Hasta el final de Su mano: memorias de los últimos días de mi suegra

Testimonio

Memorias de los últimos días de Cecilia Isabel Quillupangui Chávez: un bautizo en la habitación de un hospital de Ambato, el regreso a casa para estar con los suyos y una despedida con globos blancos y alabanzas.

Estas son las memorias de los últimos días de mi suegra, Cecilia Isabel Quillupangui Chávez. He querido describirlos porque fueron momentos bonitos y buenos que me sorprendieron y que no esperaba, y quiero que queden grabados en mi memoria.

El hospital

El Señor dice en el Salmo 23 que me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre. Cuando llegué allí, entendí que no tenía nada preparado, solamente la compañía y la disposición de hacer y ayudar en lo que pudiera. Y el Señor tenía preparadas grandes cosas y sendas de justicia por las que caminar.

Mi suegra llevaba un año enferma con una cirrosis hepática avanzada de origen inmunomediado y, últimamente, recaía en el hospital cada diez días o cada mes. Estaba esforzándose por seguir las indicaciones de los médicos: comer bien y tomarse la medicación. Al principio pensábamos que recaía porque no se tomaba las medicaciones a tiempo, porque no respetaba la dieta, y poco a poco nos dimos cuenta de que era porque la enfermedad avanzaba. Cuando llegamos, ella estaba ingresada en el hospital de Ambato. Llegamos de viaje directamente desde el aeropuerto para saludarla. La vi sentada en el sofá que había en la habitación, rodeada de sus hijas. No era el momento más feliz; yo estaba muy contenta de verla. Ella sencillamente nos miró y sonrió. No era una bienvenida como había sido en anteriores ocasiones, pero estaba muy alegre de estar ahí. Saludó a su hijo. Habíamos llevado unas flores; luego las enfermeras nos dijeron que no podíamos dejarlas porque no estaba permitido, por algo que perjudicaría al paciente. No lo entendí bien.

Me sorprendí bastante al verla porque había perdido muchísimo peso; estaba más delgada que yo. Se ve que la piel, cuando tiene ictericia, se pone amarilla, pero cuando ya avanza se oscurece, y sus ojos estaban grandes y amarillos. Me sobrecogió verla así, aunque, conforme pasaron los días, parecía que su rostro había mejorado. Le notaba mejor aspecto y no sé si fue, en parte, porque me acostumbré a verla o por todo lo que el Señor hacía, porque empezamos a buscar mucho del Señor, a orar todos los días juntos por la mañana, a mediodía y por la noche. Ella declaraba su sanidad y decía: «Soy sana en el nombre de Jesús, soy sana en el nombre de Jesús, soy sana en el nombre de Jesús». Nadie sabía que la voluntad del Señor era llevársela y persistíamos en pedir su sanidad hasta el final. Estando con ella aprendí a cuidar de una persona enferma, porque nunca había tenido que vivir una experiencia así: tener que limpiar en el baño a una persona adulta después de hacer sus necesidades, darle de comer en la boca cuidando de no lastimarla, contarle historias de la Biblia. Orábamos, había alabanzas y adoración casi siempre, conversábamos y, por la mañana y por la noche, venía la doctora a visitarla. Nos comentaba que no había buenas noticias porque cada vez respondía peor a los medicamentos, su estado de salud era cada vez peor y llevábamos ya tiempo en el hospital. Recuerdo cosas que me llamaban la atención de ella: le costaba comer y masticar porque solo tenía los dientes de delante y empezó a no tener apetito. La comida en el hospital era casi siempre pollo. Empezamos a pedir que hicieran la comida en forma de papilla para facilitarle la alimentación, pero se ve que era, una vez más, el avance de la enfermedad lo que hacía que estuviera más inapetente. Sin embargo, en el espíritu se notaba muy fortalecida.

Cecilia Isabel Quillupangui el día de su bautizo en el hospital de Ambato
«Mi bautizo»: Cecilia Isabel, el día en que fue bautizada en su habitación del hospital de Ambato.

