La defensa de Pablo (Hechos 22) – Ruta 66 con José de Segovia

La defensa de Pablo (Hechos 22) – Ruta 66 con José de Segovia

El Pulso

Podcast Ruta 66 · El pulso de la vida




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Ruta 66 con José de Segovia

José de Segovia recorre el capítulo 22 del libro de los Hechos —el segundo relato de la conversión de Saulo, esta vez en primera persona— y lo cruza con San Agustín, con la novela Vita Brevis de Jostein Gaarder y con el cine, para mostrar que Dios se especializa en los casos perdidos: convierte a sus mayores enemigos en sus mayores defensores.

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La defensa de Pablo (Hechos 22) – Ruta 66 con José de Segovia

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«No sé si te sientes un desastre, alguien sin remedio, un caso perdido.» Con esa sospecha arranca José de Segovia esta parada de Ruta 66, un recorrido por la cultura popular a la luz de los sesenta y seis libros de la Biblia. Y de esa sospecha nace la buena noticia del día: el Dios que se revela en la Escritura «está especializado en los casos perdidos», y su mayor delicia es convertir a los que maldicen el nombre de su Hijo en sus más firmes heraldos.

Ideas clave

  • Hechos 22 es el segundo de los tres relatos de la conversión de Pablo, aquí en primera persona: su «defensa» ante Jerusalén.
  • Segovia hermana a Pablo con San Agustín —vía la novela «Vita Brevis» de Gaarder y la película de Duguay— como dos enemigos convertidos en defensores.
  • El hilo es la gracia: no hallamos la verdad, sino que la Verdad —Cristo— nos encuentra, nos persigue y nos conquista.

El testimonio de un perseguidor

El ejemplo mayor es Saulo de Tarso, el que fue derribado camino de Damasco y acabó siendo el apóstol Pablo, principal portavoz del cristianismo en el Nuevo Testamento. En Hechos 22 lo encontramos hablando en arameo ante la multitud de Jerusalén, comenzando su defensa con las mismas palabras que había usado Esteban, el primer mártir de la fe, a cuya muerte él mismo asistió como testigo.

Es la tercera vez que el libro de los Hechos cuenta esta conversión: la primera, en tercera persona, está en el capítulo 9; esta y la de ante Agripa están en primera persona, de boca del propio Pablo. «Soy judío —dice—, nacido en Tarso de Cilicia, pero criado en esta ciudad, educado a los pies de Gamaliel conforme a la interpretación estricta de la ley». Fue tan celoso por Dios como sus oyentes: «perseguía este camino hasta la muerte, encadenando a hombres y mujeres para entregarlos a la cárcel».

Camino de Damasco

Cerca del mediodía, acercándose a la ciudad, una gran luz del cielo resplandece a su alrededor. Cae al suelo y escucha una voz: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». «¿Quién eres, Señor?», responde. «Yo soy Jesús el nazareno, a quien tú persigues». En Damasco, un hombre piadoso llamado Ananías le devuelve la vista y le da el encargo: «Levántate, bautízate y lava tus pecados invocando su nombre».

La lección, subraya Segovia, es evidente: «Nunca pienses que esa persona que conoces está demasiado lejos». La incomprensible gracia de Dios escoge precisamente a sus enemigos, a los más hostiles, para desbaratar nuestras ideas sobre quién está cerca y quién lejos de la fe. Historias como la de Pablo nos recuerdan que, para Dios, todo es posible.

San Agustín, por Philippe de Champaigne
San Agustín, por Philippe de Champaigne (h. 1645-1650): el rayo de la «Veritas» y el corazón en llamas.

Agustín y la mujer que no creía

De Tarso, Segovia salta a otra conversión que también sucede bajo el Imperio romano: la de San Agustín, en el siglo IV, en la época de Constantino. Lo hace de la mano de una novela del noruego Jostein Gaarder, Vita Brevis, escrita como la carta de la concubina a la que Agustín, según cuenta en las Confesiones, «despidió» camino de su conversión. Era una mujer a la que amó, con criterio propio, cuyo nombre él nunca reveló.

