URIAS HETEO

Estudio Bíblico sobre este valiente. 

Urias heteo era uno de los valientes del rey David (2ª Sm. 23:39) tanto él como Eliham, el padre de su mujer Betsabé son nombrados por la Palabra de Dios como escogidos guerreros a favor del rey David. Le habían acompañado en innumerables batallas y habían defendido la vida del rey en los momentos más difíciles. El honor y el valor de Urias era tan reconocido por todos los valientes, que el propio Eliaham le había confiado a su hija en matrimonio al comprobar su fidelidad a Dios y al rey.
David sabía que había llegado al trono por la voluntad de Dios, si, pero también aupado por hombres de honor como Urias. A los hombres como él no les importaba luchar contra gigantes o burlar la muerte una y otra vez al más mínimo deseo de su rey. Su lealtad les hacía capaces de renunciar a todo, incluso a sus propias familias con tal de servir al rey.

David había agradecido a Urias su lealtad en muchas ocasiones. Pero un día, el rey, puso de manifiesto esa maldita crueldad que nos hace querer, a todos, satisfacer cualquier deseo costa del sufrimiento de otros.

Las Escrituras son fieles en declararnos las faltas incluso de las personas a las que más aplauden, lo cual es una evidencia de la sinceridad de los escritores sagrados, así como de que no escribieron para favorecer a ninguna persona ni a ningún grupo; y estas narraciones, como el resto de la Biblia, «se escribieron para nuestra enseñanza», a fin de que, «el que piensa estar firme, mire que no caiga» (1 Co. 10:12) y que las caídas de otros nos sirvan de aviso. Los pecados de los que vemos aquí culpable a David, son pecados muy graves y grandemente agravados. I. Cometió adulterio con Betsabé, la mujer de Urías (vv. 1–5). II Hizo cuanto pudo para que pareciese que Urías era el padre de la prole concebida (vv. 6–13). III. Cuando este proyecto fracasó, planeó la muerte de Urías a manos de los amonitas, plan que resultó efectivo (vv. 14–25). IV. Y se casó con Betsabé (vv. 26–27).
¿Es David este hombre? Quien lea esto, puede darse cuenta de lo que son los mejores hombres cuando Dios los deja de su mano.

Todo sucedió en guerra contra los amonitas (v. 1). Rabá, la capital, ofreció fuerte resistencia y allá fue enviado Joab para poner sitio a la plaza. Fue durante este asedio cuando cayó David en pecado. El texto hace notar que era «la época en que salen los reyes a campaña», esto es, la primavera. Si David hubiese salido a campaña, no habría estado ocioso en su palacio y expuesto así a la tentación.

  1. Obsérvense las circunstancias que concurrieron a ocasionar este pecado:
    (A) Negligencia en los asuntos de gobierno. Cuando debería haber estado con sus tropas en el campo de batalla, en las luchas de Jehová, encargó a otros este menester, «pero David se quedó en Jerusalén» (v. 1). Si hubiese estado ahora en su puesto al frente de sus tropas, no habría estado expuesto a la tentación. Siempre que nos hallamos fuera del camino de nuestro deber, nos encontramos en el camino de la tentación.
    (B) Amor a la comodidad y al ocio: «Al caer la tarde, se levantó de su lecho» (v. 2), es decir, de echarse la siesta. El ocio, como dice el refrán castellano, es la madre de todos los vicios. Las aguas estancadas se corrompen fácilmente. La cama de la pereza resulta con frecuencia la cama de la impureza.
    (C) Unos ojos sin control, al contrario que los de Job (Job 31:1): «Vio desde el terrado a una mujer que se estaba bañando», probablemente limpiándose de alguna polución ceremonial, conforme a la ley (v. el v. 4).
  2. Las etapas del pecado.

Cuando David vio a la mujer, concibió inmediatamente su concupiscencia y: (A) «Envió a preguntar por aquella mujer» (v. 3), trató quizá de casarse con ella, si no estaba casada.

(B) Su corrupto deseo se tornó más violento y, aunque se le dijo que estaba casada y con quién envió mensajeros que la trajeran (v. 4). (C) Y, cuando llegó, David se acostó con ella, consintiendo ella con toda facilidad, por tratarse del rey, de un rey tan grande y tan bueno y magnánimo.

  1. Las agravantes del pecado. (A) David ya tendría unos cincuenta años.

(B) Tenía muchas esposas y concubinas.

(C) Urías, a quien hizo traición, era uno de sus mejores servidores y soldados que estaba exponiendo su vida en lo más recio de la lucha por el honor y la seguridad del rey y del reino, precisamente en el lugar donde David debería estar.

(D) Betsabé, de la que abusó, era mujer de buena reputación. El adúltero no sólo arruina su propia alma, sino también la de su cómplice.

