Mortal y rosa: Umbral, la muerte de su hijo y el Dios al que no quiso culpar | José de Segovia

Al trasluz

Medio siglo después de «Mortal y rosa», José de Segovia lee el libro más honesto de Francisco Umbral: el diario que escribió tras enterrar a su único hijo. El dandy que posaba de todo, el hombre que no tenía nombre y el pasaje en el que dice que necesitaría a Dios para culparle, pero que eso ya sería otra forma de fe.

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Iba con abrigo y bufanda en pleno agosto, contestaba que los tres mejores escritores eran él, él y él, y dejó dicho que no creyéramos nada de lo que escribía porque era un farsante. Debajo de todo aquello había un hombre que enterró a su hijo de seis años y escribió el libro más desnudo de la literatura española reciente. José de Segovia lo lee en Al trasluz cincuenta años después.

Ideas clave

  • «Mortal y rosa» (1975) lo escribió Umbral tras la muerte de su hijo Pincho, con seis años, de leucemia.
  • El título viene de los versos finales de «La voz a ti debida», de Pedro Salinas.
  • Su nombre real era Francisco Alejandro Pérez Martínez: no fue reconocido por su padre y conservó su nombre.
  • Umbral no culpa a Dios de la tragedia; dice que hacerlo «sería ya otra forma de fe».

Un libro que no se parece a nada de lo que escribió

Medio siglo después, Mortal y rosa sigue siendo un libro incómodo de leer. Lo publicó Francisco Umbral en 1975 y no se parece a nada de su obra: ni novela ni ensayo ni memoria, sino un diario atípico que está más cerca de un poema en prosa. El título lo tomó de los dos versos finales de La voz a ti debida, de Pedro Salinas: esa corporeidad «mortal y rosa» donde el amor inventa su infinito.

José de Segovia lo presenta como el libro más honesto de una carrera larguísima y prolífica, y también el más sorprendente. Aquí Umbral se queda sin artificio. «Se libera de todo artificio», dice: un relato desnudo que enfrenta al lector con la persona y no con el personaje.

Porque hay un motivo para esa desnudez, y es el peor posible. El libro está escrito después de enterrar a su único hijo.

Fotografía familiar del hijo de Francisco Umbral con un tazón entre las manos
La fotografía que Umbral describe en el libro: el niño mirándole serio por encima del tazón del desayuno. Fotograma del documental «Anatomía de un dandy» (Alberto Ortega y Charlie Arnaiz, 2020). © RTVE

Pincho

El niño se llamaba Francisco y en casa le decían Pincho. Murió en 1974, de leucemia, con seis años. Mortal y rosa es el recuerdo estremecido de esos años, y su frase más devastadora es también la más simple: solo he vivido cinco años de mi vida, los cinco que vivió mi hijo; antes y después, todo ha sido caos y crueldad.

En el documental que el programa utiliza como hilo, quien cuenta ese derrumbe es su mujer, a la que él llamaba simplemente España. Habla del niño como de un descubrimiento, y sospecha que Umbral proyectaba en él la infancia que no tuvo: el hombre que iba por la vida de duro era en realidad muy sensible y muy dulce, y poca gente lo sabía. Recuerda el caballito de balancín que le compró y las tardes enteras montando, con Paco al lado llevando las riendas. En la grabación se oye al propio niño contestando cuántos años tiene.

«A partir de la noticia de la enfermedad del niño fue un cambio brutal en su vida», resume ella. Y en el libro está lo que vino después: el padre mirando las fotos del hijo entre el desorden, esa en que le mira serio por encima del tazón del desayuno, y la constatación de que el niño era sucesivo, que creyó amar a un solo niño y había amado a muchos, uno distinto cada día.

