¿Por qué los hijos de Jacob arrasaron Siquem? La ley del desierto explica Génesis 34 | Dr. Marcelo Alesso

Historia y Arqueología de la Biblia · Dr. Marcelo Alesso

El Dr. Marcelo Alesso lee Génesis 34 con las herramientas de la etnografía: la ley beduina del honor, la venganza de sangre y el clan explican —que no justifican— la matanza de Siquem.

¿Por qué los hijos de Jacob arrasaron Siquem? La ley del desierto explica Génesis 34 | Dr. Marcelo Alesso
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«Hoy hablaré de un tema que no podrá dejarnos indiferentes». Así abre el Dr. Marcelo Alesso su espacio Historia y Arqueología de la Biblia, dentro del bloque dedicado a los patriarcas. Y avisa de entrada que esta vez no habrá excavaciones ni documentos antiguos: el pasaje se estudia desde la etnografía, el método de la antropología que observa y registra las prácticas culturales y los comportamientos sociales de los distintos pueblos.

Ideas clave

  • La etnografía compara a los patriarcas con los beduinos que aún viven en su misma región.
  • El odre de piel de cabra, el anillo en la nariz y las tiendas negras siguen ahí, milenios después.
  • La jamsa, el clan de cinco grados, obliga a vengar cualquier ofensa: parecer débil es no sobrevivir.
  • Entender la lógica del desierto no la justifica: el propio Jacob la maldice en Génesis 49.

Etnografía, no arqueología

Para estudiar las sociedades antiguas se recurre a la analogía etnográfica: entender los usos y costumbres de pueblos desaparecidos observando a los que aún viven de forma parecida. Gracias a ella se ha podido determinar para qué servían objetos aparecidos en las excavaciones. El ejemplo que pone Alesso es el tallado del pedernal: sabemos cómo se descantillaba en la antigüedad porque se ha estudiado a pueblos que todavía lo hacen.

El prehistoriador Grahame Clark propuso identificar las culturas prehistóricas por analogía con pueblos de cultura similar y medio ecológico parecido. Cuando ha existido continuidad histórica, dice, se pisa terreno firme. Y ese es justamente el caso: el género de vida de los patriarcas se ha mantenido hasta la actualidad entre los pueblos nómadas y seminómadas de la misma región.

De ahí que Alesso siga en esta emisión un artículo de Clinton Bailey, investigador de la cultura beduina en el Trinity College de Hartford, abogado y activista de los derechos civiles de los beduinos en Israel desde 1978, asesor de la BBC, del Museo Británico y del museo de cultura beduina del kibutz Lahav. El texto, «Cómo la cultura del desierto puede ayudarnos a entender la Biblia», se publicó en Bible Review en agosto de 1991.

Invitados en la tienda de un jeque beduino en Transjordania
«Abraham corrió a recibirlos desde la puerta de su tienda». Invitados y cafeteras en la tienda de un jeque beduino de Transjordania. Foto: Matson Collection, Library of Congress, dominio público (Wikimedia Commons).

Un odre de piel de cabra, un anillo en la nariz y las tiendas negras de Cedar

Las coincidencias empiezan por lo material. Cuando Abraham despide a Agar e Ismael hacia el desierto de Beerseba, le pone al hombro un odre de agua (Génesis 21:14); los pastores beduinos del Sinaí y el Néguev siguen llevando el mismo recipiente de piel de cabra, porque su porosidad mantiene fresca el agua bajo el sol. Cuando el siervo de Abraham encuentra a Rebeca en el pozo le pone un anillo en la nariz (Génesis 24:47); las niñas beduinas siguen adornándose igual.

«La cultura del desierto es, principalmente, una serie de respuestas a los desafíos que plantea el desierto», resume el artículo, y por eso no puede variar mucho de un lugar a otro ni de una época a otra. El Cantar de los Cantares habla de las tiendas negras: «Morena soy, oh hijas de Jerusalén, pero codiciable como las tiendas de Cedar» (Cantares 1:5). Son las mismas que los beduinos tejen para el invierno con pelo de cabra negra: la fibra se expande al mojarse y hace la tienda impermeable. Cuando llueve, las tiendas negras brillan; tal vez, sugiere Bailey, como la mujer morena del Cantar.

La prueba más sutil es otra. Cuando el padre de una novia accede a desposarla con un pretendiente, arranca una planta suculenta del desierto y la parte en dos mitades: una para el pretendiente o su padre. Ahí puede estar el origen de esa expresión bíblica de cortar un pacto o una alianza (Génesis 21:32). Y está la hospitalidad: Abraham «corrió a recibirlos» desde la puerta de su tienda (Génesis 18:2) y Lot se levantó a su encuentro (Génesis 19:1); un poema beduino contemporáneo alaba exactamente esa costumbre del anfitrión que sale de la tienda para que el visitante se sepa bienvenido.

