La palabra con la que Hubble y Lemaître describieron en 1929 la separación de las galaxias no entró en el diccionario castellano hasta 1787. Pero el Génesis la usa desde su primer capítulo, y su primera frase contiene los cinco conceptos con los que Herbert Spencer resumió toda la ciencia.
La ciencia que estudia el origen de las palabras, su significado y cómo se han establecido a lo largo del tiempo es la etimología. Palabras como madre o Dios tienen registros tan antiguos como 6.000 y 3.500 años, respectivamente. En cambio, el vocablo expansión es mucho más reciente. Al menos en castellano, no fue hasta 1787 cuando se incluyó en el Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana, escrito por el jesuita español Esteban de Terreros y Pando.
Ideas clave
- «Expansión» entra en el diccionario castellano en 1787 y en la cosmología en 1929; el Génesis llama así a los cielos desde su primer capítulo.
- La palabra hebrea «rakia» procede de «raka»: martillar un metal para estirarlo, como un herrero sobre el yunque.
- Los quince codos de agua del Diluvio son la mitad de los treinta codos de alto del arca: justo el calado que necesitaba para flotar sin encallar.
- Spencer resumió toda la ciencia en cinco conceptos: tiempo, acción, fuerza, espacio y materia. Génesis 1:1 los contiene en su primera frase.
La palabra que Hubble y Lemaître eligieron en 1929
En 1929 —es decir, hace relativamente poco tiempo para la escala humana— fue la palabra que encontraron el astrónomo Edwin Hubble y el sacerdote y profesor de física Georges Lemaître para describir un hecho que hoy no discute ningún astrónomo o físico serio: la separación de las grandes estructuras del universo.
Las galaxias y los cúmulos galácticos, que por un lado mantienen unidas sus estrellas por medio de la gravedad, se están separando entre sí. Y a mayor velocidad cuanto más lejos están unos de otros. Existen supercúmulos de galaxias y no se descarta que existan hipercúmulos, o sea, grupos de millones de conjuntos, a su vez con millones de galaxias. Estas, por supuesto, compuestas de unos pocos millones de estrellas en el caso de las galaxias enanas, y de más de diez billones las más grandes. Recordemos que un billón es un millón de millones.
Pero dejando de lado estas magnitudes, demasiado grandes para la capacidad humana, lo que se admite masivamente es la separación acelerada de las galaxias, a mayor velocidad cuanto más lejos distan entre sí. Como si una fuerza o materia desconocida fuera rellenando el espacio existente entre ellas: lo que se ha dado en llamar energía oscura.

Las aguas de arriba y las aguas de abajo
Todo este preámbulo viene a cuento porque este conocimiento se tiene desde hace poco tiempo, pero ya el primer capítulo del Génesis, en el versículo 6, escrito probablemente unos mil años antes de Cristo, nos habla de la expansión: nos explica la separación entre las aguas, las que estaban arriba y las que estaban debajo de la expansión. No parece referirse a los mares ni a los ríos, sino a otras aguas; tal vez las que fueron capaces de cubrir la Tierra con «quince codos por encima de los montes» durante el Diluvio universal. Expansión es el nombre con el que se llama a los cielos, según el versículo 8.

«Rakia»: el martillo del herrero
En hebreo antiguo, la palabra rakia es la que corresponde a expansión. Procede del verbo raka, con el que se designa el acto de martillar un metal para estirarlo; algo así como cuando un herrero martillea una plancha de metal sobre un yunque para expandirla, como si quisiera obtener una cúpula o bóveda para cubrir algo.
Los antiguos, obviamente, pensaban que la superficie terrestre era plana y que por encima una gran bóveda, o domo, o calota —es decir, una estructura semihemisférica— cubría la tierra y sostenía de alguna forma el sol, la luna y esas otras lucecitas distantes que se movían según avanzaban los días y las noches. Pensarían tal vez que tuviera puertas que se hubieran abierto durante el Diluvio, porque el primer libro del Antiguo Testamento dice que ese día, el día 17 del mes segundo —es decir, de abril: si noviembre es el noveno mes y septiembre el séptimo, abril debe de ser el segundo—, se rompieron todas las fuentes del gran abismo y se abrieron las compuertas de los cielos, y cayeron a la tierra las aguas que estaban por encima de la expansión.
Supongo que el autor encontró esa explicación para describir esas terribles, torrenciales lluvias, capaces de cubrir toda la superficie terrestre con quince codos de agua, un poco más de seis metros. Se me ocurre que Moisés pensaría en algo así como el techo del estadio del Real Madrid, que puede descubrir o tapar el campo según sea necesario.
Dijimos antes: las aguas que estaban arriba y debajo de la expansión. Los textos védicos, los más antiguos de la India, hablan del Diluvio y lo describen devastador en gran manera, porque el agua no venía de las nubes que todos vemos, «sino de la creciente del océano que se encuentra en el fondo del universo», o algo así. Muy coincidente con lo que está escrito: «fueron rotas todas las fuentes del grande abismo, y las cataratas de los cielos fueron abiertas».
Por cierto, no es casual que fueran quince codos de agua. Está escrito que el arca debía tener treinta codos de alto; por tanto, al flotar, la quilla se hundiría quince. Si hubiera menos agua, el fondo del arca podría impactar contra una roca capaz de abrirla y hacerla naufragar.

