El darwinismo supone que las solas leyes naturales son una especie de genio todopoderoso, parecido al de la lámpara de Aladino, capaz de convertir los átomos en peces, robles, caballos o personas con tal de que disponga del tiempo suficiente.
¿Qué pueden y qué no pueden hacer las leyes de la naturaleza por sí solas? ¿Existe algún límite que no puedan traspasar? En su artículo Monos con una máquina de escribir, publicado en Protestante Digital y replicado por Evangélico Digital, el biólogo y teólogo Antonio Cruz plantea una cuestión que considera fundamental para la ciencia: si esas limitaciones existen, podrían poner en cuestión la cosmovisión científica dominante.
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El diseño humano y las fuerzas ciegas no son lo mismo
Suele aceptarse que, igual que el ser humano es capaz de diseñar una tecnología sofisticada, la naturaleza no guiada también podría elaborar diseños altamente complejos si dispone del tiempo necesario. Cruz subraya, sin embargo, que las producciones de las criaturas inteligentes y lo que las leyes del cosmos generan por sí mismas son dos cosas absolutamente distintas, que no admiten comparación.
En apenas diez milenios, gracias a su inteligencia y a su capacidad para manipular materiales y fabricar herramientas, el hombre ha levantado toda una civilización técnica. La naturaleza, en cambio, dispone de muy pocas opciones: los átomos de unos noventa elementos químicos y fuerzas como la electromagnética, que atrae las cargas opuestas y repele las del mismo signo. Una herramienta útil, pero insuficiente. Si esas fuerzas ciegas pudieran ensamblar átomos hasta formar un cerebro humano, ¿por qué no han producido nunca algo mucho más simple, como un ordenador portátil?
«La casualidad habría dado lugar al orden; la materia muerta, a la viva; y las cargas eléctricas de los átomos, a la ciencia humana.»
La naturaleza tiene límites infranqueables
El argumento se apoya en un dato verificable: desde el origen del universo solo se han formado 94 elementos químicos naturales. Es todo lo que las leyes de la física han permitido. Por muchos millones de años que pasen, no surgirá de forma natural un elemento con 200 protones ni un isótopo del carbono con 50 neutrones. El ser humano ha logrado sintetizar de manera artificial unos 28 elementos nuevos, pero precisamente gracias a un importante diseño inteligente.
La naturaleza, concluye Cruz, no produce nada radicalmente nuevo: solo más de lo mismo, condicionada por las leyes físicas que la rigen. Y la propia ciencia humana topa con barreras igual de firmes cuando pretende explicar de forma natural el origen del cosmos, el de las constantes universales que permiten la vida o el de la inteligencia humana.
Un millón de monos y el Quijote
En 1913, el matemático y político francés Émile Borel escribió que, si un millón de monos mecanografiaran diez horas al día sin parar, sería extremadamente improbable que llegaran a escribir algo como el Hamlet de Shakespeare —o, en español, el Quijote de Cervantes—. Aun ignorando puntuación, espacios y mayúsculas, la probabilidad de acertar la primera letra entre las 27 del alfabeto es de 1 entre 27; la segunda, de 1 entre 729; y acertar las primeras veinte, de 1 entre 27 elevado a 20: casi lo mismo que ganar cuatro veces seguidas el Gordo de Navidad.
El matemático y filósofo Gian-Carlo Rota lo expresó en el mismo sentido: aunque el mono pulsara una tecla cada nanosegundo, el tiempo necesario para escribir Hamlet sería tan enorme que la edad estimada del universo resultaría insignificante en comparación. No es, desde luego, un buen método para escribir libros.
La alternativa del diseño inteligente
Frente a la confianza en el azar y en unas leyes impersonales, Cruz defiende que el diseño inteligente resulta un argumento mucho más lógico, sobre todo si se tienen en cuenta los límites de lo que esas leyes son realmente capaces de hacer. La idea de que, con tiempo suficiente, cualquier cosa puede suceder de manera natural no es un descubrimiento científico irrefutable, sino una creencia indemostrable que la propia evidencia desmiente.
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