Crucifixión: qué le pasa a un cuerpo en la cruz | Dr. Vicente Herrera

Santa Cruz

Qué le pasa a un cuerpo en la cruz: la mirada de un cirujano sobre la muerte de Jesús, donde se juntan los dos síntomas más difíciles de soportar, la falta de aire y el dolor.

Crucifixión: qué le pasa a un cuerpo en la cruz | Dr. Vicente Herrera
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Hace unos meses me recomendaron una película llamada El caso de Cristo, que cuenta una historia real: un periodista ateo que intenta probar que la historia de Jesús de Nazaret, su muerte y su resurrección eran una ficción. Este hombre hace una verdadera investigación, consulta con psiquiatras, forenses y jueces; y lo que encuentra es que todos los datos que le aportan científicos y profesionales de alto nivel demuestran, o apoyan muy firmemente, la veracidad de lo que está escrito en los Evangelios. Y yo, que soy médico, puedo dar fe de que la gran mayoría de esos datos son reales. La película termina con el periodista convirtiéndose, en vez de logrando demostrar que aquello era una ficción.

Fotograma de la película El caso de Cristo
«Un periodista ateo que intenta probar que la historia de Jesús de Nazaret era una ficción». Mike Vogel como Lee Strobel en El caso de Cristo (2017).

Ideas clave

  • La crucifixión combina los dos síntomas más difíciles de soportar: la disnea y el dolor.
  • Sudar sangre tiene nombre médico —hematohidrosis— y está descrito, aunque es rarísimo.
  • Las cuentas de un cirujano: unos 1,8 litros de sangre perdidos antes de llegar a la cruz.
  • El clavo aplasta el nervio mediano; para respirar hay que tirar del cuerpo hacia arriba.

Una muerte que no se parece a ninguna otra

Quisiera hacer una somera descripción del hecho concreto de las lesiones físicas que ocurren en una crucifixión. Creo que no solo los ateos, sino incluso los que creemos en Jesucristo, nos limitamos a pensar que sí, que debe de ser muy doloroso tener cuatro clavos incrustados en manos y pies, pero en realidad no tenemos idea de lo terrible que significa una muerte de este tipo. Fue un método muy popular en la antigua Roma desde más o menos 800 años antes hasta el año 300 después de Cristo. Adoptado de los cartagineses, y estos de los persas, es una combinación increíblemente cruel de los síntomas más duros que puede soportar una persona: la falta de aire y el dolor.

La mayoría sabe que la pena de muerte sigue existiendo hoy y que en los países «civilizados» se lleva a cabo mediante una inyección letal, en la cual el único dolor físico es el pinchazo en una vena para aplicar primero propofol, que induce el sueño, y luego un bloqueante neuromuscular como el rocuronio, con lo cual el ejecutado deja de respirar y muere. Con un sufrimiento físico mínimo. Otra cosa es lo que pueda haber en cuanto a miedo y angustia previa, que deben de ser similares en todo condenado a muerte.

Otros sistemas conocidos por todos son la horca, la decapitación y el fusilamiento. Aquí en España la pena de muerte se ejecutaba mediante el garrote vil, que era una especie de collar metálico con un clavo que, entrando por la nuca mediante una manivela, se iba ajustando hasta terminar ahorcando al reo por aplastamiento del tallo cerebral. Hasta su abolición en 1978 era el método oficial de ejecución. No vamos a profundizar más en la crueldad del ingenio humano para terminar con la vida de un condenado, porque para ello deberíamos dedicar muchas y extensas notas. Pero digamos que, en general, son sistemas que provocan una muerte rápida.

Garrote vil, cuadro de Ramon Casas (1894)
«Aquí en España la pena de muerte se ejecutaba mediante el garrote vil». Garrote vil, de Ramon Casas (1894), Museo Reina Sofía. Wikimedia Commons, dominio público.

«Y muerte de cruz»

Ahora voy a referirme a una cosa totalmente distinta, que es la muerte por crucifixión. El mismo Pablo, en la carta a los Filipenses (Fil 2:6-8), dice que «Cristo Jesús, siendo Dios, no se aferró al hecho de ser Dios, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz».

Al repetir «muerte de cruz», entiendo que de esa forma intenta —y lo consigue— aclarar lo que fue: una muerte especialmente dolorosa y terrible. Al igual que cuando Jesús decía: «De cierto, de cierto te digo…», para que no hubiera dudas del mensaje.

