Estados Unidos a los 250 años: herencia puritana y decadencia | César Vidal

Entrevista · César Vidal

En 1776 la democracia llevaba más de dos mil años desacreditada y la monarquía parecía el orden natural del mundo. El historiador reconstruye para El pulso de la vida por qué el nacimiento de Estados Unidos pareció una locura, qué papel jugaron los puritanos y por qué cree que aquel impulso se está agotando.

Estados Unidos a los 250 años: herencia puritana y decadencia | César Vidal
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Estados Unidos cumple 250 años y César Vidal no se apunta a la celebración sin más. Al otro lado de la línea, desde Washington, el historiador acepta la propuesta del Dr. Pedro Tarquis de empezar por el principio —«la parte histórica»— y lo que sale es una reconstrucción incómoda: la de un país cuyo nacimiento fue, en su momento, un disparate sin precedentes, y cuyo aniversario le pilla, sostiene, en plena disyuntiva.

Ideas clave

  • En 1776 la democracia llevaba desacreditada desde el siglo V a. C.: la república y la separación de poderes parecieron entonces un experimento de locos.
  • En Inglaterra llamaron a la independencia «la rebelión presbiteriana», y Jorge III culpó de todo a los puritanos.
  • Más de dos tercios de los tres millones de habitantes de 1776 eran reformados de orientación puritana. La presencia católica era prácticamente nula.
  • La separación de poderes nace de un pasaje de Jeremías: si el corazón del hombre es engañoso, ningún poder puede ser absoluto.
  • Norte y sur difieren en la visión del trabajo. Los denunciantes de Colón coincidían en una queja: pretendía que trabajaran.
  • Sin cosmovisión bíblica, advirtió un padre fundador, la Constitución defiende las libertades como una red de pescador frente a una ballena.

Un experimento que parecía cosa de locos

Vidal no exagera el rango del acontecimiento —«yo no voy a decir que es el más importante, porque creo que eso sería un tanto exagerado»—, pero sí lo sitúa entre los más relevantes de la historia contemporánea. Y explica por qué con tres sorpresas encadenadas.

La primera: la democracia. Cuesta creerlo hoy, cuando salvo China hasta las dictaduras se presentan como democracias, pero el sistema llevaba desacreditado desde el siglo V a. C. Autores clásicos como Jenofonte, Platón o Aristófanes «echaban pestes de la democracia», decían que había degenerado y que había desaparecido para bien. Y desaparece, en efecto, hasta 1776. Lo más parecido que existía —la Inglaterra posterior a las revoluciones puritanas— eran regímenes parlamentarios, no democráticos.

La segunda: la forma de estado republicana, en un mundo donde a finales del siglo XVIII la monarquía parecía el orden natural en todas partes. Y la tercera, «para terminarlo de arreglar», la insistencia en la separación de poderes: los checks and balances, frenos y contrapesos. Para Vidal el principio es categórico: cualquier sistema sin separación de poderes, se defina como se defina, «no pasa de ser una forma de despotismo».

El Independence Hall de Filadelfia, con su torre del reloj, entre los rascacielos de la ciudad actual
El Independence Hall de Filadelfia. En Inglaterra llamaron a lo que allí ocurrió «la rebelión presbiteriana», y el rey Jorge III culpó de todo a los puritanos.

«La rebelión presbiteriana»

En Inglaterra la reacción fue inmediata y tuvo culpables con nombre: los puritanos, y en especial los presbiterianos. Allí la guerra de independencia se conoció como la rebelión presbiteriana.

El primer ministro de entonces, Robert Walpole, lo formuló con una imagen doméstica que hizo fortuna: la prima América se había ido con un pretendiente presbiteriano. Y el propio rey Jorge III culpó de todo a los puritanos. El conflicto se identificó desde el primer momento con una visión espiritual concreta, «de carácter protestante, pero muy reformado».

Edificio histórico del campus de la Universidad de Harvard entre árboles desnudos
Harvard, fundada por puritanos en 1636. «Yale y Harvard se disputan cada año ser la primera y la segunda universidad del mundo», subraya Vidal.

Sin los puritanos no se entiende el país

«Estados Unidos es incomprensible sin los puritanos», resume Vidal, que considera que negarlo responde «a intereses que son más ideológicos que históricos». Y lo apuntala con una lista.

