El fundador del Instituto de Formación Familiar recorre el salmo más universal de la Biblia y encuentra en él tres promesas que sostienen a quien las lee: provisión, protección y permanencia. Ninguna de ellas, advierte, consiste en librarnos del valle.
Hay un salmo que casi todo el mundo ha oído alguna vez, aunque no haya abierto una Biblia en su vida. Juan Varela lo sabe y lo dice sin rodeos: basta con las películas del oeste, con ese pastor que recita junto a una tumba mientras nadie más sabe qué decir. «Es probablemente el salmo más universal —resume—, y no lo es de forma gratuita». Desde el Instituto de Formación Familiar, el consejero se sentó esta mañana al otro lado de la línea de El pulso de la vida para desarmar el Salmo 23 en tres promesas de esperanza.
Ideas clave
- El Salmo 23 lo escribe David siendo rey, pero mirando hacia atrás, a la choza donde guardaba las ovejas de su padre.
- Tres promesas fáciles de recordar, las tres con P: provisión, protección y permanencia.
- «El pan necesario no es vivir con lo mínimo: es vivir dignamente». Eso es lo que Dios quiere para sus hijos.
- Dios no promete quitarte el valle de sombra de muerte, sino cruzarlo contigo de la mano y enseñarte algo por el camino.
- El sufrimiento del cristiano nunca es gratuito: tiene valor pedagógico y terapéutico.
El rey que escribía pensando en la choza
La primera clave que aporta Varela es de contexto, y cambia por completo el modo de leer el texto. David no escribe el Salmo 23 de joven: lo escribe siendo rey, con la monarquía de Israel ya consolidada bajo su reinado. Pero no escribe desde ahí.
«Cuando el gran rey David escribe el salmo, no lo hace pensando en la gloria del palacio, sino más bien en la humildad de la choza donde todas las noches llevaba sus ovejitas para guardarlas», explica. Es decir: el hombre que ya lo tiene todo vuelve con la memoria al muchacho al que su padre mandaba a cuidar el rebaño. De ahí nace la analogía que ha acompañado a la humanidad desde entonces.
Varela deja caer incluso una pregunta que no cierra: si el hecho de que a los hombres dedicados al ministerio se les llame pastores no arrancará precisamente de aquí, de la comparación de que Dios es nuestro pastor. «También los hombres, con nuestras limitaciones, tienen que aprender a ser pastores, como el gran pastor de las ovejas».

La provisión: «nada me faltará»
El salmo abre de una manera que Varela califica de «tierna y entrañable», y subraya el posesivo: «Jehová es mi pastor». El mío. El personal. «Cuando yo lo leo es para mí, y cuando tú lo lees es para ti».
De ahí sale la primera promesa, la de la provisión. Y viene con un matiz que el consejero no deja pasar: «nada nos va a faltar de su provisión, aunque de pronto al presente pasemos circunstancias complicadas y difíciles. Dios conoce el final de nuestra historia». La promesa no niega la dificultad presente; la sitúa dentro de un relato que tiene autor.
Para explicarlo se apoya en Proverbios 30:8 —«no me des pobreza ni riquezas, manténme del pan necesario»—, un versículo que el propio Pr. Lucho localizó en directo mientras Varela lo buscaba de memoria. Y aquí llega una corrección que vale la pena retener: «el pan necesario no es vivir con lo justo, con lo mínimo, con voto de pobreza. El pan necesario es vivir dignamente. Eso es lo que Dios quiere para sus hijos».

El pez que nadie alimentó
La ilustración con la que Varela aterriza la provisión no viene de un comentario bíblico, sino de su propio patio. Tienen en casa un pequeño estanque. Hace unos años se les murieron los peces adultos y lo dieron por perdido, hasta que a los dos días vio moverse algo de apenas un par de centímetros: los padres habían muerto, pero habían dejado un hijo.
«Desde hace por lo menos cuatro años que tenemos ese pececito, yo nunca le eché de comer», cuenta. Hoy mide unos quince centímetros y está gordo. ¿De qué se alimenta? El estanque es lo bastante grande para crear un microclima propio: las algas, los insectos, las moscas que caen. Nadie tuvo que intervenir.
«Si él cuida de los pajarillos, ¿cómo no va a cuidar de nosotros también?», remata. La provisión, en la lectura de Varela, no es un suministro que se ve llegar, sino un ecosistema que ya estaba puesto.

