Dios existe en Macondo: la Biblia escondida en Cien años de soledad | Pr. Lucho

Fe y literatura

Con la segunda temporada de la serie recién estrenada, el Pr. Lucho relee Cien años de soledad: la pregunta que Juan Antonio Monroy le hizo a García Márquez en un taxi de Managua y que el novelista no quiso contestar, los pergaminos de Melquíades como Escritura de aquel mundo, el origen real de «Macondo» y, en la segunda parte, su lectura del capítulo que Monroy dedicó al colombiano.

Dios existe en Macondo: la Biblia escondida en Cien años de soledad | Pr. Lucho
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En Macondo, cuando la peste del insomnio empieza a borrarle la memoria al pueblo, los vecinos etiquetan cada cosa con su nombre para no olvidarla. Y en la entrada, entre los rótulos que sostienen el mundo, alguien clava uno que dice que Dios existe. Años después, un periodista evangélico le preguntaría al autor de la novela cuánta Biblia había ahí dentro. No obtuvo respuesta.

Ideas clave

  • Monroy le preguntó a García Márquez por la Biblia en su novela y el escritor se negó a responder.
  • En Macondo, durante la peste del insomnio, hay un cartel que dice que Dios existe.
  • Melquíades remite a Melquisedec: sin genealogía, sin principio ni fin (Génesis 14; Hebreos 7).
  • «Macondo» era el nombre de una finca bananera que el niño García Márquez veía desde el tren.

Un taxi en Managua y una pregunta sin respuesta

Managua, enero de 1985. Nicaragua celebra la toma de posesión de Daniel Ortega y en la recepción coinciden dos españoles muy distintos: Juan Antonio Monroy, periodista evangélico invitado por el entonces ministro de Exteriores Miguel d'Escoto, y Gabriel García Márquez, que está allí como amigo personal del presidente.

Lo que pasó después lo contó Monroy y lo recuerda el Pr. Lucho con evidente gusto. Los dos salieron del hotel a la vez y los dos necesitaban lo mismo: una guayabera, la prenda que exigía el protocolo. Compartieron taxi. Y en ese trayecto Monroy le hizo al futuro Nobel la pregunta que llevaba dentro: cuánto había de Biblia en Cien años de soledad.

García Márquez no quiso contestar. Ni sí, ni no: simplemente se negó a responder. Y ahí está el arranque de todo lo que sigue, porque el novelista podía callarse, pero su novela no. En Macondo hay un cartel clavado que dice que Dios existe.

«García Márquez no quiso responder si la Biblia había influido en su novela. Pero en Macondo hay un cartel que dice que Dios existe.»
Pr. Lucho
Retrato de Gabriel García Márquez
Gabriel García Márquez, autor de «Cien años de soledad». Monroy sostiene que la novela retrata la existencia humana entera, del Génesis al Apocalipsis. Foto: Gorup de Besanez (Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0).

El cartel que da título a todo

El cartel aparece en uno de los episodios más recordados del libro. Macondo sufre la peste del insomnio y con ella se le va la memoria: los vecinos empiezan a etiquetar cada objeto con su nombre y su uso para no olvidar cómo se llama ni para qué sirve una vaca. Y en la entrada del pueblo, entre los rótulos que sostienen el mundo, alguien escribe que Dios existe.

De ese letrero sale el título del capítulo que Monroy dedicó al novelista colombiano, y de paso el de este artículo. Un pueblo que necesita recordarse por escrito que Dios existe dice mucho más que cualquier declaración de su autor.

Antes de entrar en materia, el Pr. Lucho deja un aviso que conviene repetir aquí: la novela es densa, no está escrita desde una perspectiva cristiana y hay pasajes —sobre todo los que tocan la sexualidad de los personajes— que la hacen lectura para adultos. Que la haya influido la Biblia no la convierte en un libro devocional.

Los pergaminos de Melquíades: la Escritura de aquel mundo

Lo primero que le llamó la atención al releerla es el hilo que vertebra todo el libro: un manuscrito cifrado que trae un gitano misterioso venido de Oriente, Melquíades. Los pergaminos no son un detalle de la trama, sostiene: son su corazón.