Cuando una palabra rimada valía por un ejército

En las sociedades nómadas no letradas, la palabra rimada tiene una mística considerable: se le atribuye a menudo un poder equivalente al de las armas de guerra. La Biblia lo muestra cuando Balac, asustado por los israelitas que suben por Transjordania, manda llamar al profeta Balaam: «Ven pues ahora, te ruego, maldíceme este pueblo, porque es más fuerte que yo […] pues yo sé que el que tú bendigas será bendito, y el que tú maldigas será maldito» (Números 22:6).

La misma creencia sigue viva. Una tradición beduina del siglo XIX cuenta que, cuando la tribu tarabín amenazaba con invadir las tierras de los tiyaha, los ancianos de estos últimos acudieron a uno de sus poetas y le rogaron que compusiera un poema capaz de disuadir al jefe rival. En 1982, poco más de un siglo después, fueron los ancianos tarabín quienes buscaron a su poeta más destacado del Sinaí para enviar unos versos al clan tiyaha y frenar un ataque.

Alesso añade un detalle que redondea la idea de continuidad: la fiesta de los Tabernáculos, en la que Israel recuerda su vida nómada habitando siete días en cabañas. «Para que sepan vuestros descendientes que en tabernáculos hice yo habitar a los hijos de Israel cuando los saqué de la tierra de Egipto» (Levítico 23:42-43).

Lo que ocurrió en Siquem

Con ese bagaje llega el pasaje difícil. Jacob, tras veinte años con Labán, regresa a la tierra prometida. Siquem, hijo predilecto de Hamor, príncipe de la ciudad, ve a Dina, la hija de Jacob y Lea, «y la tomó, y se acostó con ella, y la deshonró» (Génesis 34:2).

Inmediatamente después, Hamor va a hablar con Jacob para pedir la mano de Dina, propone matrimonios entre ambos pueblos y ofrece compartir la tierra: «Habitad con nosotros, porque la tierra estará delante de vosotros; morad y negociad en ella, y tomad en ella posesión». Siquem añade que dará lo que le pidan (Génesis 34:12).

Los hijos de Jacob responden «con palabras engañosas, por cuanto había amancillado a Dina su hermana» (Génesis 34:13): aceptarán si todos los varones de la ciudad se circuncidan. Hamor y Siquem convencen a los suyos. «Pero sucedió que al tercer día, cuando sentían ellos el mayor dolor, dos de los hijos de Jacob, Simeón y Leví, hermanos de Dina, tomaron cada uno su espada y vinieron contra la ciudad, que estaba desprevenida, y mataron a todo varón» (Génesis 34:25). Después saquearon la ciudad y se llevaron cautivos a mujeres y niños. Jacob, temiendo por su lugar en la tierra, los reprende; ellos contestan con una pregunta seca: «¿Había él de tratar a nuestra hermana como a una ramera?» (Génesis 34:31).

«La palabra de Dios trasciende esa lógica, porque detrás de esta historia está el mensaje de salvación que confluye en Jesucristo.»
Dr. Marcelo Alesso
Jeques beduinos sentados bajo una tienda de pelo de cabra negro
Jeques beduinos sentados en asamblea bajo una tienda de pelo de cabra negro, al norte de Beerseba, en enero de 1940: la misma tela de las «tiendas de Cedar» del Cantar de los Cantares. Foto: Matson Collection, Library of Congress, dominio público (Wikimedia Commons).

La lógica del desierto: la jamsa, la sangre y el honor

Muchos lectores de la Biblia, escribe Bailey, se preguntan indignados si hay alguna justificación para semejante brutalidad, sumada al engaño. La respuesta del investigador no es una justificación, sino una explicación: los hijos de Jacob se comportaron según la lógica del desierto, con los conceptos beduinos de la justicia y la ley.

Migrar con el ganado es imprescindible para sobrevivir, y eso obliga a pastar en lugares remotos. Para garantizar su seguridad, los nómadas se organizan en clanes que aplican la venganza de sangre. El término árabe es jamsa —«cinco»—, por los cinco grados de parentesco paterno que abarca. Todos sus hombres están obligados a defenderse y a vengarse unos a otros, y todos son susceptibles de sufrir la venganza por las fechorías de cualquiera de ellos. Un individuo no existe por derecho propio: existe como extensión de su clan.

Esa capacidad de disuasión depende por completo del historial del grupo: de no tolerar ni la más mínima infracción. El fracaso de una jamsa en defender sus derechos solo tiene una lectura, la debilidad, y en una sociedad donde la mayoría apenas subsiste, quien parece débil se convierte en presa fácil y «simplemente no puede seguir viviendo en el desierto». Por eso la venganza no busca castigar al infractor, sino enseñar a todos los demás lo fuerte que es el clan.

Leída así, la respuesta lacónica de Simeón y Leví quiere decir algo muy concreto: somos nuevos en esta tierra prometida y, si desde el principio consentimos que violen a nuestra hermana impunemente, no podremos quedarnos aquí mucho tiempo. La vindicación de su postura llega cinco versículos después: «el terror de Dios estuvo sobre las ciudades que había en sus alrededores, y no persiguieron a los hijos de Jacob» (Génesis 35:5).