Francisco Umbral entrevistado por Joaquín Soler Serrano en A fondo, 1977
Umbral frente a Joaquín Soler Serrano en «A fondo» (TVE, 1977), la entrevista que José de Segovia considera la mejor que se le hizo: la del ascetismo y la manzana. Fotograma del documental «Anatomía de un dandy». © RTVE

El dandy con abrigo en agosto

Para entender el libro hay que entender antes al personaje, y el personaje era enorme. La imagen friolera con abrigo y bufanda incluso en pleno agosto, el cuello de cisne, el pelo largo: una estampa deliberadamente estrambótica. Raúl del Pozo lo dice sin rodeos en el documental: con Umbral nunca se sabía si hablaba en ficción o de verdad. Lo mezclaba todo.

Él mismo lo explicó mejor que nadie. Preguntado de qué había posado en la vida, contestó que de todo: de kinky, de dandy, de golfo, de revolucionario. Y dio la razón: la humanidad está tan perdida que necesita ejemplos de gente decidida y triunfadora, aunque tampoco tengan destino, así que cuando alguien iba a verle procuraba dar una sensación de seguridad. Lo cerró con una frase que valdría hoy para las redes: mueve más una mentira firme que una verdad pensativa.

El comentario del Pr. Segovia es que esa lucidez impresiona precisamente ahora, en un tiempo saturado de mensajes inspiradores y de valores bien colocados. Umbral es lo contrario: corrosivo, demoledor. Fue el columnista más singular del tardofranquismo y de la Transición, y sigue siendo un misterio: después de tantos libros y tantos artículos, apenas sabemos nada de él.

Fachada del Gran Café Gijón, en el paseo de Recoletos de Madrid
El Gran Café Gijón, en el paseo de Recoletos. «La noche que llegué al Café Gijón» fue el primer libro de Umbral que leyó José de Segovia, y cuenta su llegada a Madrid desde Valladolid. Foto: Roberto García (Wikimedia Commons, CC BY 2.0).

La manzana de Soler Serrano

El programa recupera la entrevista que le hizo Joaquín Soler Serrano en A fondo, en 1977, que para José es la mejor que se le hizo nunca. Umbral aparece comiéndose una manzana delante del entrevistador mientras contesta por qué esa fama de asceta, de no beber ni fumar: no le interesa nada de todo eso, dice, le interesan otras cosas que además suelen estar prohibidas. Y en medio de la conversación se descubre mirándose en el monitor.

Aquí el artículo se vuelve personal, porque José vio esa entrevista de niño y le fascinó. Ese mismo año le pidió a la tía en cuya casa pasaba temporadas un regalo concreto: La noche que llegué al Café Gijón, el primer libro que leyó de él, donde Umbral cuenta su llegada a Madrid desde Valladolid y su entrada en el mundo literario y bohemio.

De esa infancia sale casi todo. Un Valladolid de posguerra dominado por los vencedores, por el clero y por un sentido de la vida casi medieval; un colegio gratuito donde pasaban mucho frío y aprendían mucho catecismo, del que le echaron a los once años por no estudiar; y una madre con la que descubre los libros en medio de privaciones enormes. Aprendió a escribir a máquina con dos dedos y a una velocidad increíble, como los periodistas viejos. Llegó a firmar 110 libros y unos 135.000 artículos.

«Tres nombres de escritores: Umbral, Umbral y Umbral»

En 1978, en Dos por dos, el programa que presentaban Isabel Tenaille y Mercedes Milá, le piden tres nombres de escritores y contesta el suyo tres veces. Cuando le preguntan si eso es vanidad, responde que no: actitud, precisión, justicia. Ahí se apunta ya la tensión con Milá que acabaría en el momento más citado de la televisión española, aquel «he venido a hablar de mi libro».

José recuerda que esa frase se ha repetido tanto que terminó actuando contra él, y cita a Rosa Montero diciendo en el documental que se volvió autodestructiva. La misma Rosa Montero que lo recuerda, por debajo del personaje, como alguien herido y necesitado de afecto y de reconocimiento.