Contienen la historia completa de Macondo y de los Buendía escrita con cien años de anticipación. Eso convierte la novela en una máquina de determinismo: la familia no puede escapar de una tragedia que ya está redactada, y el tiempo no avanza en línea recta sino en círculo, repitiendo nombres, caracteres y errores hasta el final.

Y hay un juego de espejos que el Pr. Lucho subraya: cuando Aureliano Babilonia consigue descifrar el texto, en el mismo instante en que el huracán borra Macondo, el lector descubre que los pergaminos son la novela que tiene en las manos. Melquíades funciona como alter ego del autor, el cronista que conoce el principio y el fin. Y el momento en que el personaje lee la última frase coincide con el momento en que el lector lee la última página: se disuelve la frontera entre la ficción y el acto de leer.

Queda un tercer uso, más amargo. En una historia atravesada por la amnesia —la peste del insomnio, la masacre de las bananeras borrada de la versión oficial—, los pergaminos son el registro indestructible de lo que de verdad pasó. Lo que está escrito no se puede borrar. El cuarto donde se guardan, en cambio, es un santuario de aislamiento: generación tras generación los hombres de la familia se encierran allí a descifrarlo, y la verdad solo se entiende cuando ya es tarde para cambiar el destino.

Melquíades y Melquisedec, y la palabra que crea

El nombre del gitano no es un adorno. Remite a Melquisedec, el rey sacerdote que aparece en Génesis 14 y que la carta a los Hebreos describe sin padre, sin madre, sin genealogía, sin principio de días ni fin de vida. Melquíades, en la novela, es un ser de origen indeterminado que parece inmortal, que vuelve de la muerte —según cuenta el narrador, porque no soportaba la soledad— y que sabe lo que nadie sabe.

El paralelo sigue en la forma del texto. Los pergaminos están escritos en sánscrito y en versos cifrados que solo un iniciado puede descifrar, igual que las escrituras proféticas exigen una hermenéutica y no se entregan a la primera lectura. Y el arco temporal es el bíblico: al principio, un mundo primigenio donde muchas cosas todavía no tienen nombre; al final, un huracán que borra el pueblo de la faz de la tierra. Leer los pergaminos es ejecutar el juicio.

Ahí está, para el Pr. Lucho, el eco más fuerte. En la tradición judeocristiana la palabra precede a la realidad y la crea: «en el principio era el Verbo». En Macondo pasa algo análogo, aunque en negativo: la historia de los Buendía ya estaba escrita antes de que la vivieran, y el acto de leerla es lo que consuma el fin. La palabra no solo registra: dicta.

Lo que Gabo dijo de la Biblia

El novelista se negó a responder a Monroy en aquel taxi, pero habló del asunto muchas otras veces, y el Pr. Lucho reúne esas declaraciones en tres ejes. El primero es técnico: el mayor problema al escribir la novela era encontrar un tono que hiciera creíbles cosas increíbles, desde un cura que levita hasta una lluvia de flores amarillas. Encontró la clave en dos sitios, y los dos tienen que ver con lo mismo: la manera de contar de su abuela Tranquilina Iguarán, imperturbable, sin que se le moviera un músculo de la cara, y el tono con que la Biblia narra un prodigio como la apertura del mar Rojo. Para él, la Escritura era el ejemplo supremo de cómo contar milagros sin pedir permiso.

El segundo eje es literario: leía la Biblia por su riqueza poética, no por doctrina, y la consideraba una de las obras de ficción y de épica más deslumbrantes jamás escritas, «un libro de cuentos descomunal». El tercero es de crianza: creció en un Caribe colombiano empapado de catolicismo popular, supersticiones y relatos de origen bíblico, con el Génesis, el Éxodo y las plagas incorporados al habla de cada día.

Y su postura personal, que el Pr. Lucho no disimula: García Márquez no tenía filiación religiosa dogmática y se declaraba creyente en la vida y en la condición humana más que en una doctrina, aunque respetaba el peso de la fe en la identidad latinoamericana, y eso se ve también en El otoño del patriarca o en Del amor y otros demonios. Le pasa lo que a otros grandes: ven la Escritura por dentro y se quedan en la puerta. Aquí cuela un recuerdo propio, el de Antonio Muñoz Molina recogiendo el Premio Unamuno de Protestante Digital, enamorado de la Biblia del Oso, diciendo que le habría gustado tener la fe que tienen los que se lo daban.

