José de Segovia lee el capítulo 24 de los Hechos —el juicio de Pablo ante el gobernador Félix— junto a Justicia para todos, la película de Norman Jewison con Al Pacino, y al caso de Josh Harris: tres historias en las que el que juzga tiene algo que esconder y el rechazo de la fe no empieza en la cabeza, sino en la conciencia.
A nadie le gusta estar en el banquillo. Cuando el que se sienta en él es aquel a quien desprecias, la cosa se lleva con cierta satisfacción; cuando el juzgado eres tú, no le agrada a nadie. Hubo un tiempo en que era la religión la que sentaba en el banquillo al descreído, al hereje, al que se salía de la norma. Hoy, con frecuencia, es Dios y el creyente quien está allí. Y esto, advierte José de Segovia al abrir el programa, no tiene nada de nuevo: el libro de los Hechos es la crónica de un grupo perseguido al que se considera pernicioso.
Ideas clave
- Hechos 24: Pablo, acusado de «plaga» y cabecilla de los nazarenos, comparece ante un gobernador que espera un soborno y vive con la hija de Herodes Agripa.
- «Justicia para todos» (Jewison, 1979) invierte los papeles igual que el texto bíblico: el juez implacable acaba sentado en el banquillo.
- El caso de Josh Harris muestra que la apostasía rara vez es un problema intelectual: el legalismo extremo y la idolatría del matrimonio precedieron a la caída.
Un abogado llamado Tértulo
Los últimos capítulos de Hechos son una sucesión de comparecencias. En el capítulo 24, Pablo llega a Cesarea protegido por los romanos, y detrás llega una delegación del Sanedrín que ha contratado los servicios de un abogado: Tértulo, probablemente un judío helenístico que habla con la moda retórica de la época.
Empieza elogiando la gran paz de que disfruta Judea gracias a la administración de Félix. Muchos judíos que lo hubieran oído habrían recordado más bien aquella frase que Tácito pone en boca del caudillo Calgaco sobre los romanos: hacen un desierto y lo llaman paz. Tértulo promete además ser breve, «pero como muchos predicadores —apunta Segovia— era de todo menos breve».
Los cargos van en escalada. Primero, que Pablo es «una plaga, y promotor de sediciones entre todos los judíos por todo el mundo»: eso es acusarle de traición. Después, que es «cabecilla de la secta de los nazarenos» —el único lugar del Nuevo Testamento en que ese nombre se aplica a los seguidores de Jesús, junto al otro que aparece en este mismo capítulo, el Camino—. Y por último, el cargo concreto: haber intentado profanar el templo. Los supuestos testigos oculares, sin embargo, no estaban presentes en la sala.

«Justicia para todos»: el cine que perdió la fe en los tribunales
En los años setenta se acumulan las películas que ponen en evidencia los problemas de la justicia. Al final de la década, en 1979, llega Justicia para todos, de Norman Jewison, con un Al Pacino jovencísimo que está prácticamente en cada escena. Es la época posterior al Watergate, la crisis del petróleo, el juicio a los Siete de Chicago, el asesinato de Harvey Milk. La película mezcla sátira, humor negro y denuncia, y es de las últimas tan abiertamente sarcásticas sobre el sistema judicial estadounidense: arranca con el juramento a la bandera que los escolares recitan cada mañana, esa promesa de «justicia para todos».

El guion lo firman Barry Levinson y su mujer, Valerie Curtin, y transcurre en la ciudad de él, Baltimore, donde se rodó en el invierno de 1978 antes de terminarse en los estudios de la Metro. Pacino interpreta a Arthur Kirkland, un abogado idealista que busca que la justicia prevalezca y se topa con un sistema incapaz de administrarla. Enfrente, el juez Fleming, al que da vida el frío John Forsythe; al lado, el juez Rayford de Jack Warden, tan íntegro como suicida. Debuta también Christine Lahti.
Segovia se detiene en un detalle de rodaje: el maestro de Pacino en el Actors Studio, Lee Strasberg, hace de su abuelo. Es el hombre que le enseñó «el método», ese que le lleva a no interpretar personajes sino a convertirse en ellos. Jewison contaba que Pacino seguía llamándole abuelo fuera del plano y se hacía llamar Arthur. El resultado le valió una nominación al Oscar. Conviene saber además que el sistema americano se sostiene en los acuerdos fuera de sala: muchos inocentes se declaran culpables porque les sale más a cuenta.