Puritanos fueron el primer gobernador de Massachusetts, John Endicott, y el segundo, John Winthrop. Puritano fue el fundador de Connecticut, Thomas Hooker, y el de New Haven, John Davenport. Los que no eran puritanos solían ser protestantes de otros grupos: William Penn, cuáquero, funda Pensilvania y la ciudad de Filadelfia —nombre con resonancias del Nuevo Testamento: amor fraternal—; Roger Williams, pastor bautista, funda Rhode Island buscando una libertad de conciencia absoluta y sin limitaciones.

Son también los puritanos quienes crean las primeras universidades: Harvard en 1636, Yale, Princeton. Vidal traza aquí un contraste que le importa: aquellas universidades siguen encabezando los rankings mundiales, mientras que las fundadas por España y Portugal al sur del río Grande, aun siendo anteriores, tienen hoy una importancia científica «limitadísima».

Y luego está la demografía. En 1776 había unos tres millones de habitantes en lo que sería Estados Unidos. De ellos, 900.000 eran puritanos de origen escocés; unos 600.000, puritanos de origen inglés; y otro medio millón, protestantes reformados de origen holandés, alemán o francés con la misma teología. Más de dos terceras partes de la población era reformada de orientación puritana. Los anglicanos —caso de Washington— se regían por los 39 artículos, documento de carácter reformado. Y la presencia católica era «prácticamente nula»: había algunos católicos en Maryland, colonia creada por la corona inglesa precisamente para ellos, pero no muchos quisieron ir.

Pergamino enrollado con el encabezamiento «We the People» sobre una tela con los colores de la bandera estadounidense
«La misma constitución de los Estados Unidos es una constitución muy influida por la forma de gobierno de la Iglesia Presbiteriana».

Una constitución con forma de iglesia presbiteriana

La influencia llega hasta los documentos fundacionales. La declaración de independencia de Jefferson —«un documento histórico de una importancia enorme», dice Vidal, porque vincula los derechos inalienables a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad directamente a Dios y no a la concesión humana— está inspirada, señala, en una declaración previa de factura puritana: la declaración de Mecklenburg.

La propia Constitución está «muy influida por la forma de gobierno de la Iglesia Presbiteriana». No es una copia exacta, matiza, pero sí muy similar en cuanto a la separación de poderes. La razón es teológica antes que política: lo que los puritanos querían evitar era un despotismo eclesial como el que veían en la Iglesia Católica y como el que podía producirse en la Anglicana por su orden episcopal. Al intentar reproducir un modelo del Nuevo Testamento, «lo que les sale es un sistema de división de poderes».

El corazón engañoso de Jeremías

Hacia 2017 o 2018, ya instalado definitivamente en Estados Unidos, Vidal releyó la correspondencia de los padres fundadores. No en partes, como había hecho antes, sino seguida y comparándola a la vez. «Ves muchas relaciones que se te escapan si lo que has estado leyendo es a Jefferson, o a Washington, o a Paine». Dos cosas le llamaron la atención.

La primera: aquella gente conocía la Biblia magníficamente. La citaban continuamente entre ellos, y la citaban «como el que sabe que el otro entiende la referencia». No pasajes de sabiduría popular, sino un conocimiento de las Escrituras más que medio. «Esto hoy en día es impensable entre los políticos de cualquier parte del mundo».

La segunda es la que explica el sistema entero. Uno de los pasajes que más se repite en esa correspondencia es el del profeta Jeremías sobre el corazón del hombre, que es engañoso y que tiende a engañar y a engañarse a sí mismo. La conclusión a la que llegan todos, explica Vidal, es que si el ser humano es una especie caída no solo individual sino colectivamente, «hay que crear un sistema en el que no pueda existir un poder absoluto, porque como exista un poder absoluto estamos fritos». De ahí que ni el presidente pueda declarar la guerra o firmar la paz: eso corresponde a la representación popular del legislativo.

Norte y sur: dos modelos, dos consecuencias

Tarquis le pone la objeción habitual: frente al mestizaje del catolicismo en Hispanoamérica, en el norte se usurpó el territorio de los indios y se les recluyó en reservas. Vidal responde que eso «es un disparate que los primeros que lo niegan son los hispanoamericanos», y desmonta lo que llama la leyenda dorada.

Sobre el mestizaje: no deriva de españoles deseosos de mezclar su sangre, «es todo lo contrario». Una de las primeras cosas que implantan es el estatuto de limpieza de sangre, que ya existía en España y que en América se hace extensivo a la sangre negra e india. Que hubo hijos mestizos es indudable, dice, pero uno de los grandes dramas de la conquista son «las violaciones masivas de indias» y su reducción a siervas, con el silencio del clero católico sobre el tema —silencio reconocido, apunta, incluso por autores católicos hispanoamericanos—.