Estación de tren de Aracataca, el pueblo que inspiró Macondo
La estación de Aracataca, el pueblo de la infancia del novelista y modelo de Macondo: desde este tren, viajando con su abuelo, el niño García Márquez vio el letrero de la finca «Macondo». Foto: Jdvillalobos (Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0).

De dónde salen «Buendía» y «Macondo»

El apellido no es casual y funciona por ironía. Buendía suena a luz, a bienestar, a porvenir, y la familia que lo lleva habita una tragedia permanente de guerras perdidas, soledades y autodestrucción. El novelista buscaba además un apellido español de rancio abolengo, casi medieval, que diera a la estirpe un aire de cantar de gesta. Y sirve de paraguas para las dos naturalezas que se reparten los varones de la casa: los José Arcadio, impulsivos y emprendedores, y los Aurelianos, lúcidos, ensimismados y solitarios.

Macondo tiene una historia mejor, y García Márquez la contó en sus memorias. Siendo niño viajaba en tren desde Aracataca con su abuelo, el coronel Nicolás Márquez, y pasaban frente a una finca bananera con un letrero de madera en la entrada: Macondo. La palabra se le quedó grabada por pura sonoridad, y la usó mucho antes de saber qué significaba.

Lo que descubrió después es de las cosas que mejor cuenta el Pr. Lucho. El macondo es un árbol de la familia de las bombacáceas, parecido a la ceiba, sin flores ni frutos, de madera blanda que sirve para hacer canoas. Y en las lenguas bantúes que los esclavos llevaron al Caribe hay palabras casi iguales que significan plátano, además de los makonde, una etnia del este de África. Que el nombre de una finca de la United Fruit acabara significando a la vez un árbol caribeño, una raíz africana y el banano que arruinó al pueblo de la novela es una de esas coincidencias que parecen escritas.

La lectura: el capítulo que Monroy dedicó a García Márquez

Hasta aquí, lo suyo. A partir de aquí, la lectura: el Pr. Lucho abre El sueño de la razón, de Juan Antonio Monroy, un libro de crítica literaria que rastrea las creencias, las dudas y las cuentas pendientes de una docena de autores españoles e hispanoamericanos. Su ejemplar lleva dedicatoria a mano del autor. El capítulo se llama Dios existe en Macondo.

Monroy empieza situando la novela. Siete generaciones de una misma familia viviendo con el miedo de que nazca un niño con cola de cerdo como castigo de un matrimonio entre parientes, eco del pecado original. Un pueblo que la crítica ha leído como microcosmos de América Latina. Y, por debajo, la existencia humana completa: del Génesis al Apocalipsis. María Eulalia Montaner calcula que la crónica abarca en realidad cuatrocientos años, de los cuales trescientos corresponden a los antepasados de José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán.

Un par de datos de taller: en una entrevista con Mario Vargas Llosa, García Márquez confesó que había empezado la novela con dieciséis años y la dejó porque el paquete le venía grande. La redacción definitiva llegó en 1965, le costó dieciocho meses y tiró miles de cuartillas. Todo lo que había escrito antes desembocaba ahí.

Las cinco etapas bíblicas que vio Ricardo Gullón

Este es el corazón del capítulo. El crítico Ricardo Gullón encontró en la novela cinco grandes etapas calcadas del relato bíblico, y Monroy las recorre una por una.

La creación: la primera página, con un mundo tan reciente que a muchas cosas había que señalarlas con el dedo porque no tenían nombre, es Génesis 1 y 2. El éxodo: la huida de José Arcadio Buendía después de matar a Prudencio Aguilar, con sus amigos desmantelando las casas y cargando mujeres e hijos hacia una tierra que —ironiza el novelista— nadie les había prometido; y la llegada, tras casi dos años de travesía, contemplando la llanura desde la cumbre, parece calcada de Deuteronomio 34, cuando Moisés ve la tierra que no pisará.

