Todo empezó con una pregunta en una comida: ¿ha leído usted el último libro de la Biblia? Cincuenta años después, el clásico de Richard Donner sigue siendo la película que más interés ha despertado por la profecía bíblica. José de Segovia reconstruye la historia en el episodio que acompaña a este artículo: dos asesores religiosos en los títulos de crédito, un guionista agnóstico que se pasó tres meses leyendo la Biblia y la fiebre escatológica de la Revolución por Jesús.
A mediados de los años setenta, en un restaurante del bulevar de Hollywood, dos hombres estaban comiendo. Uno era Harvey Bernhard, productor, un hombre de números. El otro, Robert Munger —Bob para todo el mundo—, era eso que en América se llama un cristiano nacido de nuevo, y traía una pregunta preparada: ¿había leído Bernhard alguna vez el último libro de la Biblia? Bernhard reconoció que no. Munger se lo resumió a su manera: el anticristo no volvería con cuernos y olor a azufre; volvería como un niño pequeño, criado en una buena familia, delante de todo el mundo y sin que nadie lo notara. Bernhard dejó el plato a medias, salió del restaurante y escribió diez páginas. De esas diez páginas salió «La Profecía», la tercera película más vista de 1976, que este verano cumple medio siglo.
La historia la cuenta José de Segovia en el nuevo episodio de «El sueño se ha acabado», su sección de cine y música en El pulso de la vida, y conviene avisar desde ahora: este artículo es solo el programa de mano. Lo mejor —las voces, la música, un tráiler apocalíptico narrado por Orson Welles— no cabe en el papel. Suena en el reproductor de aquí arriba y, cada semana, en la radio.

Una comida, diez páginas y cuatro semanas
Con las diez páginas en la mano, Bernhard llamó a David Seltzer. Había huelga de guionistas; le pagó por adelantado, que es la clase de gesto que en Hollywood hace las veces de fe, y en cuatro semanas tuvo el guion.
Munger no era un devoto de fin de semana metido a asesor por casualidad, y De Segovia repasa su hoja de servicios. En los documentales sobre la película aparece una y otra vez, presentado siempre igual: Bob Munger, cristiano evangélico nacido de nuevo. Actor infantil llegado de Indianápolis, había hecho televisión en la edad de oro de Hollywood y llevaba media vida intentando meter la fe evangélica en el cine: estuvo detrás de World Wide Pictures, la productora del evangelista Billy Graham; de la película sobre Corrie ten Boom, la holandesa que escondió judíos en su casa y acabó en un campo nazi; y de la que se hizo sobre Chuck Colson, el hombre de Nixon que salió de la cárcel convertido. Se le recuerda, sin embargo, por esta: una película sobre el diablo.
El resultado resucitó a un estudio en crisis. Solo dos películas la superaron en taquilla aquel año —«Alguien voló sobre el nido del cuco» y «Todos los hombres del presidente»—, y con lo recaudado la Fox pudo financiar su siguiente apuesta, una de la que quizá el lector haya oído hablar: «La guerra de las galaxias». Richard Donner, el director, venía prácticamente de la televisión; lo siguiente que hizo fue «Superman». A todos les fue razonablemente bien.

Tres meses leyendo la Biblia
La ironía central de «La Profecía», y De Segovia se detiene en ella, es que las dos piezas escépticas del puzle eran precisamente las creativas. Donner y Seltzer eran judíos —Seltzer, de familia ortodoxa— y ninguno de los dos creía en el diablo ni en nada que se le pareciera. Seltzer aceptó el encargo por la razón por la que se aceptan casi todos los encargos: necesitaba el dinero y tenía dos hijos pequeños. Y empezó por donde le habían dicho que había que empezar: se pasó tres meses sin hacer otra cosa que leer la Biblia y a sus comentaristas.
Allí encontró la imagen que lo desencadena todo: la bestia que sube del mar. Un comentarista interpretaba aquel mar como el mundo de la revolución y el desorden; es decir, la política. Lo ha contado él mismo: el hijo del diablo surgiría del mundo de la política, le puso los tres seises en el cuerpo y ya estaba lanzado.
Donner nunca le puso solemnidad al asunto. Si la película consiguió que la gente leyera la Biblia —y se vendieron más Biblias, y entró más gente en las iglesias—, «puede que les hiciéramos algo de bien», decía. Los dos insistieron siempre en que lo de película de terror era una injusticia: ellos habían hecho una historia de suspense. Uno repasa hoy la película y tiene que darles la razón en un punto: no hay una sola escena sangrienta. Las que el recuerdo jura que lo eran, examinadas de cerca, no lo son.