El juez que tenía algo que esconder
El giro de la película —que aquí no se desvela del todo— es que el juez Fleming, el enemigo de Kirkland, aparece detenido y acusado de una agresión sexual. Y pide precisamente a Kirkland que le defienda. «Nuestros motivos son políticos», le explican sin pudor: nadie defendería a un hombre al que detesta si no fuera inocente.
Esa inversión es la que recuerda al texto de Hechos. El que juzga a Pablo, Félix, esconde su propio problema moral. Su mujer, Drusila, era la hija menor de Herodes Agripa; no llegaba a los veinte años. Estaba casada con el rey de un pequeño estado de Siria cuando Félix, con la ayuda de un mago chipriota, la persuadió para dejar a su marido e irse con él. Tuvieron un hijo que moriría en la erupción del Vesubio.
Lucas añade otro detalle incómodo: Félix «esperaba también con esto, que Pablo le diera dinero para que le soltase». Quizá pensaba en la colecta que el apóstol traía para los pobres de Jerusalén —única mención en Hechos de esa ofrenda que tanto aparece en sus cartas—. El gobernador que juzga la subversión ajena vive de sobornos.
«Justicia, dominio propio y juicio venidero»
Lucas dice que Félix estaba bien informado sobre el Camino, y que quiso escuchar a Pablo varias veces. Drusila también. Hay ahí una atracción real por el mensaje. Pero cuando el apóstol pasa de la doctrina a la conducta, la conversación se acaba: «Pero al disertar Pablo acerca de la justicia, del dominio propio y del juicio venidero, Félix se espantó, y dijo: Ahora vete; pero cuando tenga oportunidad te llamaré».
Segovia insiste en que ese es el patrón. Muchos piden evidencias de la verdad del cristianismo, argumentos, pruebas. Pero detrás de la objeción intelectual hay a menudo otra cosa: no es que no entiendan, es que no les conviene. Las implicaciones morales de aquello que les atraía son las que acaban provocando el rechazo.

