La crítica que destruye: cuando el juicio constante mina la autoestima | Julia Baldeón

El taller de las emociones

La psicóloga clínica Julia Baldeón desmonta en El taller de las emociones la crítica que se disfraza de ayuda: la que invalida, se hereda como un molde familiar y acaba explicando, años después, la conducta narcisista.

La crítica que destruye: cuando el juicio constante mina la autoestima | Julia Baldeón

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Criticar parece inofensivo. Se dice que es constructivo, que es por su bien, que alguien tenía que decírselo. Pero hay un punto en el que la crítica cruza una línea y deja de corregir para empezar a destruir. En El taller de las emociones, la psicóloga clínica Julia Baldeón dedicó su capítulo de esta semana a los sentimientos de crítica, dentro del recorrido que viene haciendo por los complejos de la personalidad —el rechazo, la culpa, la soledad, la inferioridad—, y trazó una línea recta entre el juicio constante que se sufre de niño y el adulto herido en que acaba convirtiendo.

Cuándo la crítica deja de construir

El punto de partida de Julia Baldeón es una distinción que casi nadie hace en casa: no toda crítica es igual. Hay una crítica que ayuda a mejorar y hay otra que, sin cambiar de nombre, ha dejado de tener nada que ver con eso. «Cuando llevamos la crítica a un nivel más patológico ya estamos invalidando, y estamos tocando fibras mucho más emocionales, mucho más profundas», explicó la psicóloga clínica.

El daño no es abstracto. Según describió, esa crítica sostenida «daña la autoestima, daña la evolución, la creatividad y la parte también intelectual de la persona». No corrige una conducta: desmonta a quien la recibe.

La imagen que utilizó para retratarla es la de alguien que se mueve con una lente de aumento: «Vamos con una lupa buscando simplemente los puntos negativos, para ir a hurgar y juzgar». Vivir en ese estado permanente de juicio y condenación, dijo, no es exigencia: es invalidación.

Pareja discutiendo en la cocina
«Haga lo que haga, estoy siendo condenada continuamente»: la crítica sostenida dentro de la pareja mina la autoestima hasta hacer sentir que nada es suficiente.

«Haga lo que haga, no es suficiente»

Baldeón puso el ejemplo de una relación de pareja en la que uno de los dos juzga continuamente cualquier conducta del otro. Aunque se haya esmerado, aunque lo haya hecho de la mejor manera posible, «no es nada suficiente». Y ahí empieza el desgaste.

El resultado, descrito por ella casi en primera persona, es demoledor: «Siento que no valgo para nada, siento que soy una inútil, siento que he nacido para el fracaso». La persona puede seguir cumpliendo objetivos, pero ya no se los reconoce, porque la base sobre la que se sostiene —la autoestima— está dañada.

Con el tiempo, advirtió, esa sensación de inferioridad se normaliza en el cerebro y termina desembocando en un cuadro de ansiedad y, después, en un estado depresivo. Se vive «porque hay que vivir», sin más.

La semilla que otro planta y alguien pisa

Una de las escenas más gráficas de la sección fue la de la semilla. Alguien de fuera reconoce un logro y siembra algo bueno; al llegar a casa, la pareja lo desmonta con un comentario despectivo. Lo que esa persona hace, en palabras de Baldeón, es «secarlo, pisarlo, eliminarlo».

Y duele más que venga de dentro. La psicóloga lo explicó por el conflicto que se genera en el cerebro cuando recibe dos mensajes opuestos: por un lado la valoración, por otro «la anulación, el desprecio, la humillación». Ese choque interno se resuelve casi siempre en contra de uno mismo.

«Me puedo sentir que soy tonta, que se están burlando de mí», describió, «y lo que es válido es lo que me lo dice la persona que tiene ese vínculo afectivo conmigo». El elogio de fuera se descarta como cortesía; el desprecio de casa se acepta como verdad. De ese conflicto sostenido nace la ansiedad.

Padre reprendiendo a su hijo en casa
El molde con el que nos midieron es el molde con el que medimos: la autoexigencia aprendida se proyecta sobre los hijos.

El molde que se repite en los hijos

Aquí la sección dio el giro que más interpela a los oyentes. Quien creció siendo juzgado se convierte, casi sin notarlo, en alguien duro consigo mismo. «Somos Hitler con nosotros mismos», llegó a decir Baldeón para describir esa autoexigencia sin tregua. Y lo que se hace con uno mismo acaba haciéndose con los demás.

«En la misma medida que yo me exijo, voy a exigir a mi entorno», resumió: a los hijos, a la pareja, al círculo más cercano, a los hermanos, a los padres. El molde con el que nos midieron es el molde con el que medimos.

Y en el caso de los hijos, la exigencia desmedida deja marca. Un niño al que se le pide más de lo que puede dar puede terminar etiquetándose a sí mismo, sintiendo que no vale para nada, que es mala persona, que sus padres discuten por su culpa porque no rinde en el colegio. «Eso va a configurar el tipo de adulto que va a ser».

«La raíz es una inseguridad. Es el complejo de inferioridad, de sentirse tan poca cosa.»

Julia Baldeón, psicóloga clínica
Mujer mirándose al espejo con gesto preocupado
Un adulto que por dentro sigue siendo «un niño dolido, un niño carente de autoestima».

Adultos por fuera, niños heridos por dentro

Ese adulto, explicó la psicóloga, puede tener la edad que tenga, pero «emocionalmente es un niño inmaduro»: lleva dentro «un niño dolido, un niño carente de autoestima».

Baldeón también avisó contra el efecto rebote: quien se crió bajo un régimen donde su valía dependía de las notas puede acabar en el extremo contrario, dejando que sus hijos crezcan sin ninguna exigencia. Ni un molde ni el otro; ambos son reacciones a la misma herida.

El criterio que ofreció para no caer en el juicio rápido es sencillo y muy práctico: cada persona tiene su proceso y su ritmo. Los más impulsivos hacen las cosas deprisa, con más margen de error; los más pausados tardan más y se equivocan menos. «Las dos personas son válidas y logran el mismo objetivo en diferente tiempo. No es que uno sea más torpe y el otro sea más listo».

La raíz del narcisismo: un complejo de inferioridad

El tramo final fue el más contundente. Baldeón quiso remarcarle al Pr. Lucho que «la verdadera raíz de las conductas egocéntricas, del narcisismo, nace en esto». El narcisista se cree superior, «tiene que humillar a los demás para siempre sobresalir» y no soporta que nadie esté por encima de él.

Pero esa fachada, sostuvo, es exactamente lo contrario de lo que hay debajo: «Muestra una imagen totalmente exacerbada, pero en el fondo realmente no se siente seguro. La raíz es una inseguridad, es el complejo de inferioridad, de sentirse tan poca cosa».

Como de adulto no puede vivir con ese sentimiento, «teje una personalidad paralela» construida sobre el egocentrismo: agrada, conquista, se gana a la gente y luego la lleva a su terreno para humillarla. Porque si no humilla, no se siente bien. Ese es su alimento. Y todo empezó, muchos años antes, con alguien que lo miraba con lupa buscándole los defectos.

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Temas  Autoestima · Crítica · Narcisismo · Familia · Psicología

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