Felipe el diácono y el eunuco etíope: quiénes fueron y qué enseña Hechos 8

Un artículo de Rosa Mariscal

Felipe el diácono fue un judío grecoparlante del siglo I, elegido para servir a las mesas en Jerusalén, al que Dios envió después a un camino desierto para explicarle Isaías a un alto funcionario etíope. Aquel encuentro, contado en Hechos 8, terminó con un bautismo en mitad del desierto y con el evangelio saliendo de Israel hacia África. Esto es lo que la Biblia cuenta y lo que la historia añade.

Quién fue Felipe el diácono (y por qué no es Felipe el apóstol)

Felipe el diácono fue un judío grecoparlante del siglo I que aparece en el libro de los Hechos de los Apóstoles, y que no debe confundirse con Felipe el apóstol, uno de los doce. Los diáconos fueron elegidos en la comunidad cristiana de Jerusalén para atender a los pobres (Hechos 6:5).

Posteriormente, Felipe fue elegido por Dios como evangelista y predicó en Samaria (Hechos 8:5-40): «Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía. Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, salían estos dando grandes voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados; así que había gran gozo en aquella ciudad. Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres». También se convirtió Simón el mago, una persona muy influyente en la ciudad.

Más tarde, Felipe se estableció en Cesarea, donde tuvo cuatro hijas que recibieron el don de profecía, y allí recibió la visita de Pablo de Tarso (Hechos 21:8-9).

Quién era el eunuco etíope

De él dice la Biblia: «Y sucedió que un etíope, eunuco, funcionario de Candace reina de los etíopes, el cual estaba sobre todos sus tesoros, había venido a Jerusalén para adorar» (Hechos 8:27).

Lucas se refiere a él como «eunuco». Un eunuco es un hombre que ha sido castrado. En tiempos bíblicos era una práctica común —no en Israel, pero sí en las naciones gentiles— como medida para evitar que los funcionarios, que tenían acceso abierto al palacio real, pudieran involucrarse con las mujeres del palacio, que solían ser muchas. Como no podían tener familia, se dedicaban por completo a servir al rey. Por eso los altos puestos de gobierno se conseguían a un alto precio personal.

«Candace» no era un nombre propio, sino el título que recibían las reinas en Etiopía, igual que «Faraón» en Egipto o «César» en Roma. Y el oficial etíope era el encargado de los tesoros de la reina: el equivalente a un ministro de Economía y Hacienda en la actualidad.

¿Qué hacía un etíope adorando en el Templo de Jerusalén?

La pregunta es pertinente, porque era inusual. El texto de Hechos no da la respuesta, pero hay pistas en otras partes de la Biblia y en la historia.

La primera vez que la Biblia habla de una reina etíope en Jerusalén es en tiempos de Salomón (1 Reyes 10:1-10): «Oyendo la reina de Sabá la fama que Salomón había alcanzado por el nombre de Jehová, vino a probarle con preguntas difíciles». Después de que Salomón contestara todas sus preguntas, ella le dijo: «Bendito sea Jehová tu Dios, que se agradó de ti para ponerte en el trono de Israel». Le dio ciento veinte talentos de oro, mucha especiería y piedras preciosas, y el rey le dio a ella todo lo que quiso (1 Reyes 10:13).

Podría ser que desde ese momento los reyes de Etiopía mantuvieran vínculos con el Dios de Israel y continuaran visitando el Templo de Jerusalén. Eso explicaría por qué el oficial etíope fue allí a adorar.

Beta Israel: la comunidad judía de Etiopía

Durante cientos de años se formó en Etiopía una comunidad judía conocida como Beta Israel («Casa de Israel»), de la que se cree que desciende de la reina de Sabá. Según la leyenda, la reina tuvo un hijo de Salomón al que llamó Menelik, conocido por el sobrenombre de «Hijo del Sabio». Al alcanzar la mayoría de edad, la reina lo envió a conocer a su padre en Jerusalén, y allí se encargó de que aprendiera su cultura y su fe en el Dios de Israel. Cuando el joven regresó a Etiopía, Salomón envió con él levitas y ministros para que siguieran educándolo; también le habría dado un regalo especial: una réplica del Arca del Pacto, que los judíos etíopes dicen guardar hasta hoy.