Los dos asesores religiosos que salen en los títulos de crédito
Hay una línea en los títulos de crédito que lo explica todo, y De Segovia la lee despacio: «Religious Advisers to the Producers: Robert Munger — Rev. Don Williams Ph.D». Los dos, no uno.
Don Williams no le dirá nada al lector medio, pero es un nombre mayor para quien conozca el movimiento de la Gente de Jesús. Vino de Princeton a la Iglesia Presbiteriana de Hollywood, que fue uno de los tres focos de aquella revolución de hippies convertidos —los otros dos: San Francisco y la Capilla Calvario de Costa Mesa—. Abrió el café-bar donde empezó a cantar Larry Norman, enseñó Nuevo Testamento en el Seminario Fuller, recibió lo que aquella gente llamaba el bautismo del Espíritu y acabó en la Comunidad de la Viña, donde con los años encontrarían acomodo Bob Dylan y otros muchos músicos.
Que un hombre con esa formación acabara avalando una fantasía escatológica solo se entiende, advierte De Segovia, a la luz de lo que era aquel movimiento. Y aquel movimiento vivía pendiente del final.

La obsesión escatológica de la Revolución por Jesús
De Segovia lleva al oyente a la Capilla Calvario, donde Chuck Smith predicaba un domingo sí y otro también sobre el Apocalipsis y el cumplimiento actual de las profecías. El anticristo era inminente y —como dice la película— vendría de la política. Aquellos jóvenes vivían, en el sentido más literal de la palabra, pendientes del final.
Por encima de todo flotaba un libro: «La agonía del gran planeta Tierra», de Hal Lindsey, treinta y cinco millones de ejemplares vendidos desde 1970. El propio Seltzer lo señaló como su mayor inspiración, por delante de «El exorcista» y de «La semilla del diablo». Lindsey es el padre de lo que se ha llamado la escatología ficción: un personaje de televisión que explicaba la Escritura con la Biblia en una mano y un vaso de whisky en la otra, y al que adoptaron a la vez los evangélicos y el público secular. Había salido de la Cruzada Estudiantil —lo que en Europa llamamos Agapé—, montó su propio centro en Albuquerque y vivió durante años de los derechos de aquel libro.
En 1978 se estrenó la película documental basada en él, narrada nada menos que por Orson Welles, que para entonces ya narraba casi cualquier cosa. El tráiler de la versión latina, la única que existe, suena entero en el episodio; es uno de esos documentos de época a los que ninguna transcripción hace justicia, y una razón suficiente para darle al play.

666, 616 y todos los chiflados
El número da para un programa entero, y De Segovia lo recorre de arriba abajo. Bernhard había leído que identificaba a Nerón, y así lo sostienen muchos comentaristas; pero la lista de candidatos no se ha cerrado desde entonces. El primero de la fila fue Aleister Crowley, el padre del satanismo moderno, que ahorró a los exégetas el trabajo de identificarlo haciéndose llamar la bestia él mismo. Detrás vinieron Napoleón, Hitler, Sadam Huseín y Bill Gates, no necesariamente por ese orden de méritos.
Hay lecturas más serias. Luis Martínez Vallés, que le ha dedicado un libro entero —«Y su número es 666», uno de los que se ven en la fotografía que abre este artículo—, acaba encontrando luz en G. K. Beale, que traduce buena parte del texto y muestra el sentido simbólico que tiene el número. Y recoge además la variante 616: la que aparece en un papiro conservado en Oxford, la que ya citaba el padre de la iglesia Ireneo y la que Antonio Piñero ha popularizado aquí en programas como los de Iker Jiménez.