Enemistades tuvo unas cuantas. Con Fernando Sánchez Dragó los piques eran continuos, y José cuenta una de primera mano: en la facultad donde estudiaba Periodismo se anunció un debate entre los dos y el auditorio se llenó esperando la carnicería. Umbral no apareció. Con Camilo José Cela, en cambio, mantuvo una tregua constante y cierta complicidad.

El hombre que no tenía nombre

El enigma no era solo literario. Como resume Manuel Jabois en el documental, después de 110 libros y 135.000 artículos no se sabía ni cómo se llamaba ni en qué año había nacido. Un hombre sin padre, de cuyo pasado casi nadie sabía nada, y del que nunca se supo con certeza quiénes eran sus verdaderos amigos. Sobre eso se construyó, y sobre eso se fue desconociendo a sí mismo.

El nombre real era Francisco Alejandro Pérez Martínez. No fue un hijo reconocido por su padre, y sin embargo conservó toda la vida ese «Alejandro» que venía justamente del padre ausente. Cuando eso empieza a saberse, en una conversación con Sánchez Dragó de 1999, él lo despacha en cuatro palabras: un juego más.

Fue la biógrafa Anna Caballé quien contó la realidad de sus orígenes, con Umbral todavía vivo y bastante indignado. Todo ello está en Anatomía de un dandy, el documental que Alberto Ortega y Charlie Arnaiz estrenaron en 2020 y del que proceden los cortes del programa. José compara el caso con el que Javier Cercas cuenta en El impostor: hoy, con los datos de cualquiera a un clic, cuesta imaginar que de una figura pública no se supiera ni el nombre.

La calavera es también una máscara

Debajo de la pose hay una metafísica, y es demoledora. Lo que nos aterra de una calavera, escribe Umbral, es descubrir que también ella es una máscara: la que se pone la nada. Si la vida no cuesta nada es porque no sirve para nada.

De ahí sale la advertencia que el propio autor deja al lector: no creáis nada de lo que diga ni de lo que escriba, porque soy un farsante. Para él la vida es mala porque está construida sobre una farsa fundamental, que es justo el presupuesto necesario para seguir viviendo. Y cuando le preguntan si eso significa que hay un vacío en su vida, corrige: vivimos en el vacío mismo.

Lo más desolador llega al final. La única verdad posible había sido la vida y la muerte de su hijo, y ante ella eligió el autoengaño: ser inauténtico para siempre. El universo no parece tener otro argumento que la crueldad ni otra lógica que la estupidez. Y ni siquiera queda el consuelo del reencuentro, porque cada cual se queda en su muerte para siempre.

«A veces necesitaría a Dios para culparle»

El pasaje que sostiene todo el programa es el que Umbral dedica a Dios, y conviene leerlo despacio porque no dice lo que parece. Necesitaría a Dios —escribe— para culparle de lo que le pasa, del dolor de su hijo; pero eso sería ya otra forma de fe. Los dioses viven en buena medida de la indignación de los hombres: el dolor humano parece una negación de Dios y es en realidad su sustento más firme, porque sin dolor Dios no sería tan necesario como consuelo y sobre todo como indignación. Y remata: la indignación superada, asumida, sublimada, ya es fe.

Su conclusión personal es que él, de momento, no ha necesitado a Dios para desesperarse, porque eso sería un empleo mezquino de Dios, «pero la humanidad no conoce otro».

Lo que le impresiona a José de Segovia es precisamente esa lucidez: que en vez de culpar a Dios de la tragedia, Umbral se limite a constatar la desesperación que deja el aparente absurdo de la muerte. Se queda sin máscara, como nos quedamos todos ante esa cita ineludible.

«A veces necesitaría a Dios para culparle de lo que me pasa, del dolor de mi hijo. Pero eso sería otra forma de fe.»
Francisco Umbral, «Mortal y rosa»

El Hijo que sí fue desamparado

El programa no termina con una moraleja pegada. Termina con un deseo, y está formulado como tal: lo que uno desearía es que Umbral hubiera podido salir de sí mismo y encontrar otra vida, la de Cristo Jesús, y ver ahí dónde está la verdadera ganancia.