Sobre la esclavitud: llega a América con los españoles, y uno de los que la defiende para los africanos es Bartolomé de las Casas, gran defensor de los indígenas que sin embargo concluyó que, muriendo los indios a ese ritmo, había que traer esclavos negros. Pudo hacerse porque desde el siglo XV la Iglesia católica lo había legitimado mediante bulas papales, primero en favor de los reyes de Portugal. «Me río cada vez que oigo que los reyes católicos abolieron la esclavitud», dice: España y Portugal fueron los primeros en traerla y los últimos países occidentales en abolirla. Y añade un dato que cree que explica el silencio español al respecto: quienes intentaron abolirla desde inicios del XIX fueron mayoritariamente protestantes y masones.

Sobre los indios: en el norte, los puritanos y cuáqueros inicialmente compran las tierras. Aunque Carlos II de Inglaterra le había entregado Pensilvania, William Penn se la compró a los indios; hubo ingleses que no lo entendieron, y él insistió en que un monarca europeo no podía disponer de esas tierras. Manhattan también se compra. Vidal no idealiza lo posterior —reconoce abusos en el desplazamiento de las tribus hacia el oeste tras la guerra civil—, pero subraya que los acuerdos se firmaron como tratados internacionales que hoy siguen sujetos al derecho internacional: las reservas son autónomas, no pagan impuestos, y cuando alguien intenta quebrantar esos tratados el Tribunal Supremo da la razón a los indios «de manera innegable».

En el sur, en cambio, el modelo exige la explotación. La encomienda, dice, «no es nada más que una forma de esclavitud» en virtud de la cual el indígena queda adscrito a la tierra y obligado a ser explotado por el conquistador, que a cambio se compromete a que aprenda el catecismo. El trauma fue enorme: la población incaica del Perú se reduce un 90% en el primer siglo. Y lo documentan los propios cronistas españoles, que cuentan cómo se sabía que uno se acercaba a una población porque empezaba a ver indios ahorcados en los árboles: indios que se habían suicidado.

«Para trabajar nos habíamos quedado en España»

Detrás de los dos modelos hay, para Vidal, dos visiones del trabajo, y ahí está la consecuencia más duradera. Los que llegan en el Mayflower quieren construir una sociedad: cultivan la tierra, levantan escuelas, atienden caminos. Es una colonización real. El sistema español es de explotación del terreno, prolongación de los últimos siglos de la reconquista: tomar tierras, repartirlas entre los conquistadores y someter a la población que hay dentro.

La prueba la encuentra en dos fuentes. Bernal Díaz del Castillo, en su relato de la conquista de México —«un libro maravilloso»—, empieza diciendo que ellos no van a América como los puritanos, buscando libertad religiosa y de conciencia: van «en busca del oro y de la gloria». Nadie lo niega, apunta Vidal, porque entonces era lo normal.

La segunda es el proceso contra Cristóbal Colón, que Vidal releyó hace unos años y le pareció «muy luminoso». Los denunciantes se quejaban de cosas diversas: que Colón era un ladrón, un déspota, un nepotista que colocaba a toda su familia. Pero hay una acusación en la que coinciden todos: Colón pretende que trabajen. «Nosotros hemos venido a las Indias para que nos repartan un conjunto de indios, para que nos repartan unas tierras y para vivir de esto. Para trabajar nos habíamos quedado en España». De ahí, dice, viene también la idea de que el poder político es algo que se conquista para repartir. «Y eso sigue siendo una realidad en Hispanoamérica».

La red de pescador y la ballena

Tarquis lleva la conversación al presente: las leyes no han cambiado de manera significativa, pero la cultura sí. ¿Qué ha pasado y hacia dónde va el país en este aniversario?

Vidal sostiene que el modelo de los padres fundadores «es modélico, valga la redundancia», pero que se ha ido erosionando. Y recupera para explicarlo un escrito «tremendamente revelador» de uno de ellos: la constitución que hemos hecho está muy bien, seguramente es la mejor que se puede escribir; pero si el pueblo para el que es esa constitución no conserva los principios bíblicos, no vive de acuerdo a esa cosmovisión, entonces a la hora de defender las libertades sería tan inútil como una red de pescador embestida por una ballena.