Si se pudiera retroceder en el tiempo
Pero volvamos al tema que nos ocupa: la expansión. La descripción de este fenómeno, que se atribuye a Hubble y, un poco antes, a Lemaître, es una explicación que se acepta universalmente en el campo de la astronomía y la cosmología. Es un paradigma; es decir, un conjunto de ideas o de teorías en el que hay consenso unánime entre los cosmólogos y los astrónomos.
Y si no hay dudas de que hay un movimiento expansivo, tampoco puede haberlas de que, si se pudiera retroceder en el tiempo, toda la materia que ahora se está separando se iría concentrando hasta llegar a un punto. Desde el cual se inicia, o principia, el estado actual del universo que nos rodea.
Principio es la forma en que comienza este libro llamado Biblia: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra».
Es difícil cuantificar el porcentaje de científicos creyentes, pero es probable que más de la mitad de ellos se declaren ateos y, de alguna forma, insistan en tratar de demostrar la inexistencia de un Ser creador. Que, curiosamente, en esa especie de «manual de instrucciones» que nos dejó a la humanidad empieza con esa afirmación tan precisa.

Los cinco pilares de Herbert Spencer
Un gran hombre de ciencia del siglo XIX, un verdadero polímata —es decir, con gran nivel en varios campos del conocimiento científico—, fue Herbert Spencer. Era inglés; antropólogo, sociólogo, filósofo. Era psicólogo también. Un gran pensador, digamos.
Este hombre, después de toda una vida dedicada al estudio y de publicar varios libros, concluyó que toda la ciencia, todo el conocimiento conseguido por la humanidad, podía de alguna manera resumirse en cinco pilares o conceptos básicos: tiempo, acción, fuerza, espacio y materia. Y de esos, el principal era la fuerza.
El resumen de toda una vida dedicada a aprender fue esa conclusión. Si pensó que fue un gran logro, o si pensara que inventó algo con esa idea, qué lástima que alguien no le avisara de que eso ya estaba escrito muchos años atrás. Unos 3.000 años antes, un pastor llamado Moisés escribió el libro del Génesis, que empieza diciendo: «En el principio (tiempo), creó (acción) Dios (fuerza), los cielos (espacio) y la tierra (materia)». Convengamos que un libro como la Biblia, que no es un libro normal, merecía un comienzo contundente como ese.
«En el principio (tiempo), creó (acción) Dios (fuerza), los cielos (espacio) y la tierra (materia)»
El principio de los principios
Qué curioso también que en uno de sus libros el propio Spencer diga, al hablar de estos temas (Primeros principios, segunda parte, capítulo III, 50): «Llegamos, por último, a la Fuerza, el principio de los principios. Aunque los conceptos de Tiempo, Espacio, Materia y Movimiento sean todos, en apariencia, datos necesarios del entendimiento…». Si no entiendo mal, viene a decir en este capítulo que, en última instancia, tiempo, espacio, materia y acción dependen del concepto fuerza, es decir, energía.
La energía lumínica del sol se transforma en materia, en forma de árboles, por ejemplo. Y según el primer principio de la termodinámica no es posible la acción —es decir, el movimiento— sin energía. Cualquier cambio físico requiere asimismo energía. Sin ella no podría haber ocurrido el Big Bang, que de momento parece ser la mejor de las teorías para explicar el origen del universo. No existían ni el espacio ni el tiempo antes de que actuara la energía, o sea, la fuerza propuesta por Spencer. Antes de que fueran creados, que eso es lo que hace un Creador. Existiendo espacio y tiempo, y fundamentalmente energía, pudo existir la expansión.
Qué curioso, decía, que Spencer, que sería ateo o agnóstico al menos, y que defendía las teorías de Darwin, para quien no hacía falta un Dios creador, en su libro se refiriera al concepto Fuerza —que, como se ha visto, equivale a energía— nada menos que como el principio de los principios. Pues sí: en eso los creyentes estamos totalmente de acuerdo.
Referencias
- Génesis 1:1 y 1:6-8 (RVR1960): «Haya expansión en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas» y «llamó Dios a la expansión Cielos».
- Génesis 6:15; 7:11 y 7:20 (RVR1960): las medidas del arca (treinta codos de alto), la apertura de «las cataratas de los cielos» el día diecisiete del mes segundo y las aguas «quince codos más alto» que los montes.
- Esteban de Terreros y Pando, Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana, Madrid, 1786-1793 (la voz «expansión», en el tomo II, de 1787).
- Edwin Hubble, «A Relation between Distance and Radial Velocity among Extra-Galactic Nebulae», Proceedings of the National Academy of Sciences 15 (1929); Georges Lemaître, «Un univers homogène de masse constante et de rayon croissant», Annales de la Société Scientifique de Bruxelles 47 (1927).
- Herbert Spencer, First Principles (1862); traducción española Primeros principios, parte II, capítulo III, § 50: «la Fuerza, el principio de los principios».
- El relato védico del diluvio (la historia de Manu y el pez, Śatapatha Brāhmaṇa I, 8, 1), citado por el autor de forma aproximada.
- Primer principio de la termodinámica (conservación de la energía).
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Sobre el autorVicente Herrera Cabrera (Santa Cruz, Argentina, 1963) es médico cirujano, licenciado por la Universidad Nacional del Nordeste (Corrientes). Radicado en España desde 1997, ha trabajado como cirujano en la sanidad privada y, desde 2002, también en la pública. Actualmente es adjunto en un hospital público de Madrid, con especial dedicación a la cirugía hepatobiliopancreática. Colabora de forma esporádica en El Pulso de la Vida, en Dynamis Radio.