Jesús pudo haber muerto a espada, como probablemente murieron Pablo u otros de los apóstoles; o apedreado, como Esteban. O cortado por la mitad mediante una sierra, como el profeta Isaías según el Talmud. En el capítulo 11 de la epístola a los Hebreos también se hace referencia a que algunos murieron aserrados. Pero estaba escrito que moriría de una de las formas más terribles. No debe de ser casual que en el Salmo 22 se escribiera: «Porque perros me han rodeado; me ha cercado cuadrilla de malignos; horadaron mis manos y mis pies. Contar puedo todos mis huesos; entre tanto, ellos me miran y me observan. Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes».

En el capítulo 53, Isaías habla del Mesías y escribe: «Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados». Cuando un poco más adelante describamos las lesiones sufridas por Jesús, creo que no encontraremos un término más preciso que este: molido.

Para hablar de crucifixión hay que empezar por saber que es la mezcla perfecta en la que los dos síntomas más duros, más difíciles de soportar —la disnea y el dolor—, se potencian para causar un sufrimiento insoportable. Es importante aclarar que la intención de esta presentación no es recrearse de una manera morbosa en los detalles, sino entender mejor la enormidad del sacrificio. En ese sentido, a raíz de la película La pasión de Cristo, recuerdo haber escuchado la opinión de que parecía excesivamente morbosa. Y, sin embargo, es muy probable que las escenas de la película estén bastante por debajo de lo que ocurrió realmente. Se sabe que la realidad supera muchas veces a la ficción.

Jim Caviezel y Mel Gibson en el rodaje de La pasión de Cristo
«Es muy probable que las escenas de la película estén bastante por debajo de lo que ocurrió realmente». Jim Caviezel y Mel Gibson durante el rodaje de La pasión de Cristo (2004).

Estrés y miedo: sudar sangre

Pensemos que Jesús fue verdaderamente hombre durante 33 años, y que el miedo lo sufren tanto los valientes como los cobardes; la diferencia es que los primeros siguen adelante. En Lucas 22:44 está escrito: «Y estando en agonía, oraba con mucho fervor; y su sudor se volvió como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra».

En situaciones de temor es habitual sudar, cualquiera lo sabe: el cuerpo libera adrenalina, que entre otras cosas hace que uno sude, a veces hasta empapar la ropa —más adelante veremos por qué lo digo—. Tenemos que saber que la piel tiene miles de glándulas sudoríparas rodeadas de pequeños vasos sanguíneos que, en situaciones de angustia extrema, pueden dilatarse, romperse, y esa sangre mezclarse con el sudor. Ese hecho se llama hematohidrosis. En medicina es muy raro verlo, pero está perfectamente descrito. Incluso se pueden llorar lágrimas teñidas de sangre; eso se denomina hemolacria.

Pensemos que en ese momento era plenamente hombre, y podía sentir —y de hecho sintió— gran temor. Claro, Él lo sabía todo, sabía lo que le esperaba. Y, aunque podía hacerlo, no iba a ahorrarse ningún sufrimiento. Tengo un compañero cirujano que, ante una maniobra quirúrgica peligrosa, siempre me decía: «No temas, porque Dios temió». Él es católico y practicante, y me llamaba la atención esa frase. Un día le pregunté si sabía lo que quería decir al repetir ese dicho. No lo sabía, y entonces le explicaba que en parte tenía razón, porque Jesucristo, es decir Dios, había sentido temor. Incluso estando ya en la cruz y a punto de morir, dijo: «¿Por qué me has abandonado?».

Vuelvo a la hematohidrosis: no lo dijo cualquiera, sino alguien que, como él mismo afirma, era un historiador meticuloso y preciso, y además era médico («habiendo investigado con diligencia todas las cosas desde su origen», capítulo 1 de Lucas). Lo dice también un arqueólogo bíblico muy reconocido como William Ramsay: «Lucas es un historiador de primera clase; no solamente son sus afirmaciones confiables, sino que poseía el verdadero sentido histórico… En resumen, este autor debe ser colocado entre los grandes historiadores». Es decir, que este suceso descrito por Lucas ya nos habla del sufrimiento que se le avecinaba.

«No temas, porque Dios temió.»
Un compañero cirujano, citado por el Dr. Herrera
Escena de la flagelación en La pasión de Cristo
El forense José Cabrera calcula no menos de trescientos latigazos. Fotograma de La pasión de Cristo (2004).