Las plagas: frente a las diez de Egipto, Macondo padece la del insomnio, la del olvido, la de las guerras civiles, la del banano y la de la invasión norteamericana. Gullón hace notar una variante que no es de detalle: en la Biblia el castigo cae sobre los opresores; en Macondo alcanza también a los sometidos.

El diluvio y el apocalipsis cierran el paralelo. Llueve sobre Macondo cuatro años, once meses y dos días, más que sobre el arca, solo que aquí no lo desata Dios sino el todopoderoso míster Brown de la compañía bananera. Y el final es un huracán que arranca puertas, ventanas y cimientos: «la cólera del huracán bíblico», escribe García Márquez. Monroy añade el paralelo del Edén —Macondo entregado a los Buendía como el paraíso a Adán, por medio de un sueño— y la caída, representada en la pasión de Aureliano Babilonia y Amaranta Úrsula, un pasaje que en su opinión está escrito con el primer capítulo de la carta a los Romanos delante.

Iglesia de San José de Aracataca, donde fue bautizado García Márquez
La iglesia de Aracataca donde bautizaron a García Márquez. En Macondo la religión llega tarde y se queda en bautizos, bodas y entierros. Foto: Tim Buendia (Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0).

Un catolicismo de bautizos y entierros

El tema religioso está por todas partes en la novela, y casi nunca como fe. La religión llega tarde a Macondo, con el padre Nicanor Reina, cuando la segunda generación ya es adulta; hasta entonces los macondianos vivían sin bautizar a los hijos ni guardar las fiestas, arreglando los asuntos del alma directamente con Dios.

Monroy se apoya en Vargas Llosa, que a su juicio es quien ha entrado con más agudeza en el libro: el catolicismo de la novela cumple una función eminentemente social. Está en los nacimientos, los bautizos, las bodas, las confesiones, los colegios y los duelos, pero no es una cosmovisión ni una regla de conducta. Cuando la familia decide que uno de los suyos llegue a papa, lo hace más por estética que por devoción.

El protestantismo entra con la compañía bananera y a nadie le interesa: no lo entienden, no lo estudian, no les preocupa. La única que se inquieta es Úrsula, ya vieja y ciega, por si su tataranieta acaba convertida de tanto andar con las muchachas norteamericanas; le da permiso para los bailes con una sola condición, que no cambie de religión. Al final del libro, cuando el viento se lleva Macondo, la religión llevaba tiempo siendo un cadáver.

El anticlericalismo y la burla de los dogmas

Conociendo la trayectoria del autor, dice Monroy, no sorprende la cantidad de material anticlerical que hay en la novela, y se concentra en los curas: el padre Nicanor levitando unos centímetros después de tomarse un chocolate espeso y descalabrado luego por el culatazo de un soldado; el mismo cura recluido bajo amenaza de fusilamiento por un Arcadio disfrazado de mariscal, con prohibición de decir misa y de tocar las campanas salvo para celebrar victorias liberales; y el cura anciano cuyo nombre nadie se molestó en averiguar, esperando la piedad de Dios entre lagartos y ratas.

El propio novelista lo explicó en una entrevista con el crítico Germán Darío Carrillo: los presenta así porque los ve como restos del imperio romano en el Caribe, con una metodología escolástica tan absurda como meter un cuadrado en un círculo, gente llena de teorías que la vida costeña desmiente a cada paso.

Y hay una segunda capa: la parodia de los dogmas. La subida al cielo de Remedios la Bella, envuelta en sábanas, es para Monroy una burla de la Asunción de la Virgen, dogma que Pío XII proclamó el 1 de noviembre de 1950 —«eso es reciente», comenta el Pr. Lucho al leerlo—. Montaner ofrece la versión terrenal: la muchacha se fugó con un hombre y la familia hizo que el pueblo se tragara el relato del milagro.

Imagen promocional de la serie «Cien años de soledad» de Netflix
Imagen promocional de Cien años de soledad, la serie que Netflix rodó íntegramente en Colombia y en español, con la colaboración de la familia de García Márquez. La sombra de la muerte y sus presagios recorre toda la novela. © Netflix

La muerte, que se pasea por el pueblo

El segundo gran tema del capítulo es la muerte, y Monroy lo abre con un microcuento del argentino Enrique Anderson Imbert: la muerte, que no tenía nada que hacer, paseaba por la ciudad; oyó voces airadas en una esquina y se acercó por curiosidad; los dos hombres que discutían sacaron los cuchillos.