Su bautismo

Ella creyó en el Señor, confesó en su nombre y tenía el anhelo de bautizarse antes de ir al hospital. Su hermana Mercedes, de Londres, le había dado un curso de bautismo para que ella pudiera bautizarse. Había aprendido, había tenido que contestar algunas preguntas y estaba contenta porque las había desarrollado muy bien. Sin embargo, después de eso terminó en el hospital y no pudo llegar a bautizarse. A la semana de estar con ella se me ocurrió la idea de que podíamos bautizarla en el hospital, porque no sabíamos cuánto tiempo más íbamos a estar allí. Y no sé si por casualidad —aunque, cuando creemos en el Señor, sabemos que Él está controlando toda la situación—, hablé con mi tío Johnny, que es pastor en Guayaquil, y me dijo: «Hija, justo está el director pastor de la Asamblea de Dios en Ambato y podría ser mañana lo del bautizo. No sé si es precipitado…». Yo respondí: «Bueno, espera, que voy a hablar con su familia y a ver si se puede llevar a cabo». La verdad es que todos tuvieron buena disposición para hacer el bautizo, aunque fuera de un día para otro, y la noticia la alegró mucho.

Ese día compramos unos globos y unos adornos, la pusimos guapa, le pinté las pestañas con rímel y noté cómo sus ojos se parecían muchísimo a los de mi marido, Christian. Ese día estaba preciosa. Por fin vino el pastor, cantó unas alabanzas, predicó, la vio muy preparada para lo que el Señor dispusiera y preguntó a sus hijos si ellos también, si partían de esta tierra, estarían igual de preparados. Me sorprendió cómo usó el pastor la oportunidad para predicar el reino de Dios y la salvación también a la familia. Luego la bautizó echándole agua por la cabeza, con una toallita en el cuello, y ese día fue un día de gran bendición. Ella estaba muy contenta; se le notaba el rostro radiante, como más carnoso, más redondo. La piel no estaba tan oscura. Yo la veía muy bien, se reía, pidió sus regalos por el bautizo y todo el mundo estaba feliz. Después, la doctora nos dio la noticia de que no lograban controlar su presión arterial, que no podían ponerle diuréticos a pesar de que se seguía hinchando y que podían darle el alta para llevarla a casa y cuidarla allí; de lo contrario, lo siguiente sería ingresarla en la UCI, cosa que no queríamos porque la apartarían de la familia y el resultado sería el mismo. Entonces nos ofrecieron la opción de llamar a un médico de paliativos para que le pusieran noradrenalina e intentaran subir un poco la presión y administrar diuréticos, para que se deshinchara lo más que se pudiera y luego pudiéramos ir a casa. Aceptamos esa opción, pero la contrapartida era que no podía moverse de la cama, con lo cual se quedó encamada. Al día siguiente le pusieron una sonda urinaria y un catéter central. Ese día fue triste porque lloró; le habían hecho daño. Decía que el doctor le había dicho que era una mujer muy fuerte y muy valiente. Pasamos así esos días en cama, seguíamos buscando del Señor y seguíamos orando. Como había estado hablando con la tía Mercedes sobre el perdón, le dije que perdonara a su marido, a sus familiares, amigos y a cualquiera que le hubiera hecho una ofensa, que no guardara rencor. Ella estaba convencida de haber perdonado.

La doctora nos recomendó no decirle el pronóstico que había porque algunos pacientes se venían abajo si sabían que no estaban saliendo adelante. Su madre también pensaba que, si conociera todo el pronóstico, se podría poner muy triste. Así que seguíamos adelante, orando por su sanación, por su salud, y ella seguía confiando en el Señor. Quería estar con sus hijos, con sus nietos. El Señor la sustentaba cada día. Me gustaba mucho buscar de Dios, las alabanzas, que todo girara alrededor de Él, como el centro de todo, como debería ser. Y ella anhelaba del Señor. Le leía la Palabra y me llamaba la atención que, cuando leíamos el libro de los Salmos, yo le decía: «Escoge un número», y siempre el salmo que escogía hablaba sobre el Señor en medio de la aflicción, de la muerte o pidiendo ayuda al Señor.