Babuinos en Windsor y una maldición de periódico
Lo que De Segovia cuenta del rodaje daría para otro programa. La familia vive en una mansión inglesa del siglo XVII; el despacho del embajador es el despacho real de la embajada de Estados Unidos en Londres, que entonces —eran otros tiempos— podía prestarse para rodar una película sobre el anticristo; y las iglesias que se ven son anglicanas fuera de uso, salvo una que seguía abierta y de la que solo se ve la fachada.
En el safari park de Windsor, Lee Remick no sabía conducir un coche con marchas y se quedó atascada entre los babuinos, que era exactamente donde no convenía quedarse atascada. Los animales, de todos modos, no atacaban; se limitaban a mirar. Hasta que alguien recordó que el día que se llevaron anestesiado al patriarca de la manada se habían vuelto agresivos. Lo repitieron. Los gritos de pánico que se oyen en la película son de verdad.
Y luego está la famosa «maldición»: aviones alcanzados por rayos, la avioneta del productor Mace Neufeld golpeada por una tormenta, un vuelo a Israel que Gregory Peck canceló en el último momento y que acabó estrellándose, y la muerte —esta sí, real y trágica— de Liz Moore, ayudante del responsable de efectos especiales John Richardson, en un accidente de carretera en los Países Bajos. Donner repitió siempre que no le veía ningún sentido profético, y la explicación menos sobrenatural resulta bastante convincente: aquel Londres tenía atentados del IRA casi cada semana, y los sustos de aviación son mucho más frecuentes de lo que la leyenda quiere recordar.

Lo que dice de verdad la Biblia sobre el anticristo
Aquí De Segovia cambia de registro, y el programa con él. La palabra «anticristo», para empezar, aparece solamente en las cartas de Juan. En Tesalonicenses se habla del hombre de pecado; en el Apocalipsis, de la bestia; en Daniel, del cuerno. Y cuando Juan la usa, la usa en plural: son muchos, no uno solo escrito con mayúscula.
Tampoco son solo futuros. El texto bíblico los presenta actuando ya en la era apostólica, en el comienzo mismo de la iglesia: no era algo que se anunciaba para el final de los tiempos, sino algo que se estaba viviendo. Cada generación, como dice D. A. Carson, conoce la influencia de anticristos.
¿Cómo se reconocen? Por su blasfemia: niegan quién es Jesucristo. Toda secta, toda religión falsa, todo maestro que pretenda que Jesús es algo distinto de lo que dice el testimonio apostólico habla según ese espíritu. José de Segovia recuerda a John Stott, maestro suyo, que en esto pedía ser conservadores: sobre Jesús no hay nuevas revelaciones; lo que sabemos de él es lo que enseñaron los apóstoles.
De ahí el remate del programa, que es también la mejor respuesta a medio siglo de especulación —y que conviene oír con la voz de su autor, porque leído pierde—:
«Los creyentes debemos arrebatar a los chiflados el libro de Apocalipsis. No es un libro para producir miedo y terror, sino todo lo contrario: para confiar en que Cristo ha vencido a sus enemigos»
Quien haya llegado hasta aquí leyendo hará bien en terminar escuchando. El episodio completo de «El sueño se ha acabado» está en el reproductor del comienzo de esta página —se puede descargar para el camino— y cada semana hay una entrega nueva en la radio de El pulso de la vida. Este texto es el mapa; el territorio suena.
Referencias
- 1 Juan 2:18, 22; 4:3 y 2 Juan 7 (RVR1960) — los «muchos anticristos» que «ya están en el mundo».
- 2 Tesalonicenses 2:3-4 — el hombre de pecado.
- Apocalipsis 13:1 y 13:18 — la bestia que sube del mar y el número de la bestia.
- Daniel 7:8 — el cuerno pequeño.
- David Seltzer, La Profecía (novelización publicada dos semanas antes del estreno, 1976).
- Hal Lindsey, La agonía del gran planeta Tierra (1970); versión cinematográfica de 1978, narrada por Orson Welles.
- Luis Martínez Vallés, Y su número es 666.
- G. K. Beale, comentario a Apocalipsis (Westminster Theological Seminary).
- D. A. Carson, exposición sobre las cartas de Juan.
- Michael Troughton, biografía de su padre, Patrick Troughton, intérprete del padre Brennan.
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Sobre el autorJosé de Segovia Barrón (Madrid, 1964) es periodista, teólogo y pastor. Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, estudió Teología Sistemática en la Universidad de Kampen (Holanda) y Estudios Bíblicos en la escuela de Welwyn (Inglaterra). Es pastor de la Iglesia Reformada de Madrid, en el barrio de El Salvador (Ciudad Lineal), y presidió la Comisión de Teología de la Alianza Evangélica Española entre 2001 y 2015. Enseña en la Facultad Internacional de Teología IBSTE (Castelldefels), el Centro Evangélico de Estudios Bíblicos de Barcelona, la Facultad de Teología UEBE de Alcobendas y la escuela de Welwyn. Desde 2002 firma una columna semanal en Protestante Digital y ha publicado una docena de libros sobre cine, música, arte y fe. En El Pulso de la Vida firma Al trasluz, Ruta 66 y El sueño se ha acabado.