Flagelación: cuántos azotes

¿Cuántos azotes recibió? No lo sabemos. En la Biblia no se especifica cuántos fueron. Sabemos que los judíos tenían prohibido propinar más de cuarenta (Deuteronomio 25:3: «Se podrá dar cuarenta azotes, no más; no sea que, si lo hirieren con muchos azotes más que estos, se sienta tu hermano envilecido delante de tus ojos»); es decir, esto se hacía con el fin de evitar una humillación excesiva del reo. Yo supongo que un número pequeño de latigazos se puede soportar, pero, cuando son tantos, llegará un momento en que la persona, además de llorar y confesar cualquier cosa con tal de que termine el tormento, llegará incluso a perder el control de los esfínteres. Es probable, entonces, que esa fuera la razón de limitar el número de latigazos. Pablo dice que fue azotado varias veces: en la segunda carta a los Corintios cuenta que cinco veces recibió cuarenta azotes menos uno, es decir, treinta y nueve. Pero el castigo a Jesucristo fue efectuado por los soldados romanos, y ellos no tenían por qué seguir esa recomendación de la ley judía.

Un psiquiatra y forense llamado José Cabrera, a quien muchos conocen por verlo en Cuarto Milenio, tiene escrito un libro en el que afirma que fueron no menos de trescientos latigazos. Él sostiene que la reliquia llamada Sábana Santa, o Síndone, fue la que cubrió realmente el cuerpo de Jesús, y hace un estudio científico de las lesiones sufridas. Describe el caso como si estuviera haciendo una verdadera autopsia: detalla no solo las heridas producto del flagelo, sino también uno o los dos hombros dislocados, una herida en un costado del tórax y otras lesiones que coinciden en gran medida con lo escrito en los Evangelios.

El tema de la Sábana Santa de Turín sería interesante para otra ocasión, pero recordemos solamente que no hay explicación científica para esa imagen en el paño, que parece un negativo fotográfico en una época en la que no se había inventado la fotografía. Se han encontrado pólenes que coinciden con plantas de esa época y región. Se ha encontrado que la sangre que manchó ese lienzo era de tipo AB (en nuestro medio es más habitual el grupo 0 o el A), un tipo de sangre común en la población judía de Palestina en el siglo I. Por cierto, tanto la Sábana Santa como el Santo Sudario que está en la catedral de Oviedo comparten el mismo tipo de sangre y el mismo tipo de polen; incluso parece que las marcas de las heridas en el rostro coinciden, así que es lógico pensar que cubrieron el mismo cuerpo. Pero también es verdad que nosotros no debemos necesitar pruebas. Que no nos tenga que decir el Señor lo que le dijo a Tomás: «Porque me has visto, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron».

Rostro de la Sábana Santa de Turín en el negativo de Secondo Pia
«Parece un negativo fotográfico en una época en la que no se había inventado la fotografía»: el rostro de la Síndone tal como apareció en la placa de Secondo Pia (1898). Wikimedia Commons, dominio público.

Sangrado: las cuentas de un cirujano

Si fueron, como afirma el doctor Cabrera, al menos trescientos latigazos y golpes de vara, y teniendo en cuenta que el flagelo produce más de una herida con cada golpe, podríamos calcular unas seiscientas heridas como mínimo y otros cien hematomas o equimosis. En los dos casos, pérdidas de sangre que, al fluir al exterior o acumularse en los tejidos, hay que restar de la volemia efectiva. Si por cada herida o hematoma consideramos dos o tres centímetros cúbicos, podríamos estimar en no menos de 1,8 litros el sangrado durante el calvario de Jesucristo.

Debemos añadir otro medio litro como mínimo de agua y minerales perdidos por sudoración, y el suero que fluye también por las heridas o se acumula en cavidades. Recordemos que, cuando el soldado romano le atravesó el costado, salió sangre y «agua», que en realidad era lo que se conoce como hidrotórax o hidropericardio: la acumulación de suero en la bolsa que envuelve a los pulmones y al corazón. En ellas puede acumularse líquido no solo en infecciones o en insuficiencia cardíaca, sino también en casos de grave sufrimiento físico.

Santo Sudario de la catedral de Oviedo
El Santo Sudario de la catedral de Oviedo: mismo grupo sanguíneo AB y mismos pólenes que la Síndone. Foto: Reinhard Dietrich, Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).

Dolor: calambres, hombros y el nervio mediano

Calambres. Sufridos casi desde el principio, y que seguramente irían en aumento, por la posición incómoda y por el sudor. Recordemos las horas en el huerto de Getsemaní, el hecho de cargar con el patibulum de entre 35 y 60 kg de peso, el debilitamiento a causa de la deshidratación y el sangrado, y el estrés previo y el de la flagelación. Cuando se suda se pierde agua y sales (sodio, pero también potasio), y la hipopotasemia favorece que ocurran calambres.