Al principio, en Macondo no hay muertos. Cuando llega el primer corregidor enviado por el gobierno, José Arcadio le contesta que allí no hay nada que corregir: son tan pacíficos que ni siquiera se han muerto de muerte natural, todavía no tienen cementerio. El estado de gracia dura poco. Con el entierro de Melquíades la muerte se instala y ya no se va.

De ahí sale el contraste que sostiene la lectura. Cuando Úrsula suspira que el tiempo pasa, el coronel admite que sí, «pero no tanto»; y Job ya había escrito que sus días fueron más ligeros que un correo. Cuando el coronel Aureliano sentencia que uno no se muere cuando debe sino cuando puede, Monroy le enmienda la plana: ni cuando debe ni cuando puede, sino cuando Dios lo determina, porque está establecido que los hombres mueran una vez. Y una imagen para cerrar: las cruces de ceniza que un cura marca en la frente de los diecisiete Aurelianos y que no se borran ni con jabón ni con lejía. Gullón las lee como premoniciones de la muerte; Monroy las empareja con la señal que Dios puso sobre Caín, de la que san Jerónimo decía que no era física sino psíquica, un temblor continuo. Aunque no llevemos la cruz en la frente, concluye, todos estamos marcados.

Queda la parte más incómoda para un lector creyente. En la novela, Prudencio Aguilar conversa largamente con el hombre que lo mató; Melquíades circula entre los vivos después de enterrado; y Úrsula, al pasar el cadáver del coronel Gerineldo Márquez camino del cementerio, le grita que salude a los suyos y les diga que se verán cuando escampe. Macondo está poblado de fantasmas y de recados para el otro lado. ¿Pueden los muertos comunicarse con los vivos? Monroy no se anda con rodeos: según la enseñanza general del Nuevo Testamento, rotundamente no. Y para que no parezca cosa de protestantes se apoya en un jesuita del siglo XVI, Juan de Maldonado, que lo negaba con la misma firmeza y con cinco razones, la primera prestada de la parábola del rico y Lázaro: si no creen a los que viven, tampoco creerán a los que ya han muerto.

Key art oficial de «Cien años de soledad. Segunda parte», de Netflix
Key art oficial de la segunda parte de Cien años de soledad, con el castaño del patio de los Buendía. La entrega final llegó a Netflix en agosto de 2026. © Netflix

La serie, medida contra los gigantes

Vuelve al principio para cerrar, con la serie de Netflix por delante. Su argumento es que la adaptación juega en una liga propia, y no por haber reinventado el lenguaje audiovisual como El padrino o El señor de los anillos, sino por haber tumbado el mito de que Cien años de soledad era inadaptable.

La comparación se sostiene en la dificultad del material. Puzo o Harris escribieron novelas de estructura lineal y muy visual, casi listas para la cámara; esta es lo contrario: la sostiene la voz del narrador, el tiempo circular y las metáforas imposibles. Por eso el reto se parece más al de Peter Jackson con Tolkien, coger un universo mitológico y denso y lograr que no resulte ridículo en pantalla. La serie apuesta por una fidelidad casi reverente al texto y se apoya en la voz en off para conservar la prosa; para el lector de Gabo es un triunfo, y para el purista del cine la imagen se queda a veces un paso por detrás de la palabra escrita.

Su último apunte es el que más le importa: es la primera superproducción de alcance global rodada íntegramente en español, en Colombia, con talento local y respetando la soberanía cultural del relato. Y el consejo, dicho sin rodeos: véanla, y después estudien un poco la novela para disfrutarla entera. Las influencias están ahí, aunque su autor se negara a admitirlas en un taxi de Managua.