Así que pedimos el alta después de eso. Aunque no lograron ponerle mucho diurético por su presión baja y su situación delicada, ni deshincharla mucho, seguimos adelante con el alta. Le dieron el alta un viernes. Tenía muchas ganas de llegar a casa. Se retrasó la salida por los pagos, pero por la noche logramos salir.

La familia reunida en la bienvenida a casa tras el alta hospitalaria
La bienvenida en casa, con la familia reunida, después del alta.

De vuelta a casa

Ella estaba muy contenta de poder salir del hospital. Preparamos en la casa una bienvenida y unos globos; la familia estaba reunida. Estaba feliz.

Tuvimos que subirla por las escaleras con una silla del comedor, agarrándola entre varios, porque ella no podía andar. Ese día fue de alegría. Estuvimos tomándonos fotos. Llegó a casa, estuvo contenta y tuvimos que cuidarla entre todos: cambiarle el pañal, asearla. También en casa buscábamos del Señor, le poníamos alabanzas. Le decía: «Es mejor que estés aquí, ¿verdad?, que en el hospital». Estaba feliz.

Entre sus hijas y la abuelita la cuidábamos durante el día y, por la noche, se quedaba siempre alguien pendiente. La abuelita preparaba la comida o, a quien le tocara, le dábamos de comer y le lavábamos la boca. Empezó a tener mucha sed y en la boca tenía como unas placas blancas. Fue Vicente, nuestro amigo médico, quien me dijo que serían hongos. No pudimos comprar el medicamento que nos recomendó, pero, al limpiarlas con una gasa de forma constante, empezaron a desaparecer.

Al amanecer hacíamos el aseo, seguíamos orando y buscábamos mucho del Señor. Nos cogíamos de la mano y orábamos, clamábamos al Señor. Teníamos la fe de que el Señor pudiera obrar, aunque queríamos que Él hiciera su voluntad y nos preparara para lo que fuera, sabiendo que Él tenía el control de todas las cosas. Pasados unos días, se me ocurrió que podíamos ir a casa de Maricela, su hija, que vive en Quito, y ella se entusiasmó con la idea y quería subir.

Ella fue perdiendo el habla poco a poco; entonces solo contestaba con monosílabos y, a veces, decía alguna palabra. Yo le preguntaba si quería ir a casa de su hija Maricela, a Quito, y me decía que sí. Así que empezamos a prepararnos durante todo ese día para poder salir hacia Quito. Sin embargo, ese día no se encontraba muy bien. Como no había tenido deposiciones, parecía que quería volver a entrar en encefalopatía hepática y la presión estaba muy baja, con lo cual decidimos esperar. Hicimos unos enemas esa noche y, al día siguiente, no estábamos seguros, pero ella quería irse a Quito. Así que hablé con mi esposo, Christian, y le dije: «Es mejor ahora a que se ponga peor y no podamos trasladarla». Así que hicimos el viaje con alegría, con gozo, porque el Señor hizo que se encontrara mejor. Ella estaba tan contenta que ni siquiera se quejaba.