Y ahí aparece el paralelo que da sentido al conjunto. Frente a un padre que pierde a su único hijo y se queda sin argumento, hay un Padre que entrega al suyo; y un Hijo que sufre la muerte más terrible y el abandono más desolador, gritando desde la cruz «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». Padeció esa ausencia, dice José, para que quienes vivimos por él no volvamos a estar solos nunca.

No es una respuesta al dolor de Umbral: es otra cosa puesta al lado. Y es también la definición de este espacio, donde se leen los clásicos de la literatura contemporánea a la luz del libro que, según su presentador, ilumina todas las cosas.

Referencias

  • Francisco Umbral, Mortal y rosa (Barcelona: Destino, 1975). Los fragmentos entrecomillados se citan de forma breve a efectos de comentario; la obra sigue protegida por derechos de autor.
  • El título procede de los dos versos finales de La voz a ti debida, de Pedro Salinas (1933): «a esta corporeidad mortal y rosa / donde el amor inventa su infinito».
  • Anatomía de un dandy, documental de Alberto Ortega y Charlie Arnaiz (2020), del que proceden los testimonios de Rosa Montero, Raúl del Pozo, Manuel Jabois y María España, y los cortes de archivo.
  • Entrevistas de archivo citadas: A fondo, con Joaquín Soler Serrano (TVE, 1977); Dos por dos, con Isabel Tenaille y Mercedes Milá (TVE, 1978); y Negro sobre blanco, con Fernando Sánchez Dragó (TVE, 1999).
  • Anna Caballé, Francisco Umbral. El frío de una vida (Madrid: Espasa, 2004), la biografía que reveló sus orígenes; y Javier Cercas, El impostor (Barcelona: Random House, 2014), con el que se compara el caso.
  • Francisco Umbral, La noche que llegué al Café Gijón (1977), el primer libro suyo que leyó el autor de esta pieza.
  • El grito de Jesús en la cruz que cierra el programa: Mateo 27:46 y Marcos 15:34 (RVR1960), «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»; y la entrega del Hijo, Juan 3:16 y Romanos 8:32.
  • José de Segovia trató el mismo libro en su columna de Protestante Digital, «Mortal y rosa, 50 años después» (22 de abril de 2025): protestantedigital.com/martes/70050/mortal-y-rosa-50-anos-despues.
  • El programa se puede escuchar completo en iVoox (episodio 178550567) y, con mejor calidad de sonido, en la cuenta de Dynamis Radio en SoundCloud: soundcloud.com/dynamisradio/mortal-y-rosa-al-trasluz-con.
  • El programa lo escribe y locuta José de Segovia. La música original, el diseño sonoro y la realización técnica son de Daniel Panduro. Los fragmentos del libro que suenan en la emisión están leídos con voz sintética.

Temas  Francisco Umbral · Mortal y rosa · Literatura · Duelo · Anatomía de un dandy

José de Segovia

Sobre el autorJosé de Segovia Barrón (Madrid, 1964) es periodista, teólogo y pastor. Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, estudió Teología Sistemática en la Universidad de Kampen (Holanda) y Estudios Bíblicos en la escuela de Welwyn (Inglaterra). Es pastor de la Iglesia Reformada de Madrid, en el barrio de El Salvador (Ciudad Lineal), y presidió la Comisión de Teología de la Alianza Evangélica Española entre 2001 y 2015. Enseña en la Facultad Internacional de Teología IBSTE (Castelldefels), el Centro Evangélico de Estudios Bíblicos de Barcelona, la Facultad de Teología UEBE de Alcobendas y la escuela de Welwyn. Desde 2002 firma una columna semanal en Protestante Digital y ha publicado una docena de libros sobre cine, música, arte y fe. En El Pulso de la Vida firma Al trasluz, Ruta 66 y El sueño se ha acabado.

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