Josh Harris: la deconstrucción que empezó en el legalismo
De ahí salta Segovia al caso que muchos leen como apostasía de manual. Josh Harris fue el pastor juvenil más influyente de los noventa entre los evangélicos estadounidenses. Venía de la primera generación del home schooling: sus padres, Gregg y Sono Harris, fueron pioneros de ese movimiento que educaba a los hijos en casa, apartados del mundo, con normas claras sobre qué no leer, no escuchar y no ver.
En 1997 publicó Le dije adiós a las citas, donde sostenía que el flirteo previo al noviazgo no es bíblico y que el compromiso debía llegar casi sin conocer a la otra persona. Vendió 1,2 millones de ejemplares. Se casó año y medio después, se trasladó a Gaithersburg (Maryland) para hacer su internado pastoral bajo C. J. Mahaney —cuyo ministerio quedaría ensombrecido por acusaciones de abusos a menores— y con treinta años ya era pastor principal de una megaiglesia.
Segovia no cuestiona todo lo que decía: hay verdades evidentes en ello. Señala dos problemas. El primero, la idealización del matrimonio como paraíso y culminación de todos los anhelos, una expectativa que la Escritura nunca promete y que se acerca peligrosamente a la idolatría. El segundo, la propia lógica del legalismo: cuanto más extremas son las reglas, mayores son los impulsos de transgresión que esconden. Lo mismo que salió a la luz en el otro gran líder de aquel movimiento, cuyo hijo, criado en esas mismas normas, acabó detenido por pornografía infantil.
Su matrimonio terminó en divorcio y, en el verano de 2019, Harris anunció en Instagram que ya no se consideraba cristiano. «Como pastor, yo excomulgué a personas», explica en una entrevista que suena en el programa; «llegué a un punto en que reconocí que yo no estaba viviendo conforme a esto y se lo había exigido a otros, así que en esencia me excomulgué a mí mismo». Retiró sus libros del mercado. «Pero no puedes devolverle a la gente años de su vida».
Lo que a Segovia le llama la atención es el péndulo: del hombre que no besa a su novia hasta el altar al que anuncia que ha dejado la fe, sin escala intermedia. Y que siga hablando como un predicador, esta vez en defensa de la incredulidad. Si no era capaz de vivir a la altura del ídolo que él mismo había construido, concluía que tampoco tenía derecho a seguir siendo cristiano.
«Fuera del argumento de la objeción intelectual, lo que hay es un problema moral. No es que no entiendan o no puedan comprender: es que no les conviene.»
Un evangelio para los que no dan la talla
El final de Hechos 24 es tan desolador como el de la película. Félix es relevado del cargo tras una represión sangrienta en Cesarea, y solo la intercesión de su hermano ante Roma le salva la posición. Le sucede Porcio Festo, con quien seguirá el relato en el capítulo 25.
Nuestras motivaciones, dice Segovia, casi nunca son limpias: sentimos aprecio por alguien y a la vez queremos sacar algo de la relación. Solo Dios, autor de la vida, conoce de verdad el corazón. Por eso el desafío del evangelio que Pablo proclama ante aquel tribunal no es un catálogo de reglas más estrictas, sino un Dios que acepta como somos a quien reconoce su mal y renuncia a hacerse aceptable por sus propios méritos.
«No hay lugar para las fantasías, las idealizaciones y visiones irreales de lo que es la vida», concluye. «La vida es ciertamente dura y difícil, pero en Cristo tenemos un Salvador».
Referencias
- Flavio Josefo, Antigüedades judías, libro XX (gobierno de Félix, y su matrimonio con Drusila, hija de Herodes Agripa I).
- Tácito, Anales, XII, 54, e Historias, V, 9 (la administración de Antonio Félix en Judea); Agrícola, 30, para el discurso de Calgaco: «hacen un desierto y lo llaman paz».
- Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica, II (sucesión de Félix por Porcio Festo).
- Joshua Harris, I Kissed Dating Goodbye, Multnomah Books, 1997; y su declaración pública de julio de 2019 sobre el final de su matrimonio y de su fe.
- …And Justice for All (España: Justicia para todos), dir. Norman Jewison, guion de Valerie Curtin y Barry Levinson, Columbia Pictures, 1979.
- Citas bíblicas tomadas de la versión Reina-Valera 1960 (Hechos 24).
Comparte este artículo
Temas Ruta 66 · Hechos 24 · Félix y Drusila · Justicia para todos · Josh Harris · José de Segovia

Sobre el autorJosé de Segovia Barrón (Madrid, 1964) es periodista, teólogo y pastor. Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, estudió Teología Sistemática en la Universidad de Kampen (Holanda) y Estudios Bíblicos en la escuela de Welwyn (Inglaterra). Es pastor de la Iglesia Reformada de Madrid, en el barrio de El Salvador (Ciudad Lineal), y presidió la Comisión de Teología de la Alianza Evangélica Española entre 2001 y 2015. Enseña en la Facultad Internacional de Teología IBSTE (Castelldefels), el Centro Evangélico de Estudios Bíblicos de Barcelona, la Facultad de Teología UEBE de Alcobendas y la escuela de Welwyn. Desde 2002 firma una columna semanal en Protestante Digital y ha publicado una docena de libros sobre cine, música, arte y fe. En El Pulso de la Vida firma Al trasluz, Ruta 66 y El sueño se ha acabado.