Referencias

  • Gabriel García Márquez, Cien años de soledad (1967). Las expresiones entrecomilladas proceden de la novela y se citan de forma breve a efectos de comentario.
  • Juan Antonio Monroy, El sueño de la razón (Barcelona: CLIE). El capítulo leído es «Dios existe en Macondo». El autor mantiene el texto en abierto en su web: juanantoniomonroy.eicpos.com.
  • La anécdota de Managua: la recepción se celebró en enero de 1985, con motivo de la toma de posesión de Daniel Ortega como presidente de Nicaragua (10 de enero de 1985). Monroy asistió como periodista, invitado por el entonces ministro de Exteriores Miguel d'Escoto Brockmann. El relato se recoge aquí tal como lo contó su protagonista.
  • Sobre los pergaminos y el nombre de Melquíades: Génesis 14:18-20 y Hebreos 7:1-3 (RVR1960), «sin padre, sin madre, sin genealogía; que ni tiene principio de días, ni fin de vida»; y Juan 1:1 para la palabra que crea.
  • Ricardo Gullón (1908-1991), García Márquez o el olvidado arte de contar (Madrid: Taurus, 1970), de donde procede el esquema de las cinco etapas bíblicas.
  • Mario Vargas Llosa, García Márquez: historia de un deicidio (Barcelona: Barral, 1971), sobre la función social del catolicismo en la novela.
  • Germán Darío Carrillo, La narrativa de Gabriel García Márquez: ensayos de interpretación (Madrid, 1975), fuente de la entrevista sobre los sacerdotes; y María Eulalia Montaner, Guía para la lectura de «Cien años de soledad» (Madrid: Castalia, 1987).
  • Declaraciones del novelista sobre la Biblia y sobre el tono de su abuela Tranquilina Iguarán, en sus conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza (El olor de la guayaba, 1982) y en su entrevista con The Paris Review (1981). El origen del topónimo lo cuenta él mismo en sus memorias, Vivir para contarla (2002): el letrero de una finca bananera visto desde el tren, viajando con su abuelo, el coronel Nicolás Márquez.
  • El macondo es un árbol de la familia de las bombacáceas, parecido a la ceiba, de madera blanda. Los makonde son una etnia del este de África (Tanzania y Mozambique), y en varias lenguas bantúes hay términos semejantes asociados al plátano.
  • Enrique Anderson Imbert, El gato de Cheshire (Buenos Aires: Losada, 1965), de donde procede la estampa de la muerte que pasea por la ciudad.
  • Pasajes bíblicos citados (RVR1960): Génesis 1-2; Génesis 4:15 (la señal de Caín); Éxodo 7-12; Deuteronomio 34; Job 9:25-26; Eclesiastés 8:8; Lucas 16:31; Romanos 1; Hebreos 9:27.
  • El dogma de la Asunción de María fue proclamado por Pío XII en la constitución apostólica Munificentissimus Deus, el 1 de noviembre de 1950. Y Juan de Maldonado (1533-1583), jesuita y exégeta, niega la aparición de los difuntos en su comentario a los Evangelios, junto a Tertuliano, san Atanasio, san Juan Crisóstomo, san Isidoro y Teofilacto.
  • Antonio Muñoz Molina recibió en 2017 el Premio Unamuno, amigo de los protestantes, que conceden Protestante Digital y la Alianza Evangélica Española; en aquel acto reivindicó el valor literario de la Biblia del Oso de Casiodoro de Reina.
  • La percha de actualidad es el estreno de la segunda y última temporada de la adaptación de Cien años de soledad en Netflix, en agosto de 2026.
  • Imágenes: retrato de Gabriel García Márquez, de Gorup de Besanez (Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0); iglesia de Aracataca, de Tim Buendia (CC BY-SA 3.0); estación de tren de Aracataca, de Jdvillalobos (CC BY-SA 4.0).

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Pr. Lucho, Luis E. Panduro

Sobre el autorPr. Lucho —Luis E. Panduro— dirige y presenta El pulso de la vida, el magacín matinal de Dynamis Radio (lunes a viernes, de 8:00 a 11:00 h): tres horas diarias de noticias, entrevistas y reflexión bíblica en directo. Periodista formado en la Universidad San Martín de Porres, en su Perú natal, es un apasionado de la Escritura y de su trasfondo histórico, y suele leer en voz alta a los grandes autores buscando en sus páginas el rastro de Dios. Es además fundador y pastor de la iglesia Fuente de Agua Viva, en Pinto (Madrid), que dirige junto a su mujer, la Pra. Anggelina Ugaz.

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