Tuvimos que volver a bajarla con la silla del comedor y colocarla lo mejor que pudimos en el coche. Iba casi tumbada; mi esposo iba conduciendo y yo iba pendiente, pero, gracias a Dios, todo fue bien. Cuando llegó a la casa de Mari, yo creo que estaba un poquito indispuesta. Sin embargo, cuando le preguntábamos, ella decía que estaba bien, que estaba contenta. Fue ahí cuando fuimos a dejarla en la cama, después de que comió, para que descansara, y nosotros nos fuimos a comer. Entonces Carla llamó y dijo que había convulsionado. Dejamos todas las cosas y corrimos hacia la casa. La encontramos en un estado como de delirio: movía la cabeza de un lado para otro y se quejaba; decía que le dolía el abdomen. Entonces cogí una pastilla y se la di machacada con agua para evitar que convulsionara nuevamente. También le di unas gotitas de analgesia para evitar que le doliera, según las indicaciones que la doctora me había dado, pero nada parecía aliviarla y se mantenía igual. Estuvimos orando, también poniendo alabanzas, pidiéndole al Señor que acortara los tiempos, que hiciera su voluntad, que, si quería estar con ella y llevarla a su presencia, no la hiciera sufrir. Luego, por la noche, se quedó tranquila y, a las seis de la mañana, mi cuñada Maricela nos dijo que la notaba con el pulso débil. Cuando mi esposo se acercó, me contó que la tomó de la mano y ella dio un suspiro y no volvió a respirar. Cuando fui, comprobé que no tenía pulso. Ella estaba descansando y se fue con el Señor.

Esa mañana tocó avisar a la familia de lo ocurrido. Todos vinieron a verla a casa y a dar el pésame a sus hijos, a su madre y a sus hermanos. Tuve que tramitar las cosas de la funeraria y, por una parte, me sentí aliviada de poder hacer algo que ayudara y, por otra, nunca había tenido que hacer tal cosa y no sabía muy bien cómo proceder. Pero, con ayuda de una tía y de la prima de mi marido, pronto se solucionó y logramos cuadrar todo para la funeraria.

Cuando vinieron los del tanatorio a verla, entregamos ropa blanca, que era como ella quería estar en los últimos días y como quería que estuviéramos. No quería nada de ropa oscura ni en ella ni en la gente que estaba con ella. Antes de que se la llevaran, me di cuenta de que no habíamos preparado ninguna joya y quería que, aunque fueran sus restos, se viera bien. Así que entregué al señor de la funeraria mi collar, con un colgante del árbol de la vida que me recordaba a Jesús, que es el árbol de la vida, y se lo envié para que lo colocaran en su cuello.

El traslado

Entonces nos tocaba prepararnos para llevarla al cementerio. Yo recordaba cuando fui con mi suegro, que había fallecido hacía cuatro años, y pensaba en lo doloroso que fue para todos. Se me partía el corazón, con lo cual no quería volver a repetirlo, y le decía a mi esposo si podía saltarme esa parte porque, total, no iba a cambiar nada.

La tía Mercedes había mandado comprar unos globos de helio blancos y, los dos días que estuvimos en la funeraria, se cantaron alabanzas. Un pastor compartió una palabra; mi esposo también. Aunque era duro, el ambiente era tranquilo. Se sentía paz, aunque había tristeza; sentíamos que el Señor estaba ahí, que todo lo había hecho Él perfecto, que nada había faltado, que había logrado hacer todo lo que ella quería y que así le había placido al Señor. Habíamos tenido tiempo para compartir, tiempo para ayudarla, tiempo para que ella pudiera hacer lo que quería: bautizarse, estar con su hijo Christian, con sus hijos, llegar donde Mari, hacer lo que ella pidió. Finalmente, Él la quería llevar a su presencia. En medio de esa paz tocó el temido traslado al cementerio. Yo pensaba que iba a ser terrible y, cuando cogieron la caja para llevarla, tenía muchísimas ganas de llorar, de no hacerlo, de irme. Me repetía una y otra vez: «No puedo, no puedo». Iba a llevarme las manos al rostro y romper en llanto cuando escuché una voz en mi oído derecho que decía: «Sí puedes». Entonces fue cuando pensé: «Sí puedo. Tranquila, que no pasa nada. El Señor está con nosotros y nos va a ayudar».