«Los textos legales no son mágicos», remacha, aunque haya pueblos —«el español, o los hispanos en general»— que parecen atribuirles un poder casi mágico, como si aprobar una ley solucionara el problema de manera automática. Los padres fundadores, dice, eran mucho más realistas: sabían que si el país —«el paisaje, pero también el paisanaje»— no era el adecuado, el sistema no podía sobrevivir. La misma jurisprudencia del Tribunal Supremo insistió durante décadas en que el país podía conservar su sistema si seguía basándose en la Biblia. Y que si no, no había nada que hacer.

«Si el pueblo no vive de acuerdo a esa cosmovisión bíblica, la constitución, a la hora de defender las libertades, sería tan inútil como una red de pescador que fuera embestida por una ballena.»
César Vidal

La disyuntiva de los 250 años

El cierre es un juicio duro sobre la celebración. Frente al «discurso triunfalista» del 4 de julio —nunca hemos sido más fuertes, nunca hemos tenido un ejército más grande—, Vidal replica que ese análisis «no es real»: niega las situaciones que el país tiene que corregir y pasa por alto las verdaderas necesidades del pueblo americano.

Rechaza además los dos ejes de ese discurso. Ni las guerras están «entre los grandes aportes de Estados Unidos al acervo común de la humanidad», ni el mayor peligro que afronta hoy la sociedad americana es el comunismo: «eso es una ridiculez». Y contrapone el discurso de despedida de Washington, donde el primer presidente advertía de que el país no debía estar jamás en alianzas militares permanentes, sino llevarse bien con todo el mundo, comerciar con todo el mundo y mantener relaciones pacíficas. Si ese discurso sensato es sustituido por uno cada vez más armamentista, y si la división de poderes es sustituida por una cúpula que vigila y fiscaliza a la población, «pues vamos muy mal».

La salida que ve pasa por «un proceso de regeneración nacional que vuelva efectivamente al pensamiento de los padres fundadores, que estaba enraizado muy profundamente en los principios bíblicos». Si no, avisa, la decadencia moral seguirá acentuándose —«se puede desmentir cuando ves las cifras macroeconómicas», concede— y cualquiera que conozca las Escrituras y la manera en que Dios actúa en la historia «tiene que darse cuenta de que si no se produce ese arrepentimiento y se vuelve hacia Dios, esto va a acabar de mala manera».

Referencias

  • Jeremías 17:9 (RVR1960): «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?». Pasaje recurrente en la correspondencia de los padres fundadores según el análisis de Vidal.
  • Declaración de Independencia de los Estados Unidos (4 de julio de 1776), redactada por Thomas Jefferson.
  • Declaración de Mecklenburg (Carolina del Norte, mayo de 1775) — documento de factura puritana que Vidal señala como inspiración previa de la Declaración de Independencia. Su autenticidad y datación son objeto de debate historiográfico desde el siglo XIX.
  • Discurso de despedida de George Washington (Farewell Address, 1796), con la advertencia contra las alianzas permanentes.
  • Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (c. 1568).
  • Bartolomé de las Casas, Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552). Su posición inicial favorable a la importación de esclavos africanos, de la que después se retractó, está documentada en su Historia de las Indias.
  • Bulas papales sobre la esclavitud africana: Dum Diversas (1452) y Romanus Pontifex (1455), de Nicolás V, en favor de la corona de Portugal.
  • Emmanuel Todd, historiador y antropólogo francés, autor de La derrota de Occidente (2024), citado por Vidal en su diagnóstico sobre la decadencia estadounidense.
  • Los 39 artículos de religión (1571), documento doctrinal de la Iglesia de Inglaterra de carácter reformado, aludido a propósito del anglicanismo de Washington.
  • Fundaciones citadas: Harvard (1636), Yale (1701) y Princeton (1746); William Penn y la Charter of Pennsylvania (1681); Roger Williams y la fundación de Providence, Rhode Island (1636).

Temas  Estados Unidos · Puritanos · César Vidal · Historia · Reforma protestante · El pulso de la vida

César Vidal

Sobre el autorCésar Vidal (Madrid, 1958) es historiador, escritor y comunicador, residente en Estados Unidos desde 2013. Licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, se doctoró en Historia por la UNED con premio extraordinario, con una tesis sobre el judeocristianismo en la Palestina del siglo I, y más tarde en Derecho por la Universidad Alfonso X el Sabio. Es académico correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española desde 2015 y autor de más de un centenar de libros, varios de ellos premiados y traducidos a distintos idiomas, especializados en historia de las religiones y en el estudio de los regímenes totalitarios. Cada semana conversa en El pulso de la vida con el Dr. Pedro Tarquis.

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