Los hititas, el pueblo que la ciencia dio por inexistente | Pr. Lucho

Historia y Arqueología de la Biblia · Pr. Lucho

Durante más de un siglo, la crítica tuvo a los hititas por una invención del Antiguo Testamento: un pueblo sin templos, sin ciudades, sin una sola inscripción. Hasta que en 1906 la arqueología desenterró Hattusa — y con ella, una superpotencia. El Pr. Lucho firma y lee este artículo en El pulso de la vida.

Los hititas, el pueblo que la ciencia dio por inexistente | Pr. Lucho
El Pulso
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Todo empezó, cuenta el Pr. Lucho, con Raquel: la semblanza que Magdalena Piñero dedicó al personaje bíblico la víspera le hizo recordar la cueva de Macpela, los hititas y esa singularidad de la Biblia que tantas veces pasa inadvertida — su manera de poner coordenadas: registrar pueblos, lugares y transacciones como quien deja constancia ante notario. De esa chispa nació el artículo que preparó y leyó en antena: la historia del pueblo bíblico que la ciencia dio por inexistente, y de cómo la arqueología resucitó a una de las grandes superpotencias del mundo antiguo.

Ideas clave

  • La crítica del siglo XIX tuvo a los hititas por una invención literaria de la Biblia.
  • En 1906, Hugo Winckler desenterró Hattusa y miles de tablillas cuneiformes.
  • El tratado de Qadesh coincidía palabra por palabra con los muros de Karnak.
  • La ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia.
  • Macpela, comprada a un hitita, fue la única tierra que poseyó Abraham.

Un pueblo de papel

El nombre aparece por primera vez, para la mayoría de los lectores, en el libro de Génesis. Cuando muere Sara, Abraham necesita un lugar donde enterrarla y negocia la compra de un terreno con un hombre llamado Efrón, identificado explícitamente como hitita, uno de «los hijos de Het»: «Extranjero y forastero soy entre vosotros; dadme propiedad para sepultura entre vosotros, y sepultaré mi muerta» (Génesis 23:4). La transacción se cierra ante testigos, en la puerta de la ciudad, y el campo de Macpela, «al oriente de Mamre», con su cueva y todos sus árboles, queda como propiedad del patriarca.

A partir de ahí, el pueblo reaparece de forma intermitente en el relato bíblico: entre las naciones que habitaban Canaán antes de la conquista, en la advertencia de Dios a Josué y, siglos más tarde, en uno de los episodios más oscuros del reinado de David, protagonizado por Urías el hitita, el marido de Betsabé a quien el rey envía a la primera línea de batalla para encubrir su adulterio: «Poned a Urías al frente, en lo más recio de la batalla, y retiraos de él, para que sea herido y muera» (2 Samuel 11:15).

Fuera de estas páginas, sin embargo, el silencio era total. Ni los griegos ni los romanos parecían recordarlos: ni templos que mostrar, ni ciudades que visitar, ni una sola inscripción que probara que aquel pueblo había pisado la tierra. Para buena parte de los críticos bíblicos del siglo XIX la conclusión era sencilla: los hititas eran probablemente una invención literaria o, en el mejor de los casos, una tribu menor que no había dejado rastro alguno en la historia.

La Puerta de los Leones de Hattusa, la capital hitita redescubierta en el altiplano de Anatolia. Foto: Bernard Gagnon (Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0).
La Puerta de los Leones de Hattusa, la capital hitita redescubierta en el altiplano de Anatolia. Foto: Bernard Gagnon (Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0).

La grieta en el silencio

La primera fisura en ese consenso llegó en 1876, cuando el asiriólogo británico Archibald Sayce sugirió que ciertos relieves y jeroglíficos hallados dispersos por Anatolia y el norte de Siria podían pertenecer a un único pueblo: los hititas del Antiguo Testamento. La propuesta fue recibida con desconfianza — esa desconfianza habitual que despiertan las ideas que no encajan en el consenso establecido.

La respuesta definitiva llegaría treinta años después, y desde el lugar menos esperado.

Hattusa sale a la luz

Entre 1906 y 1912, el arqueólogo alemán Hugo Winckler excavó un yacimiento en Boğazköy, en el altiplano de Anatolia central, en la actual Turquía. Lo que encontró allí no fue un poblado modesto, sino los restos de una ciudad monumental: Hattusa, capital de un imperio que se había desvanecido de la memoria histórica. Entre las ruinas aparecieron miles de tablillas cuneiformes: archivos administrativos, correspondencia diplomática, códigos legales.

Pero fue un documento en particular el que zanjó cualquier debate posible. Se trataba de una copia del tratado de paz firmado tras la batalla de Qadesh (1274 a.C.), que había enfrentado a los ejércitos hititas con el Egipto de Ramsés II. La versión encontrada en Hattusa coincidía prácticamente palabra por palabra con la inscripción del mismo tratado que los egiptólogos ya conocían, tallada en los muros del templo de Karnak.

No había manera de discutirlo: dos civilizaciones, a miles de kilómetros de distancia y sin haberse puesto de acuerdo, conservaban registros idénticos de un mismo acontecimiento. Los hititas no solo habían existido: habían sido lo bastante poderosos como para sentarse de igual a igual con el faraón de Egipto.

La prueba que zanjó el debate: tablilla del tratado de Qadesh hallada en Boğazköy, hoy en el Museo del Antiguo Oriente de Estambul. Foto: Osama S. M. Amin (Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0).
La prueba que zanjó el debate: tablilla del tratado de Qadesh hallada en Boğazköy, hoy en el Museo del Antiguo Oriente de Estambul. Foto: Osama S. M. Amin (Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0).