¿Y por qué la violación es la ofensa más grave de todas? Porque los beduinos confían tradicionalmente su principal fuente de riqueza, el ganado, a las mujeres de la familia, lo que libera a los hombres para buscar pastos y velar por la seguridad del clan. Solo el miedo a la venganza mantiene lejos a otros hombres. Que una mujer sea violada solo puede significar una cosa: que el autor considera a sus hombres demasiado débiles para tomar represalias. A eso se suma la obsesión por la sangre común, que obliga a garantizar la inviolabilidad de las mujeres. La ley beduina prevé para la violación medidas que van más allá del ojo por ojo, e incluso permite el saqueo del clan culpable, algo que en un caso de asesinato estaría mal visto porque parecería codicia.

El protocolo de la reconciliación… y la maldición de Jacob

La misma cultura explica el otro movimiento del relato: por qué Hamor acude directamente a Jacob para apaciguarlo. El clan que ha cometido la ofensa reconoce de inmediato su estupidez, porque no hacerlo agrava la falta. Y lo hace incluso cuando es mucho más fuerte que el clan agraviado. Bailey cuenta un caso de 1972: un hombre de los bili, una de las tribus más pequeñas del Sinaí, murió por el disparo accidental de un miembro de los suwarka, una de las más poderosas. Los suwarka convocaron una asamblea intertribal y suplicaron a los bili que renunciaran a la venganza a cambio de una compensación económica, declarando públicamente que los bili «son gente fuerte y decidida» a la que no pueden hacer daño.

Eso es exactamente lo que ofrece Hamor en Génesis 34: la bienvenida a Jacob y a su gente, acceso a los pastos, derechos de propiedad en el territorio, el matrimonio de la mujer agraviada y una alianza implícita entre los dos grupos. Una propuesta generosa. Pero los hijos de Jacob, mirando a largo plazo sus objetivos en la tierra prometida, deciden que la defensa de su honor está por encima: sin ella no habría ninguna garantía de seguridad ni de bienestar futuro.

Y aquí Alesso da el giro final. Entendida la lógica, «solo podemos admirar el progreso espiritual que refleja el rechazo de Jacob a esa lógica» cuando maldice a sus dos hijos en el lecho de muerte: «Maldito su furor, que fue fiero; y su ira, que fue dura» (Génesis 49:7).

«Las ciencias sociales nos permiten entender estos pasajes», concluye. «La Biblia es la palabra de Dios y todo tiene una lógica; nosotros solo podemos atisbar un poco de su sabiduría con el conocimiento del contexto histórico, social y cultural donde se desarrollaron los acontecimientos. Pero la palabra de Dios trasciende esa lógica, porque detrás de esta historia está el mensaje de salvación que confluye en Jesucristo».

Referencias

  • Génesis 34, RVR1960 (el episodio completo de Dina, Siquem y Hamor; versículos 2, 10, 12, 13, 25-26, 28-29 y 31).
  • Génesis 35:5, RVR1960: «y el terror de Dios estuvo sobre las ciudades que había en sus alrededores, y no persiguieron a los hijos de Jacob».
  • Génesis 49:5-7, RVR1960: «Simeón y Leví son hermanos […] Maldito su furor, que fue fiero; y su ira, que fue dura».
  • Génesis 21:14 y 21:32; Génesis 24:47; Génesis 18:2 y 19:1, RVR1960.
  • Cantares 1:5, RVR1960: «Morena soy, oh hijas de Jerusalén, pero codiciable como las tiendas de Cedar».
  • Números 22:6 y Levítico 23:42-43, RVR1960.
  • Clinton Bailey, «Cómo la cultura del desierto puede ayudarnos a entender la Biblia», Bible Review, agosto de 1991, pp. 14-21 y 38 (fuente principal de la exposición, con los comentarios del Dr. Alesso).
  • Grahame Clark y el método de la analogía etnográfica en la interpretación de las culturas prehistóricas (referencia citada en antena, sin edición concreta).
  • El caso de las tribus bili y suwarka del Sinaí (1972) y las tradiciones poéticas tarabín y tiyaha proceden del trabajo de campo de Clinton Bailey recogido en ese artículo.

Temas  Marcelo Alesso · Génesis · Dina · Beduinos · Etnografía · Patriarcas · Arqueología bíblica

Dr. Marcelo Alesso

Sobre el autorEl Dr. Marcelo Alesso es historiador y especialista en arqueología bíblica. Licenciado en Historia por la Universidad Católica Argentina, se doctoró en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid con una tesis sobre los filisteos —Los filisteos: la emigración de un pueblo y su instalación en Canaán, dirigida por Jaime Alvar Ezquerra—, publicada después como libro con el título La migración filistea a Canaán (Virus Editorial). Desde hace años firma en Dynamis Radio la sección Historia y Arqueología de la Biblia, «un encuentro con el pasado para entender el presente y el futuro de nuestra vida y nuestra fe».

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