Gaarder la usa para mirar la fe desde fuera. En una entrevista con la periodista australiana Ramona Koval —judía, hija de supervivientes del Holocausto— el escritor confiesa creer en «una religión sin revelación»: Jesús le vale como maestro moral, como ética integrada en nuestras leyes, «pero no como Dios». No cree, dice, que el cuerpo de Jesús muriera y luego volviera a la vida. Es el escéptico moderno, cercano a la iglesia pero incapaz de compartir la experiencia de conversión del padre de la Iglesia.

La anatomía del pecado

Agustín pasa por ser quien más hondo ha mirado el pecado en toda la historia de la Iglesia. Para él, el pecado es «el mayor acto de libertad» del ser humano, la mayor manifestación del libre albedrío. Hace una radiografía del mal: reconoce que siempre se peca buscando un bien aparente, porque «el corazón tiene razones» —como dirá después Pascal— que la mente no alcanza. «Somos lo que amamos», resume el propio Agustín.

De ahí a lo que los reformadores llamarían depravación total: no que seamos como demonios incapaces de todo bien, sino que no hay una sola faceta de la vida humana que el mal no roce. Hasta nuestras mejores obras están mezcladas, manchadas. Los ladrones —pone por ejemplo— también son generosos entre ellos. No es tan fácil, entonces, discernir el bien del mal, ni siquiera en lo que parece más claramente inmoral.

La destrucción de un imperio, por Thomas Cole
«Destrucción», de la serie El curso del imperio de Thomas Cole (1836): la caída que hizo escribir a Agustín La Ciudad de Dios.

La Ciudad de Dios y la caída de Roma

El montaje se apoya también en la película para televisión que la RAI italiana produjo en 2010, dirigida por Christian Duguay, que arranca con Agustín contemplando el avance de los vándalos de Genserico y la ruina del ejército romano. Es el dilema de su otra gran obra, La Ciudad de Dios —cuyo título latino es «contra los paganos»—: veintidós libros escritos en la vejez para responder a la pregunta de por qué cae Roma.

Los romanos leyeron el saqueo como un castigo divino y lo achacaron a los cristianos, por haber prohibido el culto a los dioses. Agustín responde: los dioses de Roma no supieron proteger a sus fieles; fue el nombre de Cristo el que, en medio del horror, salvó incluso a los no cristianos. Ante el problema del mal, sostiene que los malvados sufren para corregirse y los buenos para afianzarse en el bien. La historia, como juega el inglés, no es our story, nuestra historia, sino his story, la Suya: una providencia soberana que no es fácil de discernir.

«Hablamos de Dios: ¿qué maravilla, si no puedes comprenderlo? Si lo comprendes, no es Dios.»

San Agustín de Hipona

La verdad que nos encuentra

Toda la pieza converge en una escena: la del joven Agustín, aún seguidor de Mani, presentado ante el obispo Ambrosio de Milán. «Me pregunto dónde estará la verdad —dice— o si el hombre puede encontrarla». Y Ambrosio responde: «No, Agustín. El hombre no encuentra la verdad. Debe permitir que la verdad le encuentre a él».

Ahí está, dice Segovia, lo mismo que cuenta Pablo en su defensa. No llegamos a la verdad por nuestra búsqueda, nuestro viaje o nuestra investigación; es ella la que nos encuentra —y esa verdad, en el Evangelio, es Jesucristo mismo—. El «corazón inquieto» de Agustín no descansa hasta hallar aquello que ama; y sin embargo, «si lo comprendes, no es Dios». No pensemos que alguien está tan lejos de la gracia que no pueda alcanzarle: «esa gracia nos persigue, esa gracia nos persuade, esa gracia finalmente nos conquista, porque es el amor de Dios en Cristo Jesús».

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