Sendas, que no caminos
El cierre de la primera promesa —«confortará mi alma, me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre»— le da pie a una distinción fina y muy visual. Una senda no es un camino.
«Una senda es un poco tortuosa; a veces hay piedras, bajadas, subidas», describe. La imagen no es la de una autopista despejada, sino la de un sendero de monte. «Y en las sendas de nuestra vida la guía del Señor nos acompaña siempre». La promesa no es el terreno llano: es la compañía sobre el terreno irregular.
En ese punto trae también el Salmo 101, con esos ojos de Dios puestos «en los fieles de la tierra». Somos, dice, ese objeto de atención.
La protección: Dios no te quita el valle
La segunda promesa arranca en el versículo cuatro y es, probablemente, el punto más contraintuitivo de toda la reflexión. «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo».
Varela desmonta la lectura fácil con una pregunta retórica: ¿no temeremos porque el Señor nos va a quitar el valle de sombra de muerte? «Pues va a ser que no». La razón por la que no hay temor no es la ausencia del valle, sino la presencia de quien lo cruza contigo. «Este versículo ya nos advierte de una realidad donde no se nos va a librar del valle de sombra de muerte, pero Dios se compromete a tomarnos de la mano y pasar ese valle con nosotros».
Y se compromete a dos cosas, no a una: a atravesarlo de la mano y a enseñar algo en el tránsito. De ahí la conclusión que sostiene todo el bloque: «el sufrimiento en la vida cristiana nunca es gratuito. Siempre tiene un valor pedagógico y terapéutico. Dios sana heridas en los valles de sombra».
Lo confirma con el Salmo 84 y con una preposición que lo decide todo: bienaventurado el hombre que, «atravesando el valle de lágrimas, lo cambia en fuente». Atravesando —insiste—, no bordeando.
«No se nos va a librar del valle de sombra de muerte, pero Dios se compromete a tomarnos de la mano y pasar ese valle con nosotros. Esa es su protección.»
La vara y el cayado: justicia y misericordia
«Tu vara y tu cayado me infundirán aliento». Varela separa los dos objetos porque significan cosas distintas: la vara se asocia con la disciplina; el cayado, con la guía, el apoyo y la misericordia.
El par le sirve para formular lo que llama la disciplina amante: Dios aplica justicia, pero en todos los casos y al mismo tiempo aplica misericordia. «Es una disciplina no para castigarnos, sino para enseñarnos, siempre, en todos los casos». La referencia obligada es Romanos 6:23: la paga del pecado es muerte, pero el regalo de Dios es vida eterna en Cristo Jesús. La ley y la misericordia van juntas.
La protección se remata en el versículo cinco, con esa mesa aderezada en presencia de los angustiadores. Y Varela se detiene en el verbo: aderezar es preparar una cena especial con toda su liturgia —los platos, las servilletas, las copas del agua y del vino— y poner al final la guinda que le da el toque. «Habla de un cuidado hasta el más mínimo detalle de nuestras vidas».
La permanencia: lo que nos aguarda
La tercera promesa cierra el salmo: «Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días». Es la promesa de la permanencia, y Varela la lee contra el reloj de nuestro tiempo.
«Vivimos tiempos donde la esperanza brilla por su ausencia», había advertido al principio, en una sociedad cortoplacista que quiere vivir el presente y vivirlo deprisa porque el futuro se presenta incierto: el viejo «comamos y bebamos, que mañana moriremos». Frente a eso, dice, «la palabra nos ancla, nos arraiga en las verdades eternas, las que siempre permanecen».
El texto que sella la reflexión es 2 Corintios 4:17: «esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria». Pablo, apunta el Pr. Lucho en la conversación, no hablaba desde la metáfora poética: sabía perfectamente de qué se trataba. «¿Qué sería de nosotros si no existiera la esperanza de un futuro mejor que nos aguarda?», cierra Varela. «Es el final de nuestra historia».
Referencias
- Salmo 23 (RVR1960) — texto base de toda la reflexión: provisión (vv. 1-3), protección (vv. 4-5) y permanencia (v. 6).
- Proverbios 30:8 (RVR1960): «Vanidad y palabra mentirosa aparta de mí; no me des pobreza ni riquezas; manténme del pan necesario». Localizado en directo por el Pr. Lucho durante la entrevista.
- Salmo 84:5-6 (RVR1960): «Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas… Atravesando el valle de lágrimas lo cambian en fuente».
- Salmo 101:6 (RVR1960): «Mis ojos pondré en los fieles de la tierra, para que estén conmigo».
- Romanos 6:23 (RVR1960): «Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro».
- 2 Corintios 4:17 (RVR1960): «Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria».
- La canción evocada por Juan Varela a propósito de los delicados pastos se asocia habitualmente al repertorio de Marcos Vidal, citado de memoria durante la conversación.
- Ministerios Juan Varela — Instituto de Formación Familiar (INFFA): ministeriojuanvarela.es (conferencias matrimoniales, escuelas de padres, consejería online y cursos de formación).
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Temas Salmo 23 · Esperanza · Juan Varela · Provisión · Sufrimiento · El pulso de la vida
Sobre el autorJuan Varela es fundador y director nacional del Instituto de Formación Familiar (INFFA) y presidente del Centro de Orientación y Mediación Familiar COMEFA, en Sevilla. Diplomado en Teología por el IBSTE y titulado por el SETEHO (Honduras), cursó posgrados en Intervención Sistémica Familiar (Centro KINE), Intervención en Trastornos Sexuales (Centro Carpe Diem) y Mediación Familiar por la Universidad de Sevilla. Ha sido pastor en Palma de Mallorca, copastor en Zaragoza y misionero en Honduras, y dirigió en España el programa De Familia a Familia de Agape (2007-2011). En Editorial Clie ha publicado Tu matrimonio sí importa, Tus hijos sí importan, Tu identidad sí importa, El culto cristiano y La homosexualidad: pastoral de la atracción al mismo sexo. Junto a su esposa, María del Mar Molina, imparte conferencias sobre matrimonio y familia en España, Latinoamérica y Estados Unidos.