Luxación de los hombros. Recordemos que en la Sábana Santa de Turín se ve la imagen de un hombre con marcas de diversas lesiones: heridas, fractura de nariz, una herida en el costado derecho y brazos desproporcionadamente largos. Sería lógico verlo en un cuerpo que pende de una cruz y en el que, por efecto de la gravedad, terminan por dislocarse los hombros. En todos los libros de traumatología se describe este dolor como muy intenso; está considerada una de las luxaciones más dolorosas. Tengo una cuñada a la que en una ocasión una ola revolcó en la arena y se le luxó un hombro; creo recordar que lo describió como uno de los dolores más terribles.

A eso hay que sumar estar apoyado sobre la espalda con múltiples heridas, la corona de espinas, la fractura del tabique nasal, los puñetazos y los golpes con una vara —en la película La pasión se describe una primera sesión de golpes con vara, que provoca hematomas y dolor—.

El nervio mediano. Aquí voy a contar una anécdota. Cuando era niño tenía una caries profunda, con el nervio dentario casi expuesto, y un día, al mascar chicle, sentí un dolor punzante que felizmente duró un par de segundos. Digo felizmente porque fue el dolor más intenso que recuerdo en mi vida.

Es para mí inimaginable el dolor que debe de causar un clavo del grosor de un dedo, incrustado en cada mano, comprimiendo o aplastando el nervio mediano —que, como su nombre indica, está en el medio de la muñeca—, durante horas o días. Entiendo que ningún hombre podría soportarlo sin perder el conocimiento. Hasta que la falta de aire le hiciera recuperar la conciencia, apoyándose en los pies, atravesados también, y tirar del cuerpo hacia arriba usando como punto de apoyo los clavos, uno a cada lado, para poder expandir el tórax y aspirar un poco de oxígeno. Hasta que el dolor volviera a provocar el desmayo, en un verdadero círculo vicioso increíblemente cruel.

Cuerpo expuesto en público tras una ejecución en Arabia Saudí, 2019
«La inventiva del hombre para causar daño no tiene límites». En abril de 2019 Arabia Saudí ejecutó a 37 personas y expuso en público, sujeto a un madero, el cuerpo de uno de ellos. Imagen difundida por medios árabes; el hecho, en El Ciudadano, 24/04/2019.

Dos reflexiones

La primera: la inventiva del hombre para causar daño a un semejante, a un animal o a la naturaleza no tiene límites. Y no es cosa del pasado. En abril de 2019 Arabia Saudí ejecutó a 37 personas en una sola jornada y expuso en público, sujeto a un madero, el cuerpo de uno de ellos.

La segunda: el amor del Creador para lograr la reconciliación con su criatura más preciada es, asimismo, ilimitado. En el Salmo 136 lo dice no una ni diez, sino veintiséis veces: el Señor es bueno, y para siempre es su misericordia.

Referencias

  • Pasajes citados (RVR1960): Filipenses 2:6-8; Salmo 22:16-18; Isaías 53:4-6; Lucas 1:3 y 22:44; Deuteronomio 25:3; 2 Corintios 11:24; Hebreos 11:37; Juan 20:29; Salmo 136.
  • José Cabrera Forneiro, CSI: Jesús de Nazaret. El crimen más injusto (Neverland Ediciones). El autor, psiquiatra y médico forense, analiza las lesiones a partir de las improntas de la Síndone y de la documentación de la época.
  • William M. Ramsay, St. Paul the Traveller and the Roman Citizen (1895). De ahí procede la valoración de Lucas como historiador de primer orden que se cita en el texto.
  • William D. Edwards, Wesley J. Gabel y Floyd E. Hosmer, «On the Physical Death of Jesus Christ», JAMA 1986;255(11):1455-1463. El estudio médico de referencia sobre la muerte por crucifixión.
  • Sobre la Síndone de Turín y el Sudario de Oviedo, los datos de polen y del grupo sanguíneo AB proceden de investigaciones asociadas a ambas telas; su autenticidad sigue siendo objeto de debate científico y no está establecida.
  • El caso de Arabia Saudí (abril de 2019, 37 ejecutados y el cuerpo de uno de ellos expuesto en público) fue confirmado por el Ministerio del Interior saudí y recogido por las agencias internacionales. En español: El Ciudadano, 24 de abril de 2019.
  • El caso de Cristo (Jon Gunn, 2017), basada en el libro homónimo de Lee Strobel, y La pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004).

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Dr. Vicente Herrera

Sobre el autorVicente Herrera Cabrera (Santa Cruz, Argentina, 1963) es médico cirujano, licenciado por la Universidad Nacional del Nordeste (Corrientes). Radicado en España desde 1997, ha trabajado como cirujano en la sanidad privada y, desde 2002, también en la pública. Actualmente es adjunto en un hospital público de Madrid, con especial dedicación a la cirugía hepatobiliopancreática. Colabora de forma esporádica en El Pulso de la Vida, en Dynamis Radio.

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