El Pr. Lucho recorre en La Semilla las cuatro verdades con que el capítulo 2 de Hebreos afirma la humanidad de Jesucristo, de la mano de John Stott y con una réplica de paso a César Vallejo.
«Dios mío, si tú hubieras sido hombre, hoy supieras ser Dios», le reprochó César Vallejo al cielo en 1918. La carta a los Hebreos llevaba diecinueve siglos respondiendo que sí lo fue: que entró en nuestra humanidad, en nuestras tentaciones, en nuestros sufrimientos y en nuestra muerte. Sobre esas cuatro puertas gira La Semilla de este viernes.
La otra mitad de la historia
Ayer, en este mismo espacio, La Semilla se detuvo en el primer capítulo de la carta a los Hebreos para mirar a Jesucristo en su gloria divina. Hoy el Pr. Lucho ha advertido de entrada que aquello, por cierto que sea, es solo la mitad de la historia.
«Si nos quedáramos ahí seríamos culpables de una grave herejía: la que reconoce su deidad pero niega o pasa por alto su humanidad», señalaba esta mañana. La carta misma pone el contrapeso. Hebreos 1 insiste en que Jesucristo es uno con el Padre y comparte su naturaleza; Hebreos 2 insiste en que es uno con nosotros y comparte la nuestra.
De ahí la paradoja que abre el capítulo: «Aquel que es en todo superior a los ángeles se hizo inferior a ellos por amor a nosotros». Y de ahí las cuatro verdades que John Stott ordena en este capítulo y que estructuraron el espacio de hoy. Todas empiezan por el mismo verbo: entró.
El reproche de César Vallejo
A mitad de la reflexión apareció, sin previo aviso, un poeta. En Los dados eternos, incluido en Los heraldos negros (1918), César Vallejo le echa a Dios en cara una distancia que le parece insalvable: «Dios mío, si tú hubieras sido hombre, hoy supieras ser Dios».
El reproche es el de quien sufre y sospecha que arriba no se entera nadie. Un Dios que nunca ha tenido hambre, ni miedo, ni un cuerpo que se canse, no está en condiciones de opinar sobre lo que duele aquí abajo.
«Craso error el del poeta peruano», replicó el Pr. Lucho. Porque eso es exactamente lo que Hebreos 2 afirma que ocurrió. La respuesta cristiana a Vallejo no es un argumento: es una fecha, un cuerpo y una tumba.

Primero: entró en nuestra humanidad
El punto de partida es el versículo 14: «Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo». No se disfrazó de hombre ni tomó una apariencia prestada. Tomó sobre sí carne y sangre.
«Experimentó la fragilidad y la vulnerabilidad de un ser humano», resumía la reflexión. Tenía un cuerpo humano real: comía, bebía, dormía. Y tenía emociones humanas reales, que la sección enumeró sin suavizarlas: alegría y tristeza, compasión e ira.
Conviene detenerse en esa lista. No es la de un semidiós impasible de la mitología, sino la de cualquiera de nosotros. El evangelio no presenta a un Dios que se asomó a la humanidad, sino a uno que la habitó por dentro.

Segundo: entró en nuestras tentaciones
La segunda verdad es la que más incomoda y la que más consuela. «Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados», dice el versículo 18. Y el capítulo 4 lo remacha: fue tentado «en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado».
La frase que mejor lo explicó en antena fue esta: por su encarnación, hizo a un lado su inmunidad a la tentación y quedó expuesto a ella. No la vivió desde detrás de un cristal. Se quitó la protección.
Sus tentaciones, insistía el Pr. Lucho, fueron tan reales como las nuestras. La diferencia no está en la intensidad del asedio, sino en el desenlace: nunca sucumbió y nunca pecó. Quien resiste hasta el final es, precisamente, el que conoce toda la fuerza de lo que empuja.
«Por su encarnación hizo a un lado su inmunidad a la tentación y quedó expuesto a ella.»
Tercero: entró en nuestros sufrimientos
El versículo 10 dice algo que suena extraño al oído moderno: que Dios «perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación». ¿Perfeccionar a Cristo? ¿Es que le faltaba algo?
La aclaración fue precisa: no era imperfecto en el sentido de ser pecador. Lo que habría quedado incompleto es otra cosa: su identificación con nuestra humanidad. Un Cristo que no hubiera sufrido como sufrimos nosotros sería un Cristo a medias, solidario de palabra.
Aquí es donde el reproche de Vallejo se queda sin suelo. El poeta reclamaba un Dios que supiera lo que cuesta ser hombre. Hebreos responde que lo aprendió por el camino más caro que existe.

Cuarto: entró en nuestra muerte
Queda el último umbral, el que nadie cruza voluntariamente. El versículo 9 lo dice sin rodeos: «vemos a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos».
Y aquí la sección marcó la diferencia decisiva. Él no necesitaba morir, porque no tenía pecado. Si murió fue porque cargó con los nuestros: fue por nuestras faltas que murió. Su muerte no es el final inevitable de una vida humana, sino una decisión.
El versículo 14 cierra el círculo que había abierto: participó de carne y sangre «para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo». Entró en la muerte para desarmarla desde dentro.
Por eso puede representarnos
La conclusión no es teórica, y la sección terminó ahí. Como consecuencia de la encarnación, Jesucristo puede representarnos ante el Padre y puede identificarse con nuestras debilidades. Ese es el sumo sacerdote que, según Hebreos, tenemos en el cielo.
La palabra clave es identificarse. No compadecerse desde lejos, que es lo que puede hacer cualquiera. Identificarse: haber estado ahí. Quien intercede por nosotros no está leyendo un informe sobre la condición humana; la recorrió entera, desde la carne y la sangre hasta el sepulcro.
Referencias
- Hebreos 2:9, RVR1960: «Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos».
- Hebreos 2:10, RVR1960: «Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos».
- Hebreos 2:14, RVR1960: «Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo».
- Hebreos 2:18, RVR1960: «Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados».
- Hebreos 4:15, RVR1960: «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado».
- César Vallejo, «Los dados eternos», en Los heraldos negros (Lima, 1918): «Dios mío, si tú hubieras sido hombre, / hoy supieras ser Dios». Obra en dominio público.
- John R. W. Stott, síntesis del capítulo 2 de la carta a los Hebreos leída y comentada en el espacio La Semilla de El pulso de la vida (no se identificó en antena la edición concreta de la obra).
- Fotografías de portada y de interior: Pexels (licencia libre).
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Temas Hebreos · John Stott · Encarnación · César Vallejo
Sobre el autorPr. Lucho —Luis E. Panduro— dirige y presenta El pulso de la vida, el magacín matinal de Dynamis Radio (lunes a viernes, de 8:00 a 11:00 h): tres horas diarias de noticias, entrevistas y reflexión bíblica en directo. Periodista formado en la Universidad San Martín de Porres, en su Perú natal, es un apasionado de la Escritura y de su trasfondo histórico, y firma secciones como La Semilla, donde cada mañana desgrana un pasaje de la mano de los grandes maestros de la exposición bíblica. Es además fundador y pastor de la iglesia Fuente de Agua Viva, en Pinto (Madrid), que dirige junto a su mujer, la Pra. Anggelina Ugaz.