa como fuente de las investigaciones que sigue: childmind.org.
  • Ministerio de Sanidad (Gobierno de España). Línea 024 de atención a la conducta suicida, gratuita y disponible 24 horas.
  • El episodio de Juan el Bautista que cita la psicóloga como ejemplo de angustia en un hombre de fe: Mateo 11:2-3 (RVR1960), «Y al oír Juan, en la cárcel, los hechos de Cristo, le envió dos de sus discípulos, para preguntarle: ¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?»; y el relato del bautismo al que alude, Juan 1:32-34.

Temas  Adolescencia · Salud mental · Crianza · Autolesión · Familia

Julia Baldeón Soto

Sobre la autoraJulia Baldeón Soto es psicóloga y psicoterapeuta en el centro sanitario San Diego, en Boadilla del Monte (Madrid), donde ejerce desde hace 25 años, especializada en ansiedad y estrés, psicoterapia familiar y de pareja y trastornos alimenticios. Licenciada en Psicología por la Universidad de San Martín de Porres (Lima, Perú), es máster-especialista en Ansiedad y Estrés por la Universidad Complutense de Madrid y especialista en Clínica y Psicoterapia psicoanalítica —El niño y su familia— y en Terapia Gestalt por la Universidad Pontificia de Comillas. Se formó también como psicoterapeuta en el estudio e investigación de la autoestima (Los Ángeles, Estados Unidos) y está certificada por la EFPA (European Federation of Psychologists' Associations). Cada semana firma El taller de las emociones en El Pulso de la Vida.

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