El Papa y Franklin Graham: el doble rasero de los medios | Dr. Pedro Tarquis

Espacio Teide · Dr. Pedro Tarquis|Redacción de El pulso de la vida · 3 de junio de 2026

Dos visitas casi simultáneas a España —la del Papa y la de Franklin Graham— recibieron tratamientos informativos opuestos. El director de Areópago Protestante aprovecha el contraste para desnudar un viejo reflejo: el de seguir mirando al mundo evangélico con lentes católicas.

Dos acontecimientos religiosos coincidieron en el calendario y la prensa los contó de maneras muy distintas. Para el doctor Pedro Tarquis, esa diferencia de trato delata algo de fondo: “La gente ha salido de la Iglesia católica, pero la Iglesia católica no ha salido de la gente”. Se sigue interpretando a las demás confesiones con el molde del catolicismo, como si lo evangélico tuviera un papa, una jerarquía y una autoridad central que, sencillamente, no existen.


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¿Quién contraprogramó a quién?

El primer marco lo impuso un titular —“los evangélicos contraprograman al Papa”— que después replicaron otros medios. Tarquis lo desarma con fechas: el Festival de la Esperanza de Franklin Graham se anunció hace dos años, y sus equipos llevaban año y medio trabajando desde una oficina en Madrid. “Si alguien contraprogramó, fue el Papa a Franklin Graham, no al revés”, zanja.

La prensa católica optó, en cambio, por el relato de la batalla de religiones: una iglesia evangélica que vendría a “captar” fieles y a disputar la hegemonía. Tarquis lo rechaza de plano. “Lo único que buscamos es que Jesús sea proclamado y que el evangelio transforme vidas. No tenemos ningún interés en compararnos con nadie, ni esto es una lucha contra ninguna confesión”.

«La gente ha salido de la Iglesia católica, pero la Iglesia católica no ha salido de la gente.»

Dr. Pedro Tarquis

La fuerza está en la iglesia local

Frente a la lógica del poder y el control, Tarquis sitúa el centro de gravedad de la vida evangélica no en los grandes eventos, sino en la comunidad cercana. Los actos multitudinarios son “un empuje, un respaldo”, pero el trabajo de fondo lo sostienen las iglesias de barrio: conciertos, encuentros, reuniones en las casas —“la iglesia que se reunía en casa de tal”, como en el Nuevo Testamento—, donde la fe se vive como relación y no como simple religión.

Por eso celebra que del Festival salieran unas trescientas personas dispuestas a dar “un paso al frente”, consciente de que la mayoría había llegado invitada por iglesias del entorno y volverá a ellas. El avivamiento, viene a decir, no se decreta desde un escenario: se teje en lo pequeño, en lo cotidiano, en la convivencia.

“El pastor de Trump”: la etiqueta fácil

En la orilla opuesta, los medios antirreligiosos vendieron la visita como el “desembarco del pastor de Trump”. Tarquis no esconde la cercanía pública de Graham con el presidente —una postura que incomoda a buena parte del propio mundo evangélico y que su padre, Billy Graham, nunca adoptó—, pero se niega a reducir a una persona a una sola faceta: “En el acto no mencionó a Trump ni hizo política en ningún momento”.

Y lo ilustra con un paralelismo deliberadamente incómodo: a nadie se le ocurre llamar al Papa “el papa de los pederastas”, pese al drama que arrastra la Iglesia. Cuenta además que entrevistó en persona a Graham —“alguien sencillo, humilde, muy natural”— y recuerda un detalle revelador: el predicador asegura decirle a Trump en privado aquello en lo que discrepa, e incluso le dirigió una carta pública en el Christian Post para recordarle que creer en Dios pasa por el arrepentimiento.

Moral no es lo mismo que política

El segundo reproche fue que Graham “vino a hacer política” por referirse al aborto y al matrimonio homosexual. Tarquis señala de nuevo el doble rasero: el Papa defiende posturas casi idénticas y a nadie se le ocurre acusarlo de hacer política, porque se da por sentado su derecho a hablar de cuestiones éticas. “Algo puede ser legal y, a la vez, inmoral; y al revés”, resume. La fe ofrece una ética, y desde ella cabe afirmar que algo no es bueno aunque la ley lo ampare.

Sobre el aborto es especialmente nítido: no lo ve como un mero asunto jurídico, sino como la destrucción premeditada de una vida humana en el vientre materno, con consecuencias muy reales —apunta a la baja natalidad y al invierno demográfico— que desbordan el debate legal. Otro tanto con la sexualidad: la ética cristiana cuestiona una práctica, “pero Dios ama a la persona, sea cual sea su orientación”. Condenar a la persona, advierte, sería contradecir el propio evangelio.

Pentecostales, neopentecostales y miedos prestados

Bastaron unas imágenes de fieles con las manos en alto —algo tan habitual como en un concierto o en una procesión de Semana Santa— para que varios programas hablaran de una invasión “neopentecostal”, irracional y fundamentalista. Tarquis matiza: el pentecostalismo extremo que antepone la experiencia a la Biblia o predica la teología de la prosperidad existe, sí, pero es excepcional y lo condena la práctica totalidad de los evangélicos, pentecostales incluidos.

El problema, lamenta, es que se generaliza sin dar voz a quien podría aclararlo: “Es como hablar de los marroquíes en España sin que haya ningún marroquí”. Y lo remata con un ejemplo conocido: Denzel Washington es pentecostal y predicador, y a nadie se le pasa por la cabeza tildarlo de fanático irracional.

También hay deberes para casa

Lejos de quedarse en la queja, Tarquis asume su parte. Los evangélicos, dice, tienen que aprender a hablar para que los entiendan, no solo para quedarse satisfechos de haberse explicado. Eso exige traducir la jerga interna —como el médico que dice “callo” en lugar de “queratosis epidérmica”— y tender puentes honestos hacia quien no comparte su experiencia.

Su conclusión es una invitación a ir al fondo y no detenerse en el arquetipo: “Somos, sencillamente, gente que sigue a Jesús, que quiere vivir el evangelio y a la que ese evangelio ha transformado para bien, aunque siempre tengamos algo que mejorar”. Y deja una tarea también para los comunicadores: hacer pedagogía de quiénes son los evangélicos, sin necesidad de preguntárselo al vecino.

Un poema por la libertad

El espacio se cierra, como es costumbre, con un poema de Pedro Tarquis. En esta ocasión, una declaración sobre la libertad del Espíritu frente a todo intento de acallarlo:

No veo, oigo ni hablo, tres monos,
recorren avenidas, parques y templos,
mientras los golpes del metrónomo
destrozan el futuro y los sueños.

Pero entre los escombros de este siglo,
como trueno de sofar en el templo,
vibrando con su áspero bramido,
alza su voz el Dios de los ejércitos.

Él no baja los brazos y con Él luchó
por el más vital de los principios.
Podréis enjaular a todas las aves,
pero nunca atar el viento del espíritu.

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