Pusieron alabanzas y adoraciones, y caminamos con los globos blancos flotando. Yo, junto con otras personas, tiraba pétalos de las flores que habíamos cogido de la funeraria. Llegamos y todo estaba bien, todo estaba dentro del propósito de Dios y, aunque había tristeza, teníamos consuelo. Se notaba la presencia del Señor; aunque no fuera visible, sabíamos que Él estaba ahí. Pero, cuando llegó el momento de subirla para meterla en el nicho, la gente se derrumbó, se vino abajo y empezaron a llorar y a golpear la caja. Yo pensé: «Ya estamos otra vez». Entonces, no sé si fue mi cuñada Maricela, escuché que dijeron: «Oremos». Yo, que siempre que hablo en medio de una situación así se me rompe la voz y no tengo capacidad de poder hablar, logré levantar mi voz y orar. No sé ni cómo lo pude hacer, sabiendo que íbamos a dejar ahí los restos de mi suegra, pero ella ya había alcanzado la victoria en la vida eterna y, aunque dejaríamos ahí sus restos, había victoria en la muerte. Todo el mundo dijo «amén» y aunamos esfuerzos para dejar allí sus restos. Luego, cuando acabó todo, nos abrazamos y nos pusimos en círculo para soltar los globos. La abuelita —la madre de mi suegra, que se llama Laura— agradeció a Dios y a todos, y nos recordó que ella estaba muy bien con el Señor. Se soltaron los globos, salieron volando y todos estábamos gozosos. Volvimos a la puerta del cementerio cantando alabanzas. Miré hacia atrás: la gente cantaba, se abrazaba unos a otros, y pensé: «A que esto no te lo esperabas, diablo mentiroso. El Señor ha vencido a la muerte y hay victoria en Cristo Jesús». Para mí fue una bendición todo aquello. Aunque el resultado pareciera que fue el fin, no fue así. El Señor venció a la muerte, nos dio consuelo, nos dio paz y, aun en nuestro corazón, tenemos ese dolor por su partida, pero sabemos que ella está con el Señor y que un día también nosotros estaremos con Él; que Él es bueno, nos cuidó y nos permitió hacer todas esas cosas en su perfecta y maravillosa voluntad, y que en medio de todo eso hubo luz, hubo salvación y hubo vida.

«Suyos somos, en Él estamos y a Él vamos.»

Katherine Jara

Hasta el final de Su mano

Y por eso agradezco mucho al Señor esa experiencia: que me haya dejado verlo en medio de toda esa situación, que me haya hecho entender cómo controla Él los tiempos. Y, como dice Romanos 14:8: «Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos».

Suyos somos, en Él estamos y a Él vamos, y Él es perfecto en toda su plenitud. Sé que Él cuidará de nosotros en lo que quede de vida y le pido que estemos con Él hasta el final de nuestros días aquí en la tierra, para poder alcanzar también esa meta de llegar a su lado.

Globos blancos soltados hacia un cielo azul
Globos blancos hacia el cielo, como los que se soltaron a la salida del cementerio. Foto: Mykola Volkov (Pexels).

Texto escrito por Katherine Jara. El pulso de la vida lo publica íntegro, con ajustes mínimos de puntuación y ladillos para la lectura en pantalla.

Referencias

  • Salmo 23:3 (RVR1960): «Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre».
  • Romanos 14:8 (RVR1960): «Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos».
  • Apocalipsis 22:2 (RVR1960) — alusión al árbol de la vida, motivo del colgante mencionado en el relato.
  • 1 Corintios 15:54-55 (RVR1960) — fondo de la expresión «victoria en la muerte» que emplea la autora.

Temas  Testimonio · Duelo y esperanza · Bautismo · Ecuador

Katherine Jara

Sobre la autora

Katherine Jara

Veterinaria · Especialista en cirugía de tejidos blandos

Licenciada en Veterinaria por la Universidad Complutense de Madrid (2014). Desde 2020 centra su práctica en la cirugía de tejidos blandos. En El pulso de la vida firma la sección «Observa a los animales y aprende de ellos».

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