(E) David era un rey a quien Dios había encargado la espada de la justicia y la ejecución de los criminales, especialmente de los adúlteros, conforme a la ley de Dios. Sólo tuvo una circunstancia atenuante: que lo cometió una sola vez, pues no era ésa su costumbre, y lo hizo bajo el tremendo influjo de una fuerte pasión; fue sorprendido por la tentación, más bien que bajo el influjo de un plan fríamente calculado. No era de aquellos que, como dice el profeta Jeremías, relinchaban, como caballos bien alimentados, tras la mujer de su prójimo (Jer. 5:8); pero esta vez Dios lo dejó de su mano. Con este ejemplo se nos enseña la necesidad que tenemos de orar cada día: «Padre … no nos dejes caer en tentación» (lit. Mt. 6:13) y de orar para que no entremos en ella.

Urías había estado ausente de su mujer por varias semanas. La situación de su mujer iba a sacar a luz las ocultas obras de las tinieblas; y cuando regresase Urías y se diese cuenta de la infidelidad que se había cometido contra él, y por quién, era de esperar: 1. Que llevase a su mujer a los tribunales, conforme exigía la ley, y que fuese ejecutada a pedradas. Esto ya se lo temía Betsabé cuando envió recado a David de que había concebido, insinuando que era su deber hacer lo posible por protegerla. Para impedir este perjuicio, David intenta un medio de hacer que aparezca Urías como padre de la criatura concebida y, por eso, envía a llamar a Urías para que venga a pasar una noche o dos con su mujer.
Sabemos cómo urdió David el complot. Urías debía abandonar su puesto en el campo de batalla y regresar a su casa, bajo pretexto de interrogarle «por la salud del pueblo y por el estado de la guerra» (v. 7), esto es, cómo iba el asedio de Rabá.

Después de conversar con él lo suficiente para cubrir el pretexto, David le envió a su casa para que «se lavara los pies», expresión que indicaba, no sólo la necesidad de higiene, sino también de reposo, descanso en cama. Parece ser que Urías, fatigado de la lucha, prefirió dormir a la puerta de palacio, con los de la guardia, antes que ir a casa. No se nos dice si comió o no el presente de la mesa real. Los autores hacen notar la posibilidad de que Urias hubiese oído rumores acerca de las relaciones de su mujer con el rey, y sus sospechas aumentarían ante el frívolo interrogatorio de David y su insistencia en que se fuese a dormir a su casa.

Fracasado el proyecto de David aquella noche, al día siguiente invitó a Urías a comer y a beber con él hasta embriagarlo (v. 13). Fue una malvada acción, lo es siempre, sea cual sea el objetivo, embriagar a una persona. Privar de la razón a un hombre es peor que robarle el dinero.

Cuando fracasó el proyecto de David de aparentar que Urías era el padre de la criatura concebida, y ante la perspectiva de que, andando el tiempo, Urías conocería de cierto la villanía que se había cometido contra él, el diablo puso en el corazón de David eliminarle. Este hombre, tan inocente, tan valiente y tan galante, que estaba dispuesto a morir por el honor de su rey, tiene que morir a manos de su rey.

El diablo, después de poner, como venenosa serpiente, en el corazón de David el matar a Urías, pone ahora, como astuta serpiente, en la cabeza de David, el medio más sutil de llevar a cabo su plan mortífero.
I. Se envía recado a Joab de que ponga a Urías en el lugar más peligroso de la lucha y lo abandone allí a fin de que muera a manos del enemigo (vv. 14, 15). Este segundo crimen: 1. Fue plenamente deliberado. 2. El recado fue enviado por mano del propio Urías, algo de lo más vil y bárbaro que pueda cometerse, al hacer a la propia víctima causa instrumental inconsciente de su propia muerte. 3. Con ello se abusaba de la valentía y del celo de Urías por su rey y su nación, ya que, en lugar de promoverle y recompensarle por tan preclaras cualidades, se le entregaba tanto más fácilmente a su propia muerte. 4. Muchas otras personas tenían que ser involucradas en el crimen, pues tanto Joab, el general que dio la orden como los compañeros de Urías que tenían que retirarse de él, cuando debían en conciencia estar a su lado y ayudarle, incurrían en culpabilidad por su muerte.
Joab ejecuta estas órdenes. En el siguiente asalto contra la ciudad, asigna a Urías el puesto más peligroso y allí muere (vv. 16, 17).
Si el hecho de quitarle a su amigo lo que más amaba fue despreciable mucho más lo fue el querer engañorlo apareciendo delante de todos (incluido el general Joab) como alguien inteligente y liso, capaz de pasar por encima de cualquier situación y de cualquier persona sin pagar las consecuencias. El problema fue que el plan de David no salió como él pensaba: Urias era demasido leal.

Aparentemente su honor y lealtad no le sirvió para nada, todo lo contrario ¡le llevó a la misma muerte!. Ese día, Dios perdió a un hombre fiel y sus compañeros lloraron a un hombre de honor. El día en el que David le puso en el primer lugar de la batalla,, no solo para que los eneigos le asesinasen, si no también para que lo hicieran mientras que el ejército de Israel se retirara y le abandonara a su suerte, (todo para quedarse David con su capricho personal: Betsabé….Ese día quien realmente se quedó solo fue el rey David. A partir de ese momento no volvió a tener paz en su familia: uno de sus hijos murió, otro violó a su heranastra; un tercero mató a éste y, más tarde, se rebeló contra su propio padre. En fin cuando despreciamos el honor, a quien más daño hacemos es a nosotros mismos.

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