El director de Kings Mountain School, Antonio López, y los educadores Marco Romero y Cristina Lay defienden en El pulso de la vida una idea sencilla y exigente: la educación cristiana no empieza en el aula, empieza en casa.
¿Se puede educar «con propósito» en un mundo que ha vuelto la escuela un lugar de paso? En la tercera hora de El pulso de la vida, el Pr. Lucho recibió al equipo de Kings Mountain School, un colegio cristiano que acaba de nacer en Getafe (Madrid). Junto al director, Antonio López, se sentaron dos educadores con más de cuarenta años de oficio, Marco Romero y Cristina Lay —padres de la pedagoga Giovanna Romero, autora de los consejos «Educar con propósito» que suenan cada semana en Dynamis Radio—. La conversación giró en torno a una convicción compartida: formar el carácter de un niño es, antes que nada, tarea de su familia.
La educación cristiana empieza en casa
La tesis que atraviesa toda la entrevista la resume Marco Romero sin rodeos: «la educación bíblica cristiana tiene que comenzar en el hogar. La Iglesia apoya. El colegio también apoya». Los invitados insistieron en que ni el templo ni el centro escolar pueden sustituir a los padres, solo acompañarlos.
Para ilustrarlo echaron mano de las cuentas: un niño que va cada domingo a la escuela dominical recibe, descontando alabanza y juego, cerca de 52 horas de enseñanza bíblica al año. «Es muy poco», reconocían. De ahí que un colegio cristiano, donde el niño respira ese ambiente a diario, sea para ellos una herramienta valiosa… siempre que la familia siga siendo el primer maestro. Lo enmarcaron en Proverbios 22:6: «Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él».

Un colegio que no compite por las notas
Kings Mountain School nace, según su director, «siendo un ministerio». Por eso Antonio López marcó pronto una distancia con lo que muchos padres esperan de un colegio nuevo: «no pretendemos competir a nivel académico con ningún colegio. Pretendemos ser un colegio referente para acompañar a las familias en la formación del carácter de los niños».
No es que renuncien a la excelencia académica —«aspiramos a que sea excepcional, porque será para el Señor», matizó—, sino que la sitúan al servicio de una formación integral. El proyecto, bilingüe y hoy centrado en Primaria, aspira a crecer hacia Secundaria. Su lema recoge Lucas 2:52: crecer «en sabiduría, estatura y gracia». Y lo plantean como respuesta a un sistema donde, a su juicio, «los colegios públicos en este país desgraciadamente han ido perdiendo valores».
Formar el carácter, no solo informar la mente
El equipo distinguió una y otra vez entre conocimiento y encuentro. «No es solamente darle historias bíblicas, como cuentos o cosas históricas —explicó Cristina Lay—. Eso apela a la mente, a la razón. Pero es necesario llevarlo al conocimiento de Jesucristo como persona», para que el niño pueda sostener su fe «aún cuando llega a la universidad y le digan que Dios no existe».
Cada uno lo contó desde su propia historia. Cristina hizo su decisión por Cristo «a los ocho años, un domingo de resurrección», y sellló su fe a los dieciséis, tras salir ilesa de un aparatoso accidente de tráfico. Marco Romero conoció el evangelio a los catorce, invitado por una familia del barrio. La conclusión que ofrecieron a los oyentes es la misma: los padres pueden dar herramientas, pero cada hijo «tiene que tener sus propias experiencias de fe con Dios».

Los primeros mil días y el tiempo que no se delega
En la parte más práctica, Cristina Lay apeló a la neurociencia: «los primeros mil días de nacido un bebé son los más importantes», por el vínculo con el padre y con la madre. A partir de ahí, cada etapa —hasta los tres años, hasta los seis, hasta la pubertad— pide un trato distinto; y avisó a los padres de adolescentes de que, pasados los doce, «ya toca negociar».
Su advertencia más rotunda fue contra una excusa muy extendida: «el niño no necesita juguetes, no necesita solo entretenimiento; necesita tiempo de sus padres». Y desmontó el viejo consuelo del «tiempo de calidad»: «necesita tanto cantidad como calidad». En un mundo donde los padres «trabajan tanto que dejan a los niños semiabandonados emocionalmente», recordó que lo esencial es que el hijo «sepa que cuenta con su papá y su mamá».
«El niño no necesita juguetes; necesita tiempo de sus padres, y no solo de calidad: también de cantidad.»
Enseñar a dar gracias: la fe en lo cotidiano
¿Cómo se traduce todo esto en casa? Marco Romero ofreció ejemplos concretos. Cuando un hijo recibe un regalo, en lugar de apropiarse del mérito, conviene enseñarle que «quien te va a dar es Dios», que se sirve del abuelo, del tío o de un trabajo extra para proveer. Lo respaldó con Santiago 1:17: «Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto».
Otro tanto con la mesa y la oración. Dar gracias por los alimentos, apuntaron, no es un trámite: es cultivar una relación, la que describe Apocalipsis 3:20 —«He aquí, yo estoy a la puerta y llamo»— en clave de cena compartida. Gestos sencillos y repetidos que, sostienen, van formando en el niño una fe propia.

Cómo conocer Kings Mountain School
El colegio se presenta como una entidad sin ánimo de lucro, «casi a precio de coste»: la matrícula es de 100 euros y la mensualidad de 200, a los que se suman los materiales escolares habituales en cualquier centro. «Nacemos para cubrir una necesidad —resumió el director—: servir primero a los niños, luego a las familias y, por supuesto, también a la iglesia».
Quienes quieran conocerlo pueden concertar una visita a través de la web kingsmountainschool.com o del teléfono 690 279 209. El equipo tendió además la mano a los pastores que deseen que el proyecto se presente en sus congregaciones, y a maestros y padres interesados en su capacitación.
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