Una superpotencia olvidada

Lo que la arqueología terminó de revelar en las décadas siguientes fue el perfil de un imperio, no de una tribu. Los hititas, un pueblo de origen indoeuropeo asentado en Anatolia desde comienzos del segundo milenio antes de Cristo, alcanzaron su apogeo bajo reyes como Šuppiluliuma I, que extendió su dominio sobre Siria y desafió al reino de Mitani, y Hattusili III, que finalmente firmó la paz con Egipto.

Su código legal resultó ser, para la época, sorprendentemente moderado: sustituyó buena parte de los castigos corporales de otros códigos contemporáneos — como el célebre de Hammurabi — por sistemas de multas. Fueron además pioneros en el trabajo del hierro, y su religión, con un panteón tan extenso que ellos mismos se referían a su tierra como «el país de los mil dioses», refleja la diversidad de pueblos que llegaron a integrar bajo su dominio.

El imperio se derrumbó hacia el 1180 a.C., arrastrado por el colapso generalizado que sacudió todo el Mediterráneo oriental al final de la Edad del Bronce — una crisis marcada por invasiones, hambrunas y el desplome simultáneo de varios reinos. Aun así, pequeños reinos neohititas sobrevivieron en el norte de Siria durante siglos, hasta ser finalmente absorbidos por el avance asirio.

«Un pueblo que la crítica había llegado a considerar poco más que un rumor bíblico resultó ser uno de los grandes actores geopolíticos de su tiempo.»
Pr. Lucho, El pulso de la vida
Las ruinas del Gran Templo de Hattusa. De la ciudad «que no existía» quedan hoy kilómetros de murallas, templos y archivos. Foto: Rita1234 (Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0).
Las ruinas del Gran Templo de Hattusa. De la ciudad «que no existía» quedan hoy kilómetros de murallas, templos y archivos. Foto: Rita1234 (Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0).

Una lección para la historia

El caso hitita se ha convertido desde entonces en uno de los ejemplos más citados sobre los límites del argumento del silencio: la ausencia de evidencia no equivale, necesariamente, a evidencia de ausencia. Un pueblo que la crítica académica había llegado a considerar poco más que un rumor bíblico resultó ser uno de los grandes actores geopolíticos de su tiempo: una potencia capaz de negociar tratados internacionales, saquear Babilonia y disputarle el control del Oriente Próximo al Egipto de los faraones.

Hoy las tablillas de Hattusa se encuentran entre los archivos más importantes que se conservan del mundo antiguo, y la ciudad misma es Patrimonio de la Humanidad. El pueblo «que no existió» terminó escribiendo una de las páginas más sólidamente documentadas de la historia del Bronce.

El recinto herodiano que se alza sobre la cueva de Macpela, en Hebrón: la única tierra que Abraham llegó a poseer. Foto: Djampa (Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0).
El recinto herodiano que se alza sobre la cueva de Macpela, en Hebrón: la única tierra que Abraham llegó a poseer. Foto: Djampa (Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0).

Macpela: la única tierra que poseyó Abraham

Hay un segundo hilo del que el Pr. Lucho tira en su lectura, y conduce de vuelta al principio: la cueva de Macpela, el terreno que Abraham compró al hitita Efrón, trasciende su función primaria como lugar de entierro. Hasta ese momento, el patriarca no poseía propiedad alguna en Canaán: era extranjero y errante en la tierra, sin nada más que una promesa de Dios. Había negociado derechos de agua y otros privilegios, pero la adquisición de Macpela representaba un cambio fundamental.

La única tierra que Abraham llegó a poseer fue un lugar destinado a sepultar a su esposa. Aquella compra constituía un acto de enraizamiento y permanencia en la tierra prometida, y transformó la cueva en símbolo de herencia familiar y de continuidad generacional. El propio nombre refuerza ese significado — Macpela evoca en hebreo la idea de «doble» —, sugiriendo que la cueva encarnaba la promesa divina de una descendencia duradera. En ella fueron inhumados Sara, Abraham, Isaac, Rebeca, Lea y Jacob: un panteón patriarcal que vinculaba generaciones y legitimaba el derecho de la familia a la tierra.

Y hay un detalle más: los ciudadanos que entraban y salían por la puerta de la ciudad, junto con los ancianos, fueron testigos de la transacción entre Efrón y Abraham. Esa formalidad pública convirtió la cueva en un documento viviente de propiedad y legitimidad: la identidad de la tumba de Sara quedaba garantizada cada vez que se repitiera la historia de su adquisición. Macpela es un monumento a la memoria colectiva — y la escritura de compraventa más famosa de la Biblia lleva la firma de un hitita.

«Qué interesante este pequeño detalle que nos narra la Biblia casi de pasada — concluye el Pr. Lucho —, y sin embargo con un contenido tan profundo». De ahí su invitación final a los oyentes: leer con detenimiento los textos que están en la Escritura, porque hasta sus notas al pie terminan, a veces, moviendo montañas de escepticismo.

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Pr. Lucho

Sobre el autorPr. Lucho —Luis E. Panduro— dirige y presenta El pulso de la vida, el magacín matinal de Dynamis Radio (lunes a viernes, de 8:00 a 11:00 h): tres horas diarias de noticias, entrevistas y reflexión bíblica en directo. Periodista formado en la Universidad San Martín de Porres, en su Perú natal, es un apasionado de la Escritura y de su trasfondo histórico, y firma artículos como este, donde la fe y la arqueología se dan la mano.

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