El Estado de Israel acabó reconociendo que los judíos de Etiopía eran verdaderos judíos, no solo por su fe sino por su sangre. A partir de 1977 se les permitió legalmente retornar a Israel (heb. aliyá), una vez comprobado su judaísmo.

«Levántate y ve hacia el sur»: la obediencia de Felipe

Aunque Felipe estaba teniendo mucha aceptación en Samaria y el evangelio se propagaba por la región, el Señor decidió enviarlo a otra misión. En Hechos 8:26-27 leemos: «Un ángel del Señor habló a Felipe, diciendo: Levántate y ve hacia el sur, por el camino que desciende de Jerusalén a Gaza, el cual es desierto. Entonces él se levantó y fue».

Lucas señala que ese camino era desierto. Era una ruta poco transitada, una especie de atajo que conectaba con la carretera principal conocida como Via Maris. No tenía sentido ir allí, porque no había nada más que desierto. Aun así, Felipe no titubeó: obedeció de inmediato. Debemos aprender de él y estar atentos a la voz de Dios para obedecerla.

El encuentro en el camino de Gaza

Felipe se encontró con la caravana que llevaba al personaje etíope, que volvía sentado en su carro leyendo al profeta Isaías. A Etiopía, un antiguo reino de África, habían llegado las Escrituras hebreas, y es lo que lee ese alto funcionario. Son inmensas las diferencias —de nacionalidad, raciales, culturales, de rango social, económicas y religiosas— que el Espíritu de Dios barre en un momento con la sencillez y el corazón abierto de Felipe.

«Y el Espíritu dijo a Felipe: Acércate y júntate a ese carro. Acudiendo Felipe, le oyó que leía al profeta Isaías, y le dijo: Pero ¿entiendes lo que lees? Él dijo: ¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare? Y rogó a Felipe que subiese y se sentara con él» (Hechos 8:29-31).

El pasaje que leía era este: «Como oveja a la muerte fue llevado; y como cordero mudo delante del que lo trasquila, así no abrió su boca. En su humillación no se le hizo justicia; mas su generación, ¿quién la contará? Porque fue quitada de la tierra su vida» (Hechos 8:32-33).

No es casualidad que el etíope estuviera leyendo esa Escritura: el Espíritu de Dios lo llevó a ella para que Felipe le pudiera dar la revelación de Jesucristo. Nosotros sabemos que Isaías está hablando de Jesús, pero el etíope no lo sabía, porque no lo conocía. «Respondiendo el eunuco, dijo a Felipe: Te ruego que me digas: ¿de quién dice el profeta esto; de sí mismo, o de algún otro? Entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta escritura, le anunció el evangelio de Jesús» (Hechos 8:34-35).

El bautismo en el desierto

El Señor usó el libro de Isaías para que el etíope oyera el evangelio y creyera en Jesús. De inmediato quiso dar su primer paso de fe: «Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó» (Hechos 8:36-38).

Aquí no solo vemos un milagro espiritual, sino también natural: aquel camino era desértico. Es notable que encontraran agua, y no solo eso, sino que fuera lo suficientemente profunda para sumergirse. Tal vez dieron con un oasis o con una poza formada temporalmente por las riadas.

«Al salir ellos del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe; y el eunuco no le vio más, y siguió gozoso su camino» (Hechos 8:39). Aquí tenemos otro milagro. «Pero Felipe se encontró en Azoto; y pasando, anunciaba el evangelio en todas las ciudades, hasta que llegó a Cesarea» (Hechos 8:40). Azoto es la antigua Asdod, una de las cinco ciudades filisteas, hoy ciudad portuaria israelí al norte de la franja de Gaza.

Dios puede obrar, y obra, actualmente con el mismo poder, porque «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Hebreos 13:8).

Este estudio pertenece a la sección El personaje bíblico, con Rosa Mariscal, en El Pulso de la Vida. Puedes leer más personajes en el índice